Archivo de la etiqueta: CuentosYotrasfriteras

Los vicios

smokeDejé de fumar y dejé de escribir casi al mismo tiempo; dejé lo primero porque no me ayudaba en lo segundo y dejé lo segundo porque me incitaba a lo primero. Desde entonces soy un ser miserable y melancólico. Me siento como un bueno para nada; todo lo que quiero conquistar con letras se va de mi mente como humo en mis pulmones.

Ya nada tiene sentido, solo el olvido es lo que queda y la esperanza que la muerte me alcance ahogado bajo el efecto de algún otro vicio.

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Y todo pasó en un terrario

Un terrario y un amor

Pasó que cuando te conocí pasaste desapercibido como cuando estás comiendo unos sparkies y te sale uno rojo y dices bueno está rico, pero luego te topas con uno amarillo y todo el universo de sabores en tu boca se transforma por completo, bueno, así fue como llegaste ese día, como sin querer, como sin mirar, con la cabeza baja, con un coqueteo entre miradas que entonces no supe canalizar pero que ahora me revuelca los recuerdos sabes, como cuando estás un día caminando por la calle y el olor a asfalto mojado te devuelve a los días que jugabas hasta altas horas de la noche en la cuadra de tu barrio, con los chicos de mamás que gritaban por las ventanas ¡para adentro niños! y tu quedabas ahí con la humedad entre las narices, sabiendo que por el resto de tu vida ese olor te iba a traer de nuevo a ese lugar, bueno, así me revolcaste con tu presencia y así nos revolcamos ahora, como si no existiera un mañana, tratando de imaginarnos invencibles y súper poderosos, sabes, como cuando estás a punto de tirar un huevo al aceite caliente y hay varias probabilidades que salga mal, que se estalle, que una gota de aceite caliente te caiga en el ojo o en la piel y se armara una ampolla de esas que pican y arden, pero que te recuerdan lo vivo que estás  en la cocina, en este cuarto y en esta pocilga, donde al final el huevo queda perfecto y sientes que en la espalda ondea tu capa de superhéroe y miras a todos con orgullo, como nos miramos ahora, como si no existiera nadie más alrededor, como cuando estornudas sabes, y quedas con esa cara de imbécil, fija e intacta durante varios segundos, así nos mirábamos entonces y así nos miramos hoy.

