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Sufro mucho al saber que no te has muerto

Los miércoles salíamos a bailar salsa como un par de zombis. Nos gustaba ir a un antro cerca de la Caracas porque estaba lleno de hippies y extranjeras tan guapas como drogadictas. Allí conocí a Nella y allí seguí viéndola durante 20 miércoles seguidos, ni uno más ni uno menos.

Nella era una sueca que sabía chuparlo bien pero bailaba más una mesita de noche y a mi no me importaba porque sabía chuparlo bien. Le enseñé a decir hijueputa con acento rolo, y gracias a eso los taxistas ya no le sacaban plata de más en las carreras.

Nella partió hacia Ucrania casualmente un miércoles, yo preparé un cassette con los mejores hits de la Fania y el Gran Combo para entregárselo en su despedida. Quién sabe dónde iría a escuchar aquel cassette esa peliroja pero me pareció divertido el regalo tan old school. Cuando se lo entregué sonrió y me agradeció con un ¡uy marica, qué chimba! que le sonó más bogotano que a mi.

Un día, luego de meses de no tener noticias suyas recibí una postal desde Kiev con una moneda y una foto de Nella. Esa misma tarde publiqué una nota anónima en el periódico que era de todo corazón para ella, aunque supiera de antemano que jamás la vería…

"Sufro mucho al saber que no te has muerto."
Diego.

sufromucho

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Martina

Soy Martina tengo 29 años y tengo cáncer. Llevo más de 24 meses luchando por sobrevivir a esta enfermedad que se llevó a mi madre, a mi tía y a mi abuela en el mismo año.  Quisiera decir que ha sido fácil, que no me duele nada y que sigo tan fuerte como siempre. Que puedo dormir tranquila, que no lloro por las noches y que no le tengo miedo a la muerte.

Pero por sobre todas las cosas, quisiera decir que no me ha afectado el hecho de perder mi cabello…

Hoy vengo aquí porque creo estar perdiendo la cabeza y necesito de su ayuda.

Tomando su vestido con ambas manos, para no arrugarlo mientras se sentaba, Martina miró uno a uno a sus compañeros de terapia con un aire de satisfacción, similar al de quien ha confesado un retorcido secreto.

Todos la aplaudieron y sonrieron con el ánimo hipócrita de que naba pasaba.

Poniéndose de pie el doctor Monsalve dijo:

Es muy valioso de tu parte que hayas venido a acompañarnos. Estamos muy complacidos de contar con tu presencia y trataremos de ayudarte en este proceso tan difícil por el que estás atravesando.

Eso es todo Señores, mañana comenzaremos con la primera actividad a la misma hora.

Los espero.

El Doctor Monsalve, quien había atendido casos extremos de locura y desquiciamiento crónico, quedó sorprendido con la historia de Martina, por lo que antes de verla salir en su auto la detuvo por un momento para hacerle unas preguntas “ de rutina”.

−         Martina, antes de que te vayas me gustaría preguntarte un par de cosas, si no es mucha molestia.

−         No lo es. Adelante doc, ¿qué quiere saber? – respondió Martina guardando las llaves de su auto en el bolso-

−         Eres la paciente más cuerda que he tenido, y no te miento. Tu historia me conmovió y quisiera saber por qué crees que estás perdiendo la cabeza. Por qué decides venir a un lugar donde a todos, evidentemente, les falta una tuerca?

−         Súbase Doc, vamos al lago. Allí me sentiré más  tranquila y responderé sus preguntas.

El viaje, que no duró más de 15 minutos, transcurrió en un incómodo silencio lleno de miradas esquivas.

Una vez llegaron al lago se sentaron ambos en el capó del auto. El viento amenazaba con llevarse la pañoleta que cubría la cabeza desnuda de Martina y el Doctor, en un gesto incómodo, intentaba mantener su corbata en orden.

Verá usted, Doctor Monsalve, sufro de un trastorno inexplicable que me da vueltas la cabeza, que me hace perder la tranquilidad y que me tiene al borde del abismo….

