Pirámides

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— ¿Está todavía en tus recuerdos el día que bailamos y nos drogamos con los Cyber People en ese antro en New York?

— Era el 86. Cómo olvidarlo si fue cuando Dalo se drogó hasta la coronilla y nos dejó a todos con ganas de dejar los vicios con su jodida muerte.

— Dalo hijo de puta.

— Vamos por un café querido Doctor Faustus, esta ciudad comienza a apestar y necesito meter algo en mis narices.

— ¿Para evadir el hedor?

— Para evadir la vida.

La punta de la llave —que no abría ninguna puerta— sostenía como magia a una diminuta pirámide de polvo blanco, que pronto se perdió entre la fosa negra y peluda de la nariz aguileña del Doctor.

— ¡GOD SAVE THE QUEEN!

— Doctor. Doctor Faustus, algo de compostura ¿eh?

— ¿Con crema?

— Expresso

— Da igual

— Siempre es igual

— ¿Azúcar?

— ¡Cocaína!

La tazas vacías se unieron en un cálido brindis. Las calles comenzaron a colorearse con los primeros rayos de sol. Las pirámides de Egipto seguían estando lejos y cargadas de arena. Las llaves seguían perdiendo el juego con las puertas viejas y Faustus ya no era más un Doctor y Leopold tampoco era un hombre ni un nombre real.
Pronto vino la nieve siempre húmeda y blanca para cubrir sus cuerpos – casi derretidos – en el andén. Al otro lado de la calle, un público menos cuerdo los observaba:

— Hijo, ¿no te parece que ese par de vagabundos se ven como un par de pirámides de sal?

— No madre, a mi me parece que se ven como un par de puertas arrumadas, rotas y mojadas de tiempo.

— ¡Bah! ¿De dónde sacas eso? deja ya de inhalar esa basura, mira nada más como tienes las narices.

— Es nieve mamá.

— Son pirámides, pendejo.

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Matar y comer del muerto

Arnaud Jarsaillon and Rémy Poncet.
Arnaud Jarsaillon and Rémy Poncet.

Capítulo I

— A veces y solo a veces quisiera apoderarme de la más estruendosa de las motosierras y descuartizarte en mi cama. Colocar cada parte tuya en un jarrón lleno de especias y pimienta para luego sentarme a disfrutar cada trozo de ese cadáver exquisito, ese que traes escondido debajo de esa piel trigueña.
¡Es que eres preciosa Ana! y no puedo dejar de mirarte esos ojos sin antes imaginar la forma más educada de chuparlos o sumergirlos en un martini.

—Hablar sale barato Kevin, y mentir aún más. Di que me quieres follar y que es en lo único que piensas mientras te hablo. Conmigo ahórrate la literatura que yo ya entendí que lo que quieres es destrozar es mi ropa interior y desaparecer.

— No es literatura Ana, no seas tonta.

Kevin sacó la motosierra que tenía en el armario y esa noche -solo por esa noche- quedó intacta la ropa interior de Ana sobre la cama.

Capítulo II

Danilo había prometido no matar a su perro aún si tuviera que pasar varias semanas sin comer. Era imposible pensar en hacerle daño a ese peludo de ojos tristes que batía la cola hasta cuando se creían perdidos.

Pero fue una tarde cualquiera cuando comenzó a escuchar las voces. ¡Ay las voces!
Parecían salidas de una emisora que apenas agarra el radio viejo de una choza en la Guajira. Con un montón de interferencia y luces de sonido que se sienten claras por momentos. Algunas decían que necesitaba derramar sangre, otras eran puros juegos de palabras para elevar el hambre. Tenía visiones donde el pobre perro lucía gordo y carnudito cuando en la vida real se veía más famélico que el mismísimo Danilo.

— ¡Anda cómetelo y prepárate un chaleco bien chulo con el cuero!
— ¡No te amargues Dani, los perritos también van al cielo!

Voces que gritaban detrás de los ojos, que podía sentir como hormigas en la cabeza y que finalmente lo llevaron a cerrar los ojos, a respirar profundo, a quebrar el cuello de Armandito (así llamaban al canchoso) a atravesarlo con un palo y a esperar paciente mientras el calor de la hoguera ayudaba a calmar esa mezcla entre dolor, hambre e interferencia.

Capítulo III

Chucho era el encargado de velar por la seguridad del edificio de oficinas donde trabajaba entonces Moori Koenig. Por aquellos días corría el rumor de que el cadáver de Evita permanecía en su oficina, rumor que Chucho no solo pudo confirmar sino que además decidió aprovechar con gusto y buen disimulo.

Cada noche, después de la primera ronda y luego de recibir el turno de mano de Jorge “el lolo” Luján, Chucho invadía la oficina secreta de Koenig para charlar con el cuerpo pálido que permanecía erguido al lado de la ventana principal. Pasaba horas observando cada detalle, hablándole y tocando el cristal levemente para no dejar huellas ni despertar a quien luego llamara ‘mi bella durmiente’.
Pronto el cristal fue opcional y las caricias se hicieron más profundas. Los besos aunque fríos sabían al más allá y Chucho sentía que tocaba el paraíso a dos manos cada noche, sin que Moori ni nadie en toda la Argentina se diera por enterado.