Sentía yo que te había olvidado como al sabor de los sparkies amarillos cuando tus arrobas llegaron a mis notificaciones y sentía que se me alegraba algo por dentro, como cuando vas en el ascensor y el vecino te mira de reojo y te sientes guapísima, tan guapa que te sonríes por dentro, sin abrir la boca, sin mostrar los dientes, es que así me sentía yo con tus menciones. Pensaba yo en el día en que te iba a volver a ver, ese día en el que también en un ascensor decía entre dientes: Va, si lo veo y me gusta le robo un beso, si no me da ni cosquillas pues me lo paso, y luego yo ahí caminando para verte, una cuadra más lejos de donde habíamos quedado cuando apareciste a lo lejos, con tu camisa a cuadros, sabes, como esas camisas que usa Ryan Gosling en Blue Valentine y que te quieres morir por arrancársela de un solo mordisco, bueno así te veías mientras caminabas a mi encuentro. Nos subimos al auto rojo, no como el de la canción de Vilma Palma, sino como el de My Favorite Game de Cardigans, no un convertible, pero si con esa actitud de soy sexy pero no me lo creo, y entonces arrancamos sin rumbo fijo, hablando de breves encuentros del pasado que eran ya recuerdos, ya historias, ya eran casi cuentos, como ese cuento que leíste frente a los primíparos que hablaba de una tarde de fotos y daltónicos, que ahora no recuerdo bien porque el ruido del obturador que hacían tus ojos esa mañana me distrajo, como cuando te pasa un pensamiento a vuelo de pájaro y te quedas en el aire, aleteando, así distraída (…) Seguíamos en el auto, luego paramos y nos metimos en un bar, me viste tomar cerveza, ese día supiste cómo me gusta la cerveza y ese día yo supe cuánto más me gustabas tu. Continuaba yo con mi historia de un pisotón que recibí en un bus que me había dejado un moretón en uno de mis pies de princesa en el transporte público de mi ciudad, ¿ya lo había dicho antes? de Bogotá, donde hace frío, ese frío que te pone los pezones duros y las orejas tiesas pero ambos estábamos esa noche en Medellín donde calienta delicioso, como ese calor que te invade las piernas cuando despiertas arrecho, ¿sabes?(…) decía yo que tenía un moretón en mi pie izquierdo y lo subí a la silla para que lo vieras, poco esperaba yo más allá de sentir tus manos fuertes acariciando mi pie, fue extraño sabes, como cuando un desconocido te sonríe y no sabes si contestar con los dientes o con una mirada esquiva, así fue esa caricia algo coqueta, algo ingenua, algo arrecha como las mañanas que compartimos juntos donde lo primero en el desayuno son los besos y las caricias profundas, sabes, tan profundas como esos bocados de pescado crudo que tragas hasta el fondo con salsa soya y wasabi, humm si, como wasabi en la boca, con ese picante y ese calor que te sube y te baja de sopetón como un ascensor, si, a eso te pareces y a eso se parece esta historia, escrita con retazos de ciudades, climas, letras, sabores y sudor, si, de ese sudor que huele a asfalto, a juventud, a sexo amanecido, a tus piernas enredadas en las mías, a este amor de terciopelo, a esos besos de wasabi que nos dimos antes de bajar del auto con la promesa de volvernos a ver sabes, como cuando uno dice: espero que la próxima vez que nos encontremos nos quedemos dormidos y despertemos juntos para ver el amanecer en la misma ciudad, respirando el mismo aire húmedo, ese aire lento que te llena los pulmones y te acelera el corazón, sabes, como cuando estas frente a la persona con la que quieres despertar todos los días, así.

***

Para Andrés.

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Lanzamiento de Matera Nº13

Cuando comencé a escribir y a publicar cuentos siempre quise aparecer en Matera, una revista indie llena de historias, fotos e ilustraciones de otro mundo.
Por fin me tocó y esta vez La Coreana, el cuento que se me ocurrió mirando por la ventana de mi apartamento, aparece en la edición número 13.

Invitadísimos a este lanzamiento donde además Kalmanovitz estará con sus Malas Amistades.
Allá los veo.

Revista Matera

Ps. Llévense esa y muchas Materas por solo 12lk.

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Más pegao’ que garrapata en los Llanos

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Estaba joven, esbelto, acuerpao’ como diría mi abuelo, quizás un poco pálido porque en la capital uno no puede ganar color, pero aguantaba y me sentía todo un galán, por eso quizás los viajes al Llano a la finca de la tía Concepción me gustaban tanto, porque estaban llenos de atardeceres calurosos, cerveza fría, primas en tanga y yo todo pegachento untado en bronceador, ardiendo por dentro y por fuera.

Era Semana Santa y hacía ya un par de años que no veía a Ceci, mi prima la más guapa. Ceci tenía unas tetas divinas y un bronceado que no sabía de dónde sacaba pues vivía en Tunja, un moridero más frío que Bogotá. Ella era gordita, jamoncita como diría mi abuelo, troza como le decían las primas flacuchas. Pero era divina y a mi me encantaban esos huequitos que se le hacían en los cachetes cuando se reía. Yo le tenía unas ganas tremendas a Ceci, le decía “sexy” de cariño y ella me contestaba con un apagado de ojos bien particular. Ceci me decía “garrapata” porque andaba metido de cabeza donde no me llamaban.

Llegó ligero y caliente, muy caliente aquel Viernes Santo y yo estaba en la cocina buscando algo frío para tomar cuando entró Ceci – toda sexy ella- en su vestido de baño húmedo agarrándose el pelo a dos manos.
— Páseme una Pepsi primo, dijo sin mirarme y yo sin dejar de mirarla respondí:— Hey sexy, dame un besito, déjame acariciarte aquí al escondido, sin que nadie nos vea.