Todo comenzó el día de mi quinta quimioterapia:

Madrugué y me sentía más firme que nunca. Me miré al espejo, repetí lo fuerte que era y caminé hasta el consultorio sin mirar atrás.
Yo era una de las pocas pacientes en esa sala que no había perdido el cabello. Antes del cáncer gozaba de una hermosa cabellera negra, lacia y muy espesa. Muy, muy brillante, larga y armoniosa. Podría asegurar que todos los amantes que había tenido hasta entonces se habían enamorado primero de mi pelo y luego de mi.

Por eso para todos fue una gran sorpresa ver que mi pelo se resistía, perdía un poco de brillo con el paso de los días, pero seguía ahí, completamente firme, quimio tras quimio.

En  esa, mi quinta quimioterapia sentí la muerte treparse por los pies. Fue extremadamente dolorosa y ruin. Vomité durante varias semanas y sentía que se me agotaban las fuerzas. Poco a poco, y como si se tratara de una maldición, comencé a notar grandes zonas sin pelo en mi cabeza. La almohada, la ducha y el cepillo parecían mostrarme la cruda realidad y la falsa felicidad de la que había gozado.

Unos cuantos días después, me miré al espejo y ya no había nada. Mi cabeza ahora brillaba pero con la piel y veía en el espejo un maniquí triste y débil.

Ahí mismo, en ese preciso instante comenzó mi calvario.
Por extraño que pueda parecerle, ese día comencé a experimentar la cosa más rara que me hubiese pasado en la vida. Cada mañana al despertar sentía – literalmente – el peso del pelo en mi cabeza, como cuando tenía una trenza, la trenza que me tejía todas las noches antes de dormir.

Luego en las tardes, cuando la brisa otoñal pegaba en mi ventana, experimentaba la extraña sensación de los lazos de cabello enredándose alrededor mi cara, bailando con el viento.

Una noche, mientras me quitaba la ropa sentí un cosquilleo siniestramente similar al de una cabellera rozando mi espalda.

Durante todo ese tiempo además, tuve sueños en los que me despeinaba en conciertos de rock, pesadillas donde protagonizaba peleas con chicas en las que nos arrancábamos mechones enteros de pelo y episodios cortos donde veía a mi abuela o a mi mamá peinando mi larga cabellera frente a un espejo.

Una tarde, hace menos de tres días, estaba en el supermercado. Cuando me agaché a tomar la última lata de aceitunas que quedaba un niño se acercó y sentí como si me halara, de un solo tirón, una parte del cabello. Fue a carne viva tal sensación que solté un estruendoso “¡¡ouch!!” mientras me acariciaba- ingenuamente- la cabeza lampiña y mientras el niño sonreía pícaramente frente a mi.

En estos momentos Doc, le juro que siento que si me saco la pañoleta voy a sentir en mi rostro el fantasma de esa cabellera. Voy a mover las manos tratando de acomodarla para evitar que se enrede y sentiré en mi nariz el perfume del shampoo de oliva.

Como verá, he perdido mucho de mi cabeza, la cordura entre otras cosas…

En silencio el Doctor Monsalve cerró los ojos y sintió en su rostro algo extraño, inexplicable pero agradable. Percibió el suave olor a oliva y se deleitó con la suave caricia que le mantenía los ojos cerrados; una brisa fría y delgada que simulaba a la perfección la sensación de tener un millón de cabellos danzando en el aire.

xxcambio y fueraxxx

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Happy Hour

Un barman, paciente, elegante y buen mozo reparte dosis de felicidad entre sus clientes cada jueves, viernes y sábados por la noche.

Los jueves van quienes tienen un nuevo amorío, el jefe con la secre, la cuchibarbie con el gigoló.

Los viernes grupos enteros de chicos y chicas que comienzan la noche separados y de copa en copa se van arrimando hasta que unos terminan tirando en el baño, otros besándose compulsivamente sobre la mesa y otros llorando en la barra mientras comparten con todos sus decepciones amorosas.

Los sábados hay de todo para todos; es un completo sancocho de borrachines, fiesteros, mujeres solteras, nerds vírgenes y regordetes que miran a las chicas que sirven los Martini.

El barman, del que hablaba al principio, trabaja allí desde hace algunos años, 7 para ser más exactos. Conoce todo tipo de historias, ha separado grandulones de peleas, le ha agarrado el pelo a muchas rubias vomitonas y ha escuchado tantas historias de amor como de dolor.

