I feel love

Cuenta la leyenda disco que en pleno verano del ’77 el genio Giorgio Moroder se fue de juerga con la entonces poco conocida Adrian Gaines. Cuentan que antes de llegar el amanecer ya estaban tan enredados que parecían uno y que el éxtasis había hecho de sus cuerpos un manojo de amor y sudor ácido.
Cuentan las malas lenguas que les entró la locura después de un pase y se fueron solos al estudio de Moroder en el Down Town. Abrieron la puerta a medias y entre carcajadas ahogadas se quitaron la ropa. La Donna comenzó a contonear sus gloriosas caderas mientras Giorgio desenvainaba un par de pastillas sobre los decks.

Dicen los que tienen mala memoria que aquella noche La Donna intentó describir en una canción lo que el X le hacía a su cuerpo, mientras Moroder daba forma al sonido del futuro con beats lujuriosos que invitan al baile. Gotas de sudor caliente recorren su espalda morena – I feel loooove – salpican los decks, humedecen sus gluteos, las manos, el pelo y I feel loved. Sube el volumen, aumentan los bits, pupilas dilatadas, I feel love, this is love. Se encienden a besos, caricias apretadas friccionan, se apaga el micrófono, I feel love, todo es de colores… I feel love.

Cuentan que allí nació la época dorada de la música disco y su entrañable conexión con las drogas duras. Dicen que aquel verano neoyorquino le cambió la vida para siempre a la Summer y volvió mago al entonces poco conocido Giorgio Moroder. Dicen que I feel love es el himno del X y que el X es la droga del amor; dicen también que la música disco es al amor lo que la droga es a la música, y que bien mezclados son la bomba atómica en las venas.

Música disco para sentirse amado y pastillas de amor para llegar al éxtasis.

Now I feel loved. Can you feel it too?

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Tostadas francesas


María Adelaida Cifuentes hacía las mejores tostadas francesas que jamás probé. Tal vez por eso aún la recuerdo mientras preparo el café y espero el horrendo desayuno que Helena prepara para mi cada mañana.

Yo quiero a Helena, la respeto, pero no puedo amar sus dotes en la cocina. Sus recetas son tan simples como su forma de caminar, sin vida, sin gracia.

Lo que me gusta de Helena es su forma de reír, o mejor, su manera de hacerme sentir que soy gracioso en un mundo tan hostil.

Muchos allá afuera – mientras yo saboreo mi café- pensarán en sus ex novias y rechinarán los dientes imaginando cómo otro la devora en la cama; yo en cambio me arranco el pelo pensando en el imbécil que ha de estar disfrutando, a esta misma hora, las crocantes, dulces y deliciosas tostadas de Adela.

Extraño a Adela y su forma de conquistar con la comida, esa manera extraña de tenerme siempre hambriento en la mesa y en la cama.

Se acerca entonces la mesa de desayuno en las manos de Helena con un cereal blando, un jugo de naranja ácido y una tostada quemada. Helena sonríe y yo finjo que me agrada. Vuelvo a pensar en Adelaida Cifuentes y casi puedo sentir en mi garganta el sirope que resbala desde mi boca entre arándanos y uvas negras en perfecta sinfonía.

– La leche está algo agria así que la arreglé con algo de azúcar, el jugo lo rendí con un poco de agua y el fogón estropeo la tostada, por lo demás está lleno de nutritivo amor, dijo.

– Yo te quiero Helena, pero no lo suficiente para comer esta porquería.

– ¿Qué?

– Que eres muy dulce, pero hoy no tengo hambre.

Tomé un último sorbo de café agarrando al tiempo mi chaqueta, besé su frente y salí corriendo de la casa.

Cuando estaba en la puerta busqué en mi celular el número de Adela, le llamé y le rogué una cita para desayunar, ella no se opuso.

Tardé algunos minutos en llegar y cuando me acercaba a la puerta de su apartamento el olor a chocolate, nueces y tocino al horno trajo a mi la historia de sabores que habíamos escrito cada mañana cuando aún estábamos juntos.

Timbré y al abrir la puerta descubrí que estaba sola, -¡inmaculadamente sola! –  aún en pijama y con esos ojitos inflamados del sueño.

Sin nada más que un tímido “Hola” nos sentamos juntos a desayunar, uno al lado del otro, como si hubiésemos amanecido abrazados en una misma cama destendida.
Devoré todo, recordé todo y llegué quizás a amarla un poco más que antes.
Nuestras manos se cruzaron levemente en el salero y sonreímos como un par de niños.

Luego lavé los platos (con mi lengua), le di un beso en la frente y antes de cerrar la puerta dije:

– ¿Mañana a la misma hora?

y ella respondió con un dulce y esperanzador:

– Te espero…

[Esta historia, ¿continuará?]