Nunca imaginé lo que vino después, yo con una mano en la entre pierna húmeda de Ceci y ella montada, con las piernas de par en par sobre la heladera que escurría agua y sudor. Nos besamos y ella me dejó tocarla sin control, se veía que lo disfrutaba. Recuerdo que esos huequitos de los cachetes se le veían tan mojados como rojizos a medida que las caricias subían de tono. Pasó poco tiempo hasta que comenzó a gemir y a mi me entró un miedo de pensar que alguien nos podía ver, (La tía Concepción, el abuelo Toño, alguna de las primas flacuchas o alguno de los perros infestados con garrapatas de la finca) entonces la agarré fuerte y la volteé de un solo tacazo, se la hundí sin pensarlo dos veces mientras con una mano le tapaba la boca y con la otra le acariciaba las tetas.

Fue delicioso, me sudan las manos ahora que lo escribo. Lo que no fue tan bonito fue lo que vino después, ya que la maldición del Viernes Santo, de la que tanto hablaba el abuelo Toño, nos cayó encima. Una vez nos vinimos no pudimos despegarnos, una extraña tensión casi magnética nos mantenía juntos, anclados, enganchados, apretados. Nos metimos detrás de una pequeña cortina que ocultaba unas cajas viejas e intentamos liberar la inflamación derramando la Pepsi fría sobre nosotros. Chorros helados negros y aguados bajaban por su espalda mojándole las nalgas y haciendo que a mi se me pusiera aún más duro. No sé cuanto tiempo pasó pero lo mejor de la historia es que nadie nos pilló. Ella decía que parecíamos los perros pegados de la cuadra de su barrio, que eso nos pasaba por arrechos, por andar tirando un Viernes Santo; yo le decía que esa boquita era la que nos había castigado porque yo estaba pegado a ella como una garrapata, engarzao’ como diría mi abuelo, con la cabeza adentro y sin ganas de abandonar ese centro caliente, sexy y hermoso como uno de los tantos atardeceres que vimos juntos en los Llanos.

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Charlas diminutas

¿Por qué usamos tantos diminutivos? 
MissDelirios

Putita


I Robertica y el tintico:

— ¿Le provoca un tintico?

— No señora, más tardecito.

— Pero esta bien rico, lo hizo Albertico.

— Gracias Señora Robertica, pero déjeme aquí juiciosito que yo no hago ruidito, me quedo quietico como para que usted no deje de hacer su oficito y me deje hacer el mío sin tanta jodederita.

— Pero no tiene que ser tan groserito, malparidito, solo le estaba ofreciendo un tintico.

— Entiéndame viejita, que no me gusta que me hable en diminutivos, porque ahí comienzo a pensar en que es su formita de mandarme a comer mierdita de la manera más chiquititica para que yo no me sienta tan hijueputica.

— ¡Yo le hablo como me da la gana! Chiquitico, grandesito, durito o bien pasitico. Deje de quejarse mijitico y vuelva a su oficito, que aquí yo me encargo de envenenarle este tintico.

 

**

II Las maticas de Sonia

— Me gustan tus maticas Sonia
— A mi me gusta que todo lo digas en diminutivo, las coquitas, los besitos, el cuquito, la mesita, el carrito.
— Es que cuando digo todo con un ito o ita suena todo tan pequeñitico y suena como más bonito.
— Entonces ¿cuál sería mi nombre en diminutivo? porque “Sonita” no tiene nada de lindo.
— Mmm… Bonsái. Como aquel que tienes en esa materita.

 

**

III Tribus microscópicas

Le dice el pigmeo a su esposa:
—  Mira negrita lo que cacé para ti, un marranito bien gordito.
Y ella con una sonrisa en la cara responde:
— ¡Ay mi amorcito! pero qué es eso tan bonitico.
Entre tanto el cerdo apaleado se retuerce de dolor y no deja de pensar:
— Habría sido más bonitico si este enanito me hubiera desangrado primero para no morirme así … tan de a poquitico.