Todas las madrugadas, antes de ir a casa, limpia el mesón del bar envuelto en alcohol, babas, sudor, lágrimas y una que otra uña partida.

El barman luce cansado, se mira al espejo y reconoce él mismo que esas ojeras no desaparecerán ni con un día entero de descanso. Recorre cada línea de su rostro y le parece que fue ayer cuando aquella chica borracha le había rasguñado la cara y le había dejado esa marca en la mejilla derecha.

El barman viejo, agotado y algo atontado recibe el turno de las 8:00 pm. Limpia algunas copas, le da “play” a la lista de canciones que rechinan en sus oídos una y otra vez. Camina por todo el bar y decide esperar al primer cliente en la barra al son de un tequila. Todo parecía normal aquella noche, todo era parte de la rutina diaria, que giraba en aquel circulo vicioso.

Pronto sonó en el playlist una canción que lo hizo mover las caderas, se sirvió un nuevo tequila y comenzó a bailar sin control. Puso su mano derecha a la altura de su cintura y la otra levantada, simulando tener una morena bailando y girando con él al compás de esa cumbia pegajosa que invadía cada partícula de su cuerpo, llenando sus poros de cálido sudor.

Con los ojos cerrados pareció desaparecer por un instante; imaginó estando en la playa, sintiendo la arena cálida entre los dedos y el dulce sol bronceando su espalda.

Pronto el ritmo cesó y abriendo los ojos – primero el derecho, luego el izquierdo- notó que Graciela, la negra de metro sesenta que venía a bailar los miércoles, lo observaba al otro lado de la barra con su sonrisa blanca y provocativa.

– Bravo maestro, bravo- dijo Graciela aplaudiendo pausadamente

– No sabía que ya había llegado- dijo mirándose los pies y limpiando la punta de sus zapatos con la bota del pantalón- Quiere un tequila Gracia?

– Esta bien, -respondió riéndose- pero me lo dejás al precio del Happy hour

El barman sirvió dos copas a ras, con la mano nerviosa y con el sudor aun cayendo de su frente. Brindaron y dejaron que el tequila se deslizara por sus gargantas sin hacer gesto alguno.

¡Bailemos! dijo Graciela subiéndose la falda y trepando la silla para dirigirse al interior de la barra.

Buscó en el reproductor una canción bien guapachosa y agarrando al barman de la cintura comenzó el fiestón. Bailaron, sudaron, se besaron y bebieron por largas horas. Estaban tan extasiados que no notaron que el bar estaba más solitario que nunca. Nadie, ni por error, había decidido entrar por una cerveza, un Martini o a preguntar por el engañoso happy hour.

Cuando el reloj marcaba un cuarto para las 11, un hombre corpulento irrumpió en el bar. Traía un abrigo muy largo y un sombrero que no dejaba ver su rostro. Graciela se compuso el vestido mientras corría hacia el baño y antes de desaparecer le susurró al barman: “andáte, corré si puedes”.

El hombre colocó un arma en la barra y le pidió al sudoroso barman un coñac.

Cuando la copa servida rozó el arma y antes de que pudiera decir alguna palabra, el misterioso hombre apuntó su arma y dijo:

– ¡Esto es pa’ que aprendás a servir un coñac!

– ¡Bang bang! – Retumbó el lugar mientras el pobre barman caía al piso envuelto en sangre, sudor y coñac.

Pronto del baño salió gritando Graciela, agarrándose la cabeza a dos manos y mirando al hombre que sentado en la barra seguía disfrutando de su bebida.

– Yo a vos te lo dije Graciela, dejáte de Gracias, dejáte de maricadas que vos ya tenés dueño.

 Entre sollozos la agarró fuerte del brazo y se la llevó por el pasillo que ahora solo retumbaba con el sonido hueco de sus tacones fucsia.

xxcambio y fueraxxx

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Iris

Ojalá pudiera comenzar esta historia con un simple “Había una vez” pero no, ésta es una de esas historias cuya narración pareciera estar hecha por un oficial de policía, por un investigador privado o por uno de esos freaks amantes de las historias de horror, de horror verdadero.

