Sufro mucho al saber que no te has muerto

Los miércoles salíamos a bailar salsa como un par de zombis. Nos gustaba ir a un antro cerca de la Caracas porque estaba lleno de hippies y extranjeras tan guapas como drogadictas. Allí conocí a Nella y allí seguí viéndola durante 20 miércoles seguidos, ni uno más ni uno menos.

Nella era una sueca que sabía chuparlo bien pero bailaba más una mesita de noche y a mi no me importaba porque sabía chuparlo bien. Le enseñé a decir hijueputa con acento rolo, y gracias a eso los taxistas ya no le sacaban plata de más en las carreras.

Nella partió hacia Ucrania casualmente un miércoles, yo preparé un cassette con los mejores hits de la Fania y el Gran Combo para entregárselo en su despedida. Quién sabe dónde iría a escuchar aquel cassette esa peliroja pero me pareció divertido el regalo tan old school. Cuando se lo entregué sonrió y me agradeció con un ¡uy marica, qué chimba! que le sonó más bogotano que a mi.

Un día, luego de meses de no tener noticias suyas recibí una postal desde Kiev con una moneda y una foto de Nella. Esa misma tarde publiqué una nota anónima en el periódico que era de todo corazón para ella, aunque supiera de antemano que jamás la vería…

"Sufro mucho al saber que no te has muerto."
Diego.

sufromucho

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Más pegao’ que garrapata en los Llanos

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Estaba joven, esbelto, acuerpao’ como diría mi abuelo, quizás un poco pálido porque en la capital uno no puede ganar color, pero aguantaba y me sentía todo un galán, por eso quizás los viajes al Llano a la finca de la tía Concepción me gustaban tanto, porque estaban llenos de atardeceres calurosos, cerveza fría, primas en tanga y yo todo pegachento untado en bronceador, ardiendo por dentro y por fuera.

Era Semana Santa y hacía ya un par de años que no veía a Ceci, mi prima la más guapa. Ceci tenía unas tetas divinas y un bronceado que no sabía de dónde sacaba pues vivía en Tunja, un moridero más frío que Bogotá. Ella era gordita, jamoncita como diría mi abuelo, troza como le decían las primas flacuchas. Pero era divina y a mi me encantaban esos huequitos que se le hacían en los cachetes cuando se reía. Yo le tenía unas ganas tremendas a Ceci, le decía “sexy” de cariño y ella me contestaba con un apagado de ojos bien particular. Ceci me decía “garrapata” porque andaba metido de cabeza donde no me llamaban.

Llegó ligero y caliente, muy caliente aquel Viernes Santo y yo estaba en la cocina buscando algo frío para tomar cuando entró Ceci – toda sexy ella- en su vestido de baño húmedo agarrándose el pelo a dos manos.
— Páseme una Pepsi primo, dijo sin mirarme y yo sin dejar de mirarla respondí:— Hey sexy, dame un besito, déjame acariciarte aquí al escondido, sin que nadie nos vea.

Nunca imaginé lo que vino después, yo con una mano en la entre pierna húmeda de Ceci y ella montada, con las piernas de par en par sobre la heladera que escurría agua y sudor. Nos besamos y ella me dejó tocarla sin control, se veía que lo disfrutaba. Recuerdo que esos huequitos de los cachetes se le veían tan mojados como rojizos a medida que las caricias subían de tono. Pasó poco tiempo hasta que comenzó a gemir y a mi me entró un miedo de pensar que alguien nos podía ver, (La tía Concepción, el abuelo Toño, alguna de las primas flacuchas o alguno de los perros infestados con garrapatas de la finca) entonces la agarré fuerte y la volteé de un solo tacazo, se la hundí sin pensarlo dos veces mientras con una mano le tapaba la boca y con la otra le acariciaba las tetas.

Fue delicioso, me sudan las manos ahora que lo escribo. Lo que no fue tan bonito fue lo que vino después, ya que la maldición del Viernes Santo, de la que tanto hablaba el abuelo Toño, nos cayó encima. Una vez nos vinimos no pudimos despegarnos, una extraña tensión casi magnética nos mantenía juntos, anclados, enganchados, apretados. Nos metimos detrás de una pequeña cortina que ocultaba unas cajas viejas e intentamos liberar la inflamación derramando la Pepsi fría sobre nosotros. Chorros helados negros y aguados bajaban por su espalda mojándole las nalgas y haciendo que a mi se me pusiera aún más duro. No sé cuanto tiempo pasó pero lo mejor de la historia es que nadie nos pilló. Ella decía que parecíamos los perros pegados de la cuadra de su barrio, que eso nos pasaba por arrechos, por andar tirando un Viernes Santo; yo le decía que esa boquita era la que nos había castigado porque yo estaba pegado a ella como una garrapata, engarzao’ como diría mi abuelo, con la cabeza adentro y sin ganas de abandonar ese centro caliente, sexy y hermoso como uno de los tantos atardeceres que vimos juntos en los Llanos.