**

IV Putita (conversación de Whatsapp)
10:30 PM Ana,estas?
10:32 PM Anaaaa
10:45 PM Anita, contéstame linda...
11:01 PM No seas tan jodida Anita, contéstame!
11:40 PM ¡Qué rata Anita!
01:09 AM ¿Qué quiere panita?
02:19 AM ¡Puta!
02:19 AM CORRECCIÓN: P U T I T A , porque con vos fue solo la puntita.
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Pirámides

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— ¿Está todavía en tus recuerdos el día que bailamos y nos drogamos con los Cyber People en ese antro en New York?

— Era el 86. Cómo olvidarlo si fue cuando Dalo se drogó hasta la coronilla y nos dejó a todos con ganas de dejar los vicios con su jodida muerte.

— Dalo hijo de puta.

— Vamos por un café querido Doctor Faustus, esta ciudad comienza a apestar y necesito meter algo en mis narices.

— ¿Para evadir el hedor?

— Para evadir la vida.

La punta de la llave —que no abría ninguna puerta— sostenía como magia a una diminuta pirámide de polvo blanco, que pronto se perdió entre la fosa negra y peluda de la nariz aguileña del Doctor.

— ¡GOD SAVE THE QUEEN!

— Doctor. Doctor Faustus, algo de compostura ¿eh?

— ¿Con crema?

— Expresso

— Da igual

— Siempre es igual

— ¿Azúcar?

— ¡Cocaína!

La tazas vacías se unieron en un cálido brindis. Las calles comenzaron a colorearse con los primeros rayos de sol. Las pirámides de Egipto seguían estando lejos y cargadas de arena. Las llaves seguían perdiendo el juego con las puertas viejas y Faustus ya no era más un Doctor y Leopold tampoco era un hombre ni un nombre real.
Pronto vino la nieve siempre húmeda y blanca para cubrir sus cuerpos – casi derretidos – en el andén. Al otro lado de la calle, un público menos cuerdo los observaba:

— Hijo, ¿no te parece que ese par de vagabundos se ven como un par de pirámides de sal?

— No madre, a mi me parece que se ven como un par de puertas arrumadas, rotas y mojadas de tiempo.

— ¡Bah! ¿De dónde sacas eso? deja ya de inhalar esa basura, mira nada más como tienes las narices.

— Es nieve mamá.

— Son pirámides, pendejo.

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¡Pará!

matáte

Alguna vez salí con un argentino adicto a las drogas, al alcohol, a las groserías y a las tildes mal puestas.
Acá su última carta de amor:

¿Una carta a mano y por correo certificado? ¿qué loco verdad?
Pues es para que te hagás una idea de lo friki que puedo ser cuando me lo propongo ¿sabes? No porque me las esté tirando de intelectual o romántico, no, es solo porque me tenés hasta el forro con esos tweets de mierda, que cada nada siento que son para mi y luego me enfermo, vigilo tus fotos, los pasos que vas dejando en la nube de mierdecita que es internet y tus putas redes sociales, guarra. Estoy escribiendo esto a puño y letra para que veas el odio que se expande como tinta en el papel, ese mismo que a veces se corre cuando lo toco con los dedos pero que al final permanece allí intacto, tatuado, inmóvil.

Disculpá por otra parte las tildes mal puestas. Sé que odias los errores de ortografía y todas esas pavadas que te hacen sentir inteligente, pero quiero que ésta vez las comas y hasta los putazos mal garabateados te ayuden a escuchar mi voz en tu cabeza mientras lo lees; sabes, como uno de esos personajes de los cortos jonki que mirabas extasiada o como si estuvieras aquí en frente y estuviera yo escupiéndote ira en cada palabra.

Sabés que soy un argetino – bogotanizado, hasta fuiste vos quien salió con el apodito aquel que me gustaba tanto. Sabés que acá no tengo nada, que todo lo que me rodea son meros retazos de lo que alguna vez quisimos cuidar con tanto esmero. Sabés que caí bajo, que toqué fondo pero salí a flote, como la mierda en el agua, pero a flote al fin. Ya nada de lo que compartimos sabe tan dulce pero ya nada de lo que quiero crear en adelante se siente tan amargo y eso me trae un poco de calma ¿sabes? y aunque esta ciudad me siga pareciendo fría, sucia y hostil – casi como vos- no pienso volver a -los- no -tan -Buenos Aires. (es un dato más por si querés publicarlo en tu estado de Facebook, pelotuda).