Esta historia la cuento yo, con mi voz, con mi lápiz, para liberarme de mis culpas, para alivianar el peso que me carcome el cuerpo y la garganta cada vez que hablo de ello.

Por supuesto que hablo de ello, solo, en mi intimidad, cuando estoy seguro que nadie me oye. Escribo esto ahora, antes de apuntar y disparar el arma en mi cabeza solo para tener la certeza que alguien, quien quiera que sea, conozca mi historia, una historia vista a través de los ojos de un hombre solitario que solía ser feliz hasta el día que perdió la cabeza.

Mi fascinación por los ojos comenzó cuando conocí a Susanita en la escuela. Esos ojos claros y enormes, con pinticas verdes y cafés me llevaban al infinito. Todo sería completamente normal si no fuera por esos extraños pensamientos que me abordaban al querer sacárselos en medio del recreo, de tenerlos en mis manos y jugar a las canicas con ellos.

Pasaron cerca de 6 años hasta el día en que volví a ver a Susanita y a sus ojitos entre mis dedos. Nadie lo supo, nadie extrañó a la pobre huérfana, Susanita.

Años tras años, veranos e inviernos que venían y se iban alimentaban mi pasión al correr con la suerte de no ser descubierto, y al saber que no despertaba la más mínima sospecha.

¿Acaso quién sospecharía del joven cristiano de la calle Green que ayudaba a los ancianos los domingos y asistía sagradamente al culto los miércoles por  la mañana?

Nadie se preguntaba por qué al hablar mantenía la mirada fija en los ojos, detectando cualquier movimiento, imaginando la mejor manera de sacarlos de las cuencas rojizas.

Ojos, solo quería ojos, para ponerlos a mi alrededor, para sentir su mirada silenciosa todo el tiempo, mientras dormía, mientras rezaba, mientras comía entre ellos.

Pronto descubrí, en una salida casual, que una interesante manera de desprender los ojos del rostro era usando una cuchara de helado. Mientras la señorita Missy sacaba del fondo del congelador bolitas perfectas de mi helado de amaretto, visualicé los movimientos en mi cabeza e ideé la forma de arrebatárselo. Esa misma tarde estaba Missy gritando frente a mi  mientras sacaba sus córneas que parecían bolas de helado fresco, con esas pupilas negras como galletas que pronto se tornaron rojas como el dulce de licor de agrás.

 

Todo era como un juego de niños, nada parecía importarme y nada me hacía más feliz que ver a mis cerca de 600 corneas por todo el lugar. Algunas noches tenía pesadillas en las que veía llegar a todas esas chicas que maté, desfiguradas y con dos grandes huecos en su cara, reclamándome sus ojos . Despertaba sudoroso, intranquilo y entonces solo podía imaginar el momento en que finalmente me atraparan, que alguien se diera cuenta de lo que pasaba en mi sótano cuando la noche caía.

Comencé a hablar con ellos -(mis ojos)- y podía ver cómo parpadeaban o se hacían miradas entre ellos. Miradas inquisidoras, inescrupulosas, vengativas me seguían a todas partes. ¡Es verdad! comencé a perder la cabeza. Pasaba días enteros en los que no comía nada y el sueño jamás se asomaba.

Conseguí algunas hojas y con lápiz en mano comencé a dibujar y escribir mi propio manual para sádicos amantes de las córneas claras. Perfeccioné mi herramienta y redacté cerca de 30 maneras diferentes para inmovilizar a las victimas. Algunas de mis ilustraciones eran muy fieles a la realidad, parecían repeticiones exactas de mis fríos pensamientos.

He notado, desde hace algún tiempo, que los vecinos andan husmeando por las ventanas. Creo que el olor a muerte los atrae, pero cuando me ven salir con la biblia en la mano, con mi traje completamente planchado todas sus sospechas se disipan.

Hoy asesiné a mi ultima víctima, mi único amigo y testigo de estos atroces eventos, mi gato Poe. Esos ojos pequeños pero profundos perdieron su color una vez los desprendí. Los llevaré en mis recuerdos y en el bolsillo del pantalón que llevo puesto.