El día de mi suerte

Héctor Lavoe

Soñé que Lavoe estaba vivo, que vivía en un cuchitril con olor a moho y alcohol dentro de un bar de salsa y mala muerte en Chapinero, en el antiguo y próspero Titicó.

Soñé además que caminaba por la carrera 13 entre afiches mugrientos y rotos que anunciaban el show de media noche del tipo. La entrada valía 8 mil pesos e incluía dos polas.

“Cantando sus grande éxitos: Mi Gente, Periódico de ayer y El Cantante”

Pensé, ¿por qué a la media noche si para esa hora el tipo ya debe estar pasado de merca? Raro.
¿Acaso aún podía mantenerse en pie en un escenario? Rarísimo.

De repente el sueño se puso funky, o más bien, muy Bogotano porque comenzó a llover torrencialmente, corría un viento helado que me dejaba ciega mientras la sucia trece comenzaba a tornarse de un color oscuro con cada gota que caía sobre el polvo del asfalto. Comencé a correr dentro del sueño y terminé en la entrada del Titicó. Tímidamente asomé la cabeza por ese pasillo oscuro, plagado de colillas de cigarrillos y en el fondo reconocí unas gafas grandes que colgaban de una figura delgada que parecía más una sombra sin forma que un ser humano.

— ¡Maestro! grité
y Lavoe se acercó a paso lento pero firme, como si quisiera mostrarme lucidez en la forma de caminar.

Lo abracé e hice una venia para mostrar respeto. Él solo me miró con desdén y me llamó Dayana.

Un diminuto rayo de luz que venía del letrero neón del bar se coló en sus gafas y pude reconocer mi cara de espanto en el reflejo.

Lavoe estaba viejo, demacrado, le faltaba pelo, dientes y sus ñatas estaban tan blancas como una dona.

— Maestro, si yo soy Dayana entonces usted debe ser el cantante, ¿o me equivoco?

— Eso dicen — contestó sin mover un solo dedo.

Al fondo del pasillo comenzaron a escucharse las primeras pruebas de sonido, las pistas salseras ochenteras que invitaban al dancing’.
Entramos al antro de sopetón, Lavoe se lanzó al escenario con una sorprendente energía; la gente entraba, salía, bailaba, jadeaba, rogaba.

Recuerdo que comencé a sudar y a mover los pies lentamente. Quería bailar, quería olvidar y dar vueltas sin moverme de la pista.  Faltaban quizás un par de segundos para el intro magistral de Héctor cuando sonó una ráfaga de disparos, que venían de no sé donde, y el cantante se desplomó fulminante en la tarima.

¡Escupió la herida! calló la orquesta, gritó el desespero, se encendió la alarma y entonces desperté.

Habría olvidado aquel sueño de no ser por la casualidad que siempre respira en la nuca— de la mañana siguiente cuando me sorprendió al oído la voz de Héctor — el inmortal— en la emisora de turno.

¡Esta vivo! pensé.
— Estás dormida — respondió la foto del periódico de ayer que aún sostenía entre las manos.

Tostadas francesas


María Adelaida Cifuentes hacía las mejores tostadas francesas que jamás probé. Tal vez por eso aún la recuerdo mientras preparo el café y espero el horrendo desayuno que Helena prepara para mi cada mañana.

Yo quiero a Helena, la respeto, pero no puedo amar sus dotes en la cocina. Sus recetas son tan simples como su forma de caminar, sin vida, sin gracia.

Lo que me gusta de Helena es su forma de reír, o mejor, su manera de hacerme sentir que soy gracioso en un mundo tan hostil.

Muchos allá afuera – mientras yo saboreo mi café- pensarán en sus ex novias y rechinarán los dientes imaginando cómo otro la devora en la cama; yo en cambio me arranco el pelo pensando en el imbécil que ha de estar disfrutando, a esta misma hora, las crocantes, dulces y deliciosas tostadas de Adela.

Extraño a Adela y su forma de conquistar con la comida, esa manera extraña de tenerme siempre hambriento en la mesa y en la cama.