Por eso Silva, ¡andáte con tus amigas, que son todas unas putas! andáte con Maria Alejandra y decíle que te enseñe a hacer un buen pete que eso es lo mejor – quizás lo único bueno – que puede hacer con su asquienta vida. Andáte con Juancho, ese forro facho de mierda que siempre te miraba las tetas y al que no podías dejar de contestarle un jodido mensaje en Whatsapp.
Salí, reí con otros, hacéte la de los mil amigos que ese papelón te queda fenómeno, pero a mi no me jodas más. Andate con tu mierda, andate con tu caos, cerrá los ojos y deja de buscarme, moríte. Olvídate de mi que yo ya estoy en ese plan.

Ahora, si te sentís muy Bovary ahí te dejo en la portería dos sobres perfectamente sellados, aspirátelos si querés.
Es que si no podés con esto Silvana mátate, ¡mátate de una buena vez, coño!

Con amor y profunda ira,
Roberto.

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Matar y comer del muerto

Arnaud Jarsaillon and Rémy Poncet.

Arnaud Jarsaillon and Rémy Poncet.

Capítulo I

— A veces y solo a veces quisiera apoderarme de la más estruendosa de las motosierras y descuartizarte en mi cama. Colocar cada parte tuya en un jarrón lleno de especias y pimienta para luego sentarme a disfrutar cada trozo de ese cadáver exquisito, ese que traes escondido debajo de esa piel trigueña.
¡Es que eres preciosa Ana! y no puedo dejar de mirarte esos ojos sin antes imaginar la forma más educada de chuparlos o sumergirlos en un martini.

—Hablar sale barato Kevin, y mentir aún más. Di que me quieres follar y que es en lo único que piensas mientras te hablo. Conmigo ahórrate la literatura que yo ya entendí que lo que quieres es destrozar es mi ropa interior y desaparecer.

— No es literatura Ana, no seas tonta.

Kevin sacó la motosierra que tenía en el armario y esa noche -solo por esa noche- quedó intacta la ropa interior de Ana sobre la cama.

Capítulo II

Danilo había prometido no matar a su perro aún si tuviera que pasar varias semanas sin comer. Era imposible pensar en hacerle daño a ese peludo de ojos tristes que batía la cola hasta cuando se creían perdidos.

Pero fue una tarde cualquiera cuando comenzó a escuchar las voces. ¡Ay las voces!
Parecían salidas de una emisora que apenas agarra el radio viejo de una choza en la Guajira. Con un montón de interferencia y luces de sonido que se sienten claras por momentos. Algunas decían que necesitaba derramar sangre, otras eran puros juegos de palabras para elevar el hambre. Tenía visiones donde el pobre perro lucía gordo y carnudito cuando en la vida real se veía más famélico que el mismísimo Danilo.

— ¡Anda cómetelo y prepárate un chaleco bien chulo con el cuero!
— ¡No te amargues Dani, los perritos también van al cielo!

Voces que gritaban detrás de los ojos, que podía sentir como hormigas en la cabeza y que finalmente lo llevaron a cerrar los ojos, a respirar profundo, a quebrar el cuello de Armandito (así llamaban al canchoso) a atravesarlo con un palo y a esperar paciente mientras el calor de la hoguera ayudaba a calmar esa mezcla entre dolor, hambre e interferencia.

Capítulo III

Chucho era el encargado de velar por la seguridad del edificio de oficinas donde trabajaba entonces Moori Koenig. Por aquellos días corría el rumor de que el cadáver de Evita permanecía en su oficina, rumor que Chucho no solo pudo confirmar sino que además decidió aprovechar con gusto y buen disimulo.