Aún no llega para mi la hora del arrepentimiento y solo espero que quede en su memoria, querido lector, esta carta escrita por un  hombre que ahora lo observa, con los ojos inyectados de pecado, en un lugar oscuro, donde no se puede distinguir la puesta del sol.

 

xxxcambio y fueraxxx

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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¡Salta!

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Mientras mi cuerpo se estrellaba con el viento frío, vi ante mis ojos como las luces de los edificios construían figuras; figuras tan familiares como extrañas que me hicieron pensar, por un instante, en la ilusión de estar viendo una película. ¡Oh si!- me dije- entonces es así como la gente lo describe “ver pasar la vida ante tus ojos, como una película del pasado”. Días de playa, sonrisas fingidas, el amor que se fuga, la mirada perdida, cuerpos danzantes que tocan mi rostro como el aire frío, pesado, que amenaza con cerrar mis ojos.

Pasaron algunos minutos, tal vez solo un par de segundos antes de lograr distinguir el asfalto. Aquí voy. Todo termino. Es el fin.

 

xxcambio y fueraxx

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Sinfonía Shakesperiana en {Sol-la}

Perdida entre sábanas claras y cobijas de motas se encontraba Julieta, {mitad viva-mitad muerta} con una sonrisa dispersa y la mirada fija en el techo, ese techo sucio que se caía a pedazos {madera roída} y que envolvía su habitación con una fluorescente {cósmica} capa de polvo que recuerda la vía láctea. 

Julieta abre la boca {feroz} y puedo ver sus dientes blancos y parte de su lengua rosa {húmeda}.
En un suspiro profundo y veloz introduce su mano en sus shorts {de corazones}. En un movimiento caótico {sensual}, casi infernal, sumerge lus dedos en un beso interior {caliente} y macabro. Risas y jadeos se confunden entre el sonido {gemidos} de las tablas de la cama que se estremece al compás de la reciente creación {sinfonía} orgásmica que Julieta llamó {bautizó} bajo el nombre: Rommeoh {Room + me = ¡oh!}.

{xxx}.

xxxcambio y fueraxxxx

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Con un bum bum y un bip bip

El corazón tocó a mi puerta y con las manos ensangrentadas abrí la puerta.

Podía ver la sangre corriendo por sus venas mientras trepaba por mi oscura y larga cabellera.

Le dije susurrando que de mi pecho jamás volvería a escapar, que razones tenía para decirle ahora que nada más nos volvería a separar.

Frío y palpitante entraba despecito a mi cuerpo. Podía sentirlo mientras se acomodaba de nuevo en su pequeño hueco y con un eco bum bum reconectaba a mi pulso.

Cerré los ojos y al abrirlos de nuevo noté que permanecía acostada en una blanca y fría habitación, conectada a viejas maquinas que hacían un bip bip bip .

Tras un suspiro profundo y un pequeño grito ahogado desperté a mi madre que permanecía sentada a la derecha de la cama. Con su rosario aún enredado entre los dedos me miró a los ojos y por su sonrisa supe entonces que había regresado.

 

 

xxx cambio y fuera xxx

 

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Nadie y Nada

A Nadie le gusta la soledad, la malteada tibia y el olor de los ceniceros viejos.

 

A Nadie le encanta estar en compañía de Nada y ambas adoran sumergirse en el silencioso vacío, mirándose frente a frente, haciéndose preguntas con los ojos.

 

Nada ni Nadie conocen el sentido de la vida, ambas disfrutan de su absoluta ligereza esparciéndose como esporas en el universo.

 

Nadie dice Nada cuando quiere compañía.

 

Nada grita ¡Nadie! cuando quiere escuchar su eco.

 

A Nada le gustan las palabras : polvo, viejo, años, canas, vacío, eco, silencio. Mientras que a Nadie le gustan las frases : sueños con tetas violeta, flores marchitas en forma de diamante, marcos de cera con pinturas roídas, sifones oxidados con pelos de sirvienta.

 

A Nada le cuesta despertarse en las mañanas. Nadie jamás madruga…

 

Ambas levitan entre sus cruces y se sorprenden al ver que a la hora del té, nada ni nadie las perturba.

 

xxx cambio y fuera xxx 

 

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