Se acerca entonces la mesa de desayuno en las manos de Helena con un cereal blando, un jugo de naranja ácido y una tostada quemada. Helena sonríe y yo finjo que me agrada. Vuelvo a pensar en Adelaida Cifuentes y casi puedo sentir en mi garganta el sirope que resbala desde mi boca entre arándanos y uvas negras en perfecta sinfonía.

– La leche está algo agria así que la arreglé con algo de azúcar, el jugo lo rendí con un poco de agua y el fogón estropeo la tostada, por lo demás está lleno de nutritivo amor, dijo.

– Yo te quiero Helena, pero no lo suficiente para comer esta porquería.

– ¿Qué?

– Que eres muy dulce, pero hoy no tengo hambre.

Tomé un último sorbo de café agarrando al tiempo mi chaqueta, besé su frente y salí corriendo de la casa.

Cuando estaba en la puerta busqué en mi celular el número de Adela, le llamé y le rogué una cita para desayunar, ella no se opuso.

Tardé algunos minutos en llegar y cuando me acercaba a la puerta de su apartamento el olor a chocolate, nueces y tocino al horno trajo a mi la historia de sabores que habíamos escrito cada mañana cuando aún estábamos juntos.

Timbré y al abrir la puerta descubrí que estaba sola, -¡inmaculadamente sola! –  aún en pijama y con esos ojitos inflamados del sueño.

Sin nada más que un tímido “Hola” nos sentamos juntos a desayunar, uno al lado del otro, como si hubiésemos amanecido abrazados en una misma cama destendida.
Devoré todo, recordé todo y llegué quizás a amarla un poco más que antes.
Nuestras manos se cruzaron levemente en el salero y sonreímos como un par de niños.

Luego lavé los platos (con mi lengua), le di un beso en la frente y antes de cerrar la puerta dije:

– ¿Mañana a la misma hora?

y ella respondió con un dulce y esperanzador:

– Te espero…

[Esta historia, ¿continuará?]

Natalie

En una larga fila del baño de un bar conocí a Natalie. Sus botas se encontraron con las mías y al cabo de unas horas estábamos sentados en la última mesa del antro besándonos y tocándonos como maniáticos. Dos semanas después estaría yo sentado en su sofá hojeando el álbum de fotos que guarda bajo la mesa de té.
Mirándola de lejos con desgano espero la cena. La espío con el rabillo del ojo mientras le pone crema a la sopa, probando aquí y allá, cortando el jengibre mientras tararea timeeee is on my side de los Stones.

Vuelvo al álbum y una fotografía (de las casi 500 que hay allí) capta mi atención. En blanco y negro y con una esquina roída veo a un hombre lánguido y ojeroso cargar a una pequeña de apenas meses de vida. Asumo por el brillo de los ojos que es Natalie y por la mirada enternecedora del hombre que la sostiene deduzco que es su padre. Avanzo un par de páginas más y encuentro un retrato, esta vez de frente, del mismo hombre con una pequeña inscripción a puño y letra donde se puede leer “Ceremony ’53“. Levanto la vista para buscar algún rasgo de ese anónimo en el rostro de Natalie y me encuentro una inquietante pista escondida en la mirada, esa que en ella luce tan fresca y en él tan atormentada.

Ahora suena el intro alegre de The passenger, Natalie suelta de un brinco los espárragos sobre el sartén humeante y comienza a bailar frenéticamente en la cocina.

La miro a ella, vuelvo a la foto, luego a la inscripción, pienso en voz alta she’s lost control. Vuelvo a la foto, vuelvo a su baile y entre estruendosos la la las paso la página y encuentro el manuscrito que arranca con un: radio, live transmission acompañado de una nueva fotografía de cuatro hombres que no miran a la cámara.

Vuelvo a Natalie, no deja de bailar y gritar.

Vuelvo a la foto y comienzo a sentir ecos en mi cabeza.

De repente, y como si se tratara de una broma que ya no tiene sentido, escucho los primeros acordes de Love Will Tear Us Apart. Natalie se detiene en medio de la cocina y me mira friamente al descubrir que estoy husmeando fotos.

De un solo golpe apaga la radio, viene hacia mi, me da un beso y arranca el álbum de mis manos.
Mientras la beso con los ojos entrecerrados en mi mente todo se completa como un rompecabezas.

Ahora sé quien es Natalie, ahora sé quien es el misterioso y taciturno hombre de las fotos.
Ahora siento que no quiero salir de aquí. No ahora. No por ahora.