Cada noche, después de la primera ronda y luego de recibir el turno de mano de Jorge “el lolo” Luján, Chucho invadía la oficina secreta de Koenig para charlar con el cuerpo pálido que permanecía erguido al lado de la ventana principal. Pasaba horas observando cada detalle, hablándole y tocando el cristal levemente para no dejar huellas ni despertar a quien luego llamara ‘mi bella durmiente’.
Pronto el cristal fue opcional y las caricias se hicieron más profundas. Los besos aunque fríos sabían al más allá y Chucho sentía que tocaba el paraíso a dos manos cada noche, sin que Moori ni nadie en toda la Argentina se diera por enterado.

— “Parecía tan real que sentí que no estaba haciendo las cosas mal, señor agente.”
fueron sus primeras declaraciones luego de estallar el escándalo.

***

 “Chucho y Evita mantuvieron una relación de amor, sexo y confesiones en una oficina de Buenos Aires”
rezaban las publicaciones bizarre del diario Recoleta.

***

 “Amar después de la muerte es para zombis”

sería el título de la novela zombie el escritor Damian Juarez, donde rozaban fragmentos de ficción con fría realidad, y donde Chucho no era Chucho sino una versión zombi de Churchill y Evita era una diva de la santería condenada a permanecer en un féretro inmaculado.

***

Cosas extrañas se vieron entonces y Chucho fue el que más sufrió con todo esto. Cuentan que desde la cárcel y antes de su muerte escribió una carta con su confesión. Cuentan que la tal carta se parecía más a un poema o a una canción que a una carta de piedad. Chucho insistía que él era solo un hombre en frente de una hermosa mujer que decidió amar en el silencio cada noche, mientras todos dormían en Buenos Aires.

En el fondo – muy en el fondo y sin decirle a nadie-  todos comprendían las razones de Chucho, pues Evita encarnaba la mujer perfecta: inquietantemente serena, retraída y callada.

 

 

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Rodri me cambió por una más guapa

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— Creí haberte dicho que al final todo esto no tenia nada que ver contigo…

— Lo mencionaste pero al final nunca lo entendí, Rodri. Pasé muchas noches preguntándome qué había hecho mal pero luego, el día aquel de la fiesta donde yo te vi y luego tu me viste y luego los vi y eso, entonces todo comenzó a aclararse. Te veías feliz y yo, bueno yo morí un poco esa noche pero de algo sirvió…

— Ni lo menciones

— Tenía que escupirlo

— Tu también te veías feliz, Cris.

— Soy feliz.

— Solo no lo lleves a desayunar donde desayunábamos juntos. Es lo único que te pido Cristina.

— Solo deja de bailar con los ojos cerrados Rodrigo, te ves realmente ridículo.

Fin.

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Hilo a tierra

Memorias -  @kataldana

Memorias – @kataldana

Mariela sufría de una extraña condición que la mantenía en las nubes. No podía concentrarse en una tarea específica porque siempre el más mínimo detalle la distraía y la elevaba hacia otros lugares cargados de pensamientos difusos. Cada pequeña tarea se convertía en toda una hazaña, hasta el acto más simple como amarrarse los zapatos en las mañanas terminaba siendo el proceso más largo de todo el día.
Como no podía conseguir ningún trabajo estable se dedicó a escuchar conversaciones ajenas y a anotarlas en su pequeño cuaderno, pues era parte de un ejercicio que su psicóloga le había recomendado para que pudiera estructurar los pensamientos y acciones simples del día. En las noches trataba de recapitular cada historia pero pasados un par de segundos se perdía de nuevo mirando las motas que flotaban en el aire o enroscando uno de sus cordones sueltos.

Una mañana Mariela se tropezó en las escaleras del edificio donde vivía con su vecino Domingo, un anciano bonachón que le saludaba por nombre y apellido:

— Buenos días Mariela Díaz

— Buenos días

— Estaba pensando, si podría usted ayudarme a escribir mis memorias, estoy viejo y algo cegatón y necesito alguien que quiera escucharme, escribir y recibir un jugoso pago por ello.

Mariela se tomó un par de segundos y antes de distraerse con el sonido de los carros que se podían oír al fondo del pasillo asintió y se dirigió al interior del apartamento del viejo.