— “Parecía tan real que sentí que no estaba haciendo las cosas mal, señor agente.”
fueron sus primeras declaraciones luego de estallar el escándalo.

***

 “Chucho y Evita mantuvieron una relación de amor, sexo y confesiones en una oficina de Buenos Aires”
rezaban las publicaciones bizarre del diario Recoleta.

***

 “Amar después de la muerte es para zombis”

sería el título de la novela zombie el escritor Damian Juarez, donde rozaban fragmentos de ficción con fría realidad, y donde Chucho no era Chucho sino una versión zombi de Churchill y Evita era una diva de la santería condenada a permanecer en un féretro inmaculado.

***

Cosas extrañas se vieron entonces y Chucho fue el que más sufrió con todo esto. Cuentan que desde la cárcel y antes de su muerte escribió una carta con su confesión. Cuentan que la tal carta se parecía más a un poema o a una canción que a una carta de piedad. Chucho insistía que él era solo un hombre en frente de una hermosa mujer que decidió amar en el silencio cada noche, mientras todos dormían en Buenos Aires.

En el fondo – muy en el fondo y sin decirle a nadie-  todos comprendían las razones de Chucho, pues Evita encarnaba la mujer perfecta: inquietantemente serena, retraída y callada.

 

 

La coreana

La coreana – @kataldana

— ¡Una coreana maluca y maleducada!

dijo mi mamá haciendo un gesto de asco con la boca mientras cerraba con fuerza la puerta del apartamento.

— Ni saluda, ni se ríe, ni da la cara, es rara, muy rara esa vieja…

decía guardando el monedero y las llaves en ese bolsillo enorme de sus pantalones de domingo.

Salimos juntas a la calle y mientras caminábamos clavé la mirada en la ventana del apartamento de la coreana y alcancé a ver una máquina de coser y unas cortinas viejas que dejaban pasar las luces de un televisor encendido. Pensé que esa noche la muy maleducada prepararía unos espaguetis repletos de caracoles que devoraría en compañía de sus canarios. Chasquearía y escupiría trozos de salsa y ensalada sobre la alfombra, colocaría sin vergüenza los codos sobre la mesa, que eructaría sin piedad y con algo de gracia sacaría su tibio rostro por la ventana y comenzaría a fumar de una forma vulgar, succionando ese cigarrillo como una cualquiera; haría que todos en los balcones de enfrente le gritaran: —¡qué maleducada, aprenda a fumar! — y ella enseñándoles su dedo intermedio escaparía campante de la agresión.

— Esa gente de otros lados es como muy miedosa, como muy solitaria y eso no me gusta. No, no me da confianza— Continuaba alegando mi mamá asomando la boca por un lado de la bufanda donde apenas se alcanzaba a colar el viento que amenazaba con estrellarse en su cara.

Cuando terminamos de cruzar la avenida volví la mirada al apartamento de la coreana. Ahora podía verla a ella en una esquina de la ventana admirando un libro de grandes hojas. Imaginé por un instante que se trataba de un gran atlas donde iba marcando con stickers de colores los lugares que había visitado, que en realidad eran muy pocos. Solo dos, máximo tres.

Por un momento me pareció haber silenciado a propósito la voz de mi madre al fundirla con los motores y pitos de los autos. Estaba inundada de hipótesis e historias y pensé con cierta melancolía en aquella mujer completamente sola y triste, lejos de su casa, de su lengua y de ese amante que la cambió por una más joven y por el que había emprendido un viaje de huida hacia Latinoamérica. — Si, tal vez allá nadie quiera preguntarme nada y quizás yo no quiera decirles nada tampoco. Nada hay que perder cuando todo se ha desmoronado — diría mirándose en el reflejo de un espejo sucio en su pequeño departamento en los suburbios de Pionyang—

Estiré la mano, el taxi se detuvo y antes de abrir la puerta por completo para que mi madre pudiera subirse, la miré a los ojos y le dije con una sonrisa a medias:

— Má, a lo mejor no lo estás haciendo bien, debes inclinarte para saludarla, como haciendo una venia, es como tú le muestras cortesía y no quedas como una maleducada con su cultura. ¡Acá eres tu quien se la está cagando!

Nos miramos por un par de segundos, como admitiendo algo en secreto, y nos subimos apuradas al auto amarillo.

Tras un corto silencio volvimos a la conversación. Adentro la emisora del taxista costeño amenazaba con dejarnos parcialmente sordas y entonces volví a mirar – por tercera y última vez- hacia la ventana de la coreana y esta vez me pareció que era el tiempo el que iba rápido, muy rápido; y la brisa helada, y la ciudad inmóvil y las cortinas que cambiaban de color con los rayos de una tv encendida.