Día 26

Mythology by Bela Borsodi
Mythology by Bela Borsodi

El miedo vive en las palabras.

Las palabras viven en la lengua.

La lengua vive del agua.

El agua corre sin piernas.

Las piernas vibran por el impulso.

El impulso vive en la fuerza.

La fuerza brota las venas.

Las venas se ahogan en sangre.

La sangre corre sin piernas.

El miedo sangra entre las piernas.

Natalie

En una larga fila del baño de un bar conocí a Natalie. Sus botas se encontraron con las mías y al cabo de unas horas estábamos sentados en la última mesa del antro besándonos y tocándonos como maniáticos. Dos semanas después estaría yo sentado en su sofá hojeando el álbum de fotos que guarda bajo la mesa de té.
Mirándola de lejos con desgano espero la cena. La espío con el rabillo del ojo mientras le pone crema a la sopa, probando aquí y allá, cortando el jengibre mientras tararea timeeee is on my side de los Stones.

Vuelvo al álbum y una fotografía (de las casi 500 que hay allí) capta mi atención. En blanco y negro y con una esquina roída veo a un hombre lánguido y ojeroso cargar a una pequeña de apenas meses de vida. Asumo por el brillo de los ojos que es Natalie y por la mirada enternecedora del hombre que la sostiene deduzco que es su padre. Avanzo un par de páginas más y encuentro un retrato, esta vez de frente, del mismo hombre con una pequeña inscripción a puño y letra donde se puede leer “Ceremony ’53“. Levanto la vista para buscar algún rasgo de ese anónimo en el rostro de Natalie y me encuentro una inquietante pista escondida en la mirada, esa que en ella luce tan fresca y en él tan atormentada.

Ahora suena el intro alegre de The passenger, Natalie suelta de un brinco los espárragos sobre el sartén humeante y comienza a bailar frenéticamente en la cocina.

La miro a ella, vuelvo a la foto, luego a la inscripción, pienso en voz alta she’s lost control. Vuelvo a la foto, vuelvo a su baile y entre estruendosos la la las paso la página y encuentro el manuscrito que arranca con un: radio, live transmission acompañado de una nueva fotografía de cuatro hombres que no miran a la cámara.

Vuelvo a Natalie, no deja de bailar y gritar.

Vuelvo a la foto y comienzo a sentir ecos en mi cabeza.

De repente, y como si se tratara de una broma que ya no tiene sentido, escucho los primeros acordes de Love Will Tear Us Apart. Natalie se detiene en medio de la cocina y me mira friamente al descubrir que estoy husmeando fotos.

De un solo golpe apaga la radio, viene hacia mi, me da un beso y arranca el álbum de mis manos.
Mientras la beso con los ojos entrecerrados en mi mente todo se completa como un rompecabezas.

Ahora sé quien es Natalie, ahora sé quien es el misterioso y taciturno hombre de las fotos.
Ahora siento que no quiero salir de aquí. No ahora. No por ahora.

* Dedicado a la memoria del gran Ian Curtis en el aniversario 34 de su muerte.
18 mayo 1980

Manos ciegas

vía pinteres
Me gusta observarte a lo lejos cuando sé que no notas mi presencia. Sabes que odio llegar tarde a todos lados y más cuando sé que voy a verte. Con una cita pendiente tengo unos 15 minutos de ventaja para poder ubicarme donde sé que no me verás, el lugar exacto para ver tus movimientos improvisados, tu rostro cuando me buscas con la mirada y ese gesto de apatía que dibuja en tu boca una nuez apretada cada vez que alguien se te acerca demasiado.

Hoy me senté en la mesa que no acostumbro solo para tener desde allí la vista perfecta hacia tu llegada. Podré ver el momento en el que te bajas de bus, agarras tu mochila y hundes en ella la mano ciega que busca el celular. Antes de marcar y mientras lo ocultas de la mirada de un posible ladrón das una ojeada 360. ¿Qué buscas? me pregunto, ¿acaso algo en mí es tan fácil de ubicar en tan corto paneo? Te observo y mientras suena mi celular te sigo mirando. Ante tanto tono sin respuesta tus ojos develan angustia. Miras tu reloj, vuelves al 360 y nada. Cuelgas y yo te sigo observado. Ahora te agarras el pelo, enredas tus dedos formando esa trenza ingenua, deshecha y trajeada que te hace ver fresca y que no es otra señal más de tu pequeñísimo desespero.

También te veo cuando escribes con la cabeza baja e inmersa en el celular. Con tan pocos segundos intento adivinar que dirá esta vez tu SMS: “Ya llegué” ,”Estoy aquí”, “¿Donde estas?” el -bip bip- me estremece la mano y leo esta vez un: “Deja de mirarme como un bobo desde la ventana de Marea y ven a darme un beso. Ahora.”