Desde ese día y durante varios meses ambos tenían una cita formal de trabajo que iniciaba a las nueve de la mañana y finalizaba a las cinco de la tarde todos los días, incluidos los fines de semana.
Domingo comenzaba con un café cargado y se sentaba en su silla mecedora a narrar anécdotas mientras Mariela, juiciosamente, anotaba todo lo que salía de los ajados labios del anciano. Por alguna extraña razón esta tarea le venía bien a Mariela y durante las horas que se sentaba a escribir no se distraía tan fácilmente. Ante cualquier signo de elevación siempre había una palabra, un sonido o un gesto de Domingo que la hacía volver a sus labores, algo que hasta el momento nunca le había pasado con nada ni nadie.

Un día, en una de las citas de rutina con la psicóloga ésta le habló acerca de su notable avance y le preguntó si estaba haciendo algo diferente para mejorar, pues su evolución había sido muy positiva en últimas visitas, a lo que ella contestó con una risa algo irónica y agregó que había conseguido un trabajo que la mantenía ocupada de “domingo a Domingo”, que era una tarea que la hacía feliz y nada más. Ese mismo día suspendieron las consultas y Mariela sintió, después de mucho tiempo, que estaba curándose de eso que la hacía tan diferente y a la vez tan especial.

Como todo no podía ser bonito ni especial porque la vida es cochina e injusta llegó el día en que Mariela tocó dos, tres y cuatro veces a la puerta del apartamento de Domingo y nadie abrió. Con algo de esfuerzo introdujo la tarjeta del subte en el marco de la puerta y ésta se abrió de par en par. Al fondo vio a Domingo en su mecedora, parecía dormido pero ella sabía que estaba ya del otro lado.
Al lado del café, que ya estaba frío como las manos del anciano, encontró un sobre con su nombre.

***

Querida Mariela Díaz,

Han sido unos días maravillosos a tu lado, creo que no me equivoqué al elegirte para escribir las memorias que temo quedarán inconclusas porque no me he sentido nada bien. Algo me hala por dentro y creo que es la muerte la que me llama para que la acompañe del otro lado.
Quiero que sepas que desde que te conocí supe que eras diferente, no por esos preciosos ojos chinos que se arrugan cuando ríes tímidamente sino porque sufres de algo de lo que yo no logré escapar hasta que cumplí los 30 y que por cosas de la vida -o la muerte- no podré incluir en mis memorias pero si en esta carta.
Sé que te cuesta concentrarte, que te pierdes fácilmente con las pequeñeces. Algunos dirán que es una condición extraña, más bien rara y otros, como yo, te dirán que es una magnífica cualidad que te permite estar en diferentes mundos y en uno solo a la vez. Que a diferencia del resto puedes hacer de tu mente una casa con muchas ventanas y que por todas sales tu pero nadie entra jamás.

¿Acaso te sientes culpable de las conversaciones silenciosas que te han acompañado hasta aquí? mira nada más en lo que hemos convertido nuestros días, en horas de charlas cortas y silencios prolongados. En hojas llenas de tinta y recuerdos, en momentos de mágica dispersión. Sé que en un mundo en el que vivimos ser el bicho raro no es fácil y que no todos los días vas a encontrar a un viejo como yo, que te entregue en las manos una tarea que mantenga tu mente inquieta en un estado natural de pasividad y coherencia como hasta ahora. Por eso dejo en este sobre la única fórmula que me ayudó a superar mis estados de distracción crónica y espero que te sirvan de aquí hasta el final de tu vida.
¡De esto no escapas, solo aprendes a usarlo a tu favor!

Posdata: Recuerda que el cerebro se mueve como un gran telar y que cada recuerdo es una escena del paisaje hilado que queda amarrado y  fuertemente enhebrado al corazón. Por lo tanto querida amiga, no sueltes la aguja y nunca dejes de tejer.

Con afecto,
Domingo.

***

Desde aquella mañana y hasta el día de hoy Mariela carga siempre en el bolsillo una aguja enhebrada a su dedo índice y cada vez que le preguntan qué significado tiene, ella responde orgullosa:

— Es para no perder el hilo de las conversaciones. Es todo.

FIN.

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