* Dedicado a la memoria del gran Ian Curtis en el aniversario 34 de su muerte.
18 mayo 1980

Manos ciegas

vía pinteres
Me gusta observarte a lo lejos cuando sé que no notas mi presencia. Sabes que odio llegar tarde a todos lados y más cuando sé que voy a verte. Con una cita pendiente tengo unos 15 minutos de ventaja para poder ubicarme donde sé que no me verás, el lugar exacto para ver tus movimientos improvisados, tu rostro cuando me buscas con la mirada y ese gesto de apatía que dibuja en tu boca una nuez apretada cada vez que alguien se te acerca demasiado.

Hoy me senté en la mesa que no acostumbro solo para tener desde allí la vista perfecta hacia tu llegada. Podré ver el momento en el que te bajas de bus, agarras tu mochila y hundes en ella la mano ciega que busca el celular. Antes de marcar y mientras lo ocultas de la mirada de un posible ladrón das una ojeada 360. ¿Qué buscas? me pregunto, ¿acaso algo en mí es tan fácil de ubicar en tan corto paneo? Te observo y mientras suena mi celular te sigo mirando. Ante tanto tono sin respuesta tus ojos develan angustia. Miras tu reloj, vuelves al 360 y nada. Cuelgas y yo te sigo observado. Ahora te agarras el pelo, enredas tus dedos formando esa trenza ingenua, deshecha y trajeada que te hace ver fresca y que no es otra señal más de tu pequeñísimo desespero.

También te veo cuando escribes con la cabeza baja e inmersa en el celular. Con tan pocos segundos intento adivinar que dirá esta vez tu SMS: “Ya llegué” ,”Estoy aquí”, “¿Donde estas?” el -bip bip- me estremece la mano y leo esta vez un: “Deja de mirarme como un bobo desde la ventana de Marea y ven a darme un beso. Ahora.”

Levanto la cara para encontrarme con tus ojos pero te has desvanecido. Me vuelco en un 360 y busco la trenza en un paneo. Nada salvo las hojas corren intrépidas por el parque. Pasan algunos segundos, ahora soy yo quien intenta llamarte. El ringtone de tu celular se escucha en el lugar, ya estás adentro… ahora puedo ver la mochila, luego las manos ciegas, la trenza y los ojos risueños que se aproximan a paso lento. Antes de que puedas sentarte anoto en mi libreta:

“Me acostumbré a verte de lejos cuando no me ves y a verte ir cuanto mis ojos no te alcanzan.”

La guardo y ordeno dos cafés.

De cuando me enamoro en un café

café
vía pinterest.com

Lo vi de lejos y supe que era el amor de mi vida. Estaba un poco borroso, pero luego de colocarme las gafas comprobé que era justo como lo había pedido. Era alto, tenía una linda barba rojiza, cabello despeinado y ropa a lo Joseph Gordon Levitt.
Cuando lo vi caminando y buscar el rincón más alejado con un tinto tamaño extra grande en sus manos, (justo como el que yo tenía mientras lo observaba) me llené de júbilo. Luego cuando sacó el libro de Chejov de su mochila harapienta y una pequeña libreta de notas sentí que no podía respirar ¡el idilio se había completado!

Caminé lentamente hacia él y mientras esquivaba mesas y gente insignificante repasé en mi cabeza cómo debía iniciar la conversación con aquel desconocido. Repetí mil veces lo que podría decirle; tal vez preguntarle si en esa edición se encontraba “El Teléfono” o “Historia de un contrabajo” que era mis cuentos favoritos de Chejov o comenzar con algo como:

– Hey guapo ¿por qué Chejov y no Tolstoi? ¿Por qué tinto grande y no un expreso? Disculpa, me llamo Marta, ¿donde dejé mis modales?

Faltaban dos pasos y medio para llegar hasta su mesa, sentí depronto que me temblaban las piernas y que el corazón quería salirse de su sitio. Fue entonces cuando vi lo impensable. Aquel extraño que me había enamorado sin cruzar palabra estaba tomando de la mesa un sobre de azúcar. Lentamente lo abrió con los dientes y lo vertió completamente en el café. Como si eso no bastara, repitió lo mismo con otros dos sobres  más, uno tras de otro, sin pensar, sin mirar. Sentí que el mundo se deshacía como azúcar en café.
Antes de que notara mi presencia cambié el curso de mi camino, tomé el último sorbo de mi tinto y salí corriendo para siempre.

Podía perfectamente haber sido el hombre de mis desvelos, pensé, pero no puedo confiar ciegamente en quienes endulzan el café. ¡Eso no! dije en voz alta.