Levanto la cara para encontrarme con tus ojos pero te has desvanecido. Me vuelco en un 360 y busco la trenza en un paneo. Nada salvo las hojas corren intrépidas por el parque. Pasan algunos segundos, ahora soy yo quien intenta llamarte. El ringtone de tu celular se escucha en el lugar, ya estás adentro… ahora puedo ver la mochila, luego las manos ciegas, la trenza y los ojos risueños que se aproximan a paso lento. Antes de que puedas sentarte anoto en mi libreta:

“Me acostumbré a verte de lejos cuando no me ves y a verte ir cuanto mis ojos no te alcanzan.”

La guardo y ordeno dos cafés.

Dama de compañía | Plagio a Bukowski

Mientras pasaba su acostumbrada sesión frente al computador Ana encontró un anuncio con enormes letras y vibrantes colores que decía:

BUSCO DAMA DE COMPAÑÍA

Completa discreción. Clic aquí para más info.

Movió el cursor y en menos de lo que dura un clic estaba inmersa en un blog de alguien que se hacía llamar KIKI. La imagen de perfil no decía mucho, era una fotografía que mostraba una parte de una espalda que bien podía ser de un hombre o una mujer. Al lado se podía ver el mismo anuncio, ahora con más texto que decía así:

BUSCO DAMA DE COMPAÑÍA

Me llamo KIKI. Tengo 26 años. Me gustan los mariscos, las películas mudas y los poemas de Efraim Medina. Prefiero las mujeres regordetas a las esbeltas, los chocolates al caramelo y los billetes a las monedas. Busco una dama de compañía con la que pueda salir y disfrutar de la vida nocturna de Bogotá.

Había una dirección de email y un teléfono al que le faltaba un número. ¿Casualidad?.

Ana repitió un par de veces más el anuncio y pensó que ella era lo suficientemente regordeta como para encajar en el perfil. No le aficionaba Medina pero que aquello del chocolate era lo suficientemente interesante como para enviar un email. La palabra DAMA es sofisticada, como de otro siglo, pensó.

Mientras abría una nueva pestaña en el navegador intentó pensar cómo lucía KIKI, si era un viejo verde o un adolescente amante de los comics como ella o quizás un asesino en serie que había cambiado de vida y estaba ahora buscando una compañera para darle sentido a su existencia. Sintió además que su vida era especialmente triste y aburrida como para reparar en detalles. Tal vez conocer a alguien nuevo no sería tan mala idea después de todo.

To: kikilove@live.com

Asunto: Dama de compañía

Mesaje:
¡Hola! Vi tu mensaje en un portal de comics. ¿Te gustaría concretar un cita?
Saludos, Ana.

Al cabo de un par de segundos recibió un correo de respuesta en el que KIKI adjuntaba su dirección y una carita feliz compuesta por dos puntos y un paréntesis cerrado.

Ana fumaba un cigarrillo para calmar los nervios que le producía tal encuentro.
Pasaron un par de horas de camino y ya se encontraba al frente de la puerta de un edificio de cinco pisos con una puerta de metal roído; a un lado habían cinco timbres con nombres diferentes que intentaban dar una guía a los visitantes:

1. Trevor

2. Bukowski

3. sArA

4. KIKI

5. Jhon

En menos de lo que tarda el sonido de un timbre de campana apareció KIKI en la puerta. No era un freak, mucho menos un anciano o un adolecente, era una mujer con sobre peso, con grandes tatuajes, perforaciones, con la cabeza rapada y una camiseta desteñida de AC/DC

—   Tu debes ser Ana

—   Y tu debes ser KIKI

—   ¿Qué comes que adivinas?

—   Hmmmm

—   Sigue, adelante, estás en tu casa.

—   No, gracias. A lo mejor no estoy interesada

—   ¿Cómo así?

—   Pensé que eras un chico. Bueno, un hombre por lo menos

—   ¿Qué tengo de malo? Soy casi un chico salvo por la raja de la entrepierna y estas tetas que me cuelgan, por todo lo demás soy un machito: eructo, me rasco el trasero, me encanta el futbol, digo groserías y me derrito con las gordas con tetas grandes como las tuyas.

Ana permaneció en silencio por unos minutos y al final decidió entrar.

—   Voy a quedarme  por un par de horas, debo volver a mi casa.

El apartamento de KIKI lucía algo deteriorado pero guardaba ciertos aspectos acogedores, muy femeninos, que le hacían sentirse a gusto. Ambas se sentaron en la mesa, bebieron unos tragos y se sumieron en una larga conversación sobre mujeres, libros y futbol.