Fin

Pandora

vía Pinterest.com

Todo lo que necesitas saber está en esta caja, guárdala bien no vayas a perderla, es importante, es muy importante para la vida.

No, no la abras ahora, no necesitas saberlo todo en este instante, estás muy pequeño, estás muy frágil y enfermo.

Recupérate y apenas puedas pararte en dos pies abre la caja, mira hacia la ventana y sonríe. Solo así sabrás que has comprendido el mensaje, que el conocimiento te ha invadido y que todo lo que necesitas saber para la vida lo tienes ahora en la cabeza.

No, debajo de la cama no lo pongas, allí puede pasar Lupita con su escoba y enterarse de la buena nueva. No, tampoco en la gaveta, puede caerle algo encima, o puede perder su forma. ¡Ni lo pienses! en el baño puede mojarse, o evaporarse el contenido. Guárdalo aquí, si ahí. Estoy seguro que allí no podrás olvidarla ni nadie más querrá verificar su interior. Asegura la chapa, guarda la llave en tu bolsillo.

¡Eso es! ahora descansa, junta tus manos tibias y trata de pensar en algo maravilloso. ¿Quieres oír una canción? ¿Quieres que te arrulle con una canción de cuna?

xxcambio & fueraxx

Punto y Aparte

vía pinterest

Punto se había cansado de ser final, de estar de último siempre en la fila, de cerrar con candado las historias, de perderse entre párrafos discontinuos.

Punto quería tener una cola agraciada como la coma, una pareja estable como punto y coma, un compañero alegre como los dos puntos o quizás unos hermanos gemelos para hacer con ellos el club de los puntos suspensivos. Punto quería algo, cualquier cosa que le devolviera la alegría como la que parecía tener aquella tilde suspendida en el aire.

Punto estaba cansado de ser punto, quería cambiar de vida. Primero pensó en ponerse a dieta para convertirse en un esbelto guión, pero luego desistió porque se sentía viejo para ese tipo de cosas. Después intentó ser un punto de vista, cosa que no duró mucho pues no estaba listo para ser tan subjetivo. Contempló varias veces la opción de desaparecer, de hacerse invisible a la tinta, pero pronto comprendió que el suicidio gramatical no es – ni será nunca- una salida fácil.

Un día, justo a las once en punto, conoció a quien podía acompañarlo en sus días más oscuros, un personaje poco visible que entendía sus sentimientos y que no lo juzgaría en momentos difíciles. Alguien que le devolvió la alegría de ser punto y la emoción de ser parte de algo – alguien – un fiel y también solitario compañero que llego para quedarse.

Desde aquel día Punto y Aparte pasean de un párrafo a otro entre versos mal escritos, rimas sin rimas y cuentos infinitos; desde ese día son conocidos como la pareja-dispareja más coqueta del universo gramatical.

Esta es pues la historia del punto que estuvo a punto de desaparecer hasta que cambió de parecer…

xxxcambio & fueraxxx

La manera más dulce de morir

vía pinterest.com

Tres manzanas podridas reposaban en la cesta de la mesa de centro de la casa de Mila. Cada manzana miraba a la otra y sonreía al ver nuevas manchas aparecer en su piel conforme pasaban los días, la brisa, la luz del sol, las patas del gato juguetón y las miradas de asco de Mila mientras recitaba un cansado – ¡Mañana si se van al vertedero! –

¡Míralo ahora, qué gordo se ve!
dice la manzana menos podrida  a sus arrugadas compañeras  – ¡se está dando una buena cena de moho!- dice en tono alegre mientras persigue con la mirada el vuelo circular del mosco que hace días las rodea.

– ¡A mi no me viene en gracia! hoy amanecí más rancia que nunca. Hoy quiero irme al vertedero y esperar a que una rata me muerda el corazón para poder partir de una vez por todas. ¡No soporto este lugar! ¡No quiero más huevos de ese maldito mosco sobre mi cuerpo! No quiero tener que que oír una vez más su voz chillona diciendo- ¡Mañana si se van al vertedero!

-¡A mi ni me va, ni me viene! – respondió la tercera manzana – me parecen graciosas esas diminutas patas que hacen cosquillas en mi cabeza. Por mi, que me acabe a mordisquitos. ¡Ha de ser la manera más dulce de morir!

Pasarían días y noches enteras antes de que estas tres dulces y disecadas manzanas partan por fin al vertedero, abandonando la vida sin probar siquiera un mordisco de pena ni gloria. Fin.

xxcambio y fueraxxx