—   Entonces buscas una dama de compañía

—   Así es, algo así como una prostituta decente. Alguien con quien no me de vergüenza salir a la calle y a quien pueda pagarle por unas buenas mamadas.

—   Entiendo…

—   ¿Entiendes? Tienes cara de no entender nada. ¿Alguna vez te has tirado a una mujer?

—   No, nunca

—   ¿Lo descartas?

—   No del todo

Sin más preámbulo que ese KIKI se sintió en confianza y le agarró con fuerza la pierna. No valieron los intentos de Ana por apartarla pues en menos de dos movimientos ya tenía esa figura pesada, sudorosa y maloliente sobre ella.

—    Por favor ve más despacio

—   ¿A qué te refieres?

—   ¡A que vayas más despacio! Estas a punto de asfixiarme ¡maldita sea!

—   ¿Entonces a que has venido? ¿por qué decidiste quedarte? Eres una zorra y quieres que yo sea tu juguete ¿verdad? Dime que es verdad

—   ¡Estas loco! O ¿loca? Quítate de encima, es una orden

Sin prestar la menor atención a la advertencia el espectáculo grotesco continuó hasta que en un intento desesperado, Ana estrelló un vaso repleto de vodka contra la cara de KIKI.

—   Cómo se nota que no te queda nada de mujer. No sabes parar a tiempo, no tienes modales. ¡Eres un maldito animal!

Gritos y sollozos eran todo lo que se podía oír al final del pasillo mientras Ana abandonaba el edificio. Salió sin prisa para no levantar sospechas y tomó el primer taxi que cruzó la avenida.

Ya en casa intentó repasar en su cabeza los momentos de aquella pesadilla. Decidió tomar un baño, porque era la forma más eficaz de limpiar el asco y la suciedad que tenía  impregnada en la ropa y en la piel.

Segundos antes de entrar a la ducha revisó de nuevo su email. Tenía allí un mensaje sin leer de : kikilove@live.com. Lo seleccionó y en menos de lo que dura un clic lo envió directo a la carpeta de spam.

charles-bukowski

Esta historia nació como parte de un ejercicio de un taller de cuento en el cual estoy participando hace un par de semanas.
La tarea era plagiar el cuento de Bukowski, contar la misma historia pero diferente.
Les dejo el original: Se busca una mujer- C. Bukowski

¡Comenten sin miedo!

De cuando me enamoro en un café

café
vía pinterest.com

Lo vi de lejos y supe que era el amor de mi vida. Estaba un poco borroso, pero luego de colocarme las gafas comprobé que era justo como lo había pedido. Era alto, tenía una linda barba rojiza, cabello despeinado y ropa a lo Joseph Gordon Levitt.
Cuando lo vi caminando y buscar el rincón más alejado con un tinto tamaño extra grande en sus manos, (justo como el que yo tenía mientras lo observaba) me llené de júbilo. Luego cuando sacó el libro de Chejov de su mochila harapienta y una pequeña libreta de notas sentí que no podía respirar ¡el idilio se había completado!

Caminé lentamente hacia él y mientras esquivaba mesas y gente insignificante repasé en mi cabeza cómo debía iniciar la conversación con aquel desconocido. Repetí mil veces lo que podría decirle; tal vez preguntarle si en esa edición se encontraba “El Teléfono” o “Historia de un contrabajo” que era mis cuentos favoritos de Chejov o comenzar con algo como:

– Hey guapo ¿por qué Chejov y no Tolstoi? ¿Por qué tinto grande y no un expreso? Disculpa, me llamo Marta, ¿donde dejé mis modales?

Faltaban dos pasos y medio para llegar hasta su mesa, sentí depronto que me temblaban las piernas y que el corazón quería salirse de su sitio. Fue entonces cuando vi lo impensable. Aquel extraño que me había enamorado sin cruzar palabra estaba tomando de la mesa un sobre de azúcar. Lentamente lo abrió con los dientes y lo vertió completamente en el café. Como si eso no bastara, repitió lo mismo con otros dos sobres  más, uno tras de otro, sin pensar, sin mirar. Sentí que el mundo se deshacía como azúcar en café.
Antes de que notara mi presencia cambié el curso de mi camino, tomé el último sorbo de mi tinto y salí corriendo para siempre.

Podía perfectamente haber sido el hombre de mis desvelos, pensé, pero no puedo confiar ciegamente en quienes endulzan el café. ¡Eso no! dije en voz alta.

Fin

Encuentros cercanos

vía Pinterest.com
vía Pinterest.com

Escribir es el momento donde el alma se sale por los dedos. Es un proceso íntimo, cercano y a veces tormentoso… una lucha constante entre lo que piensas, lo que quieres decir, lo que sientes cuando lo dices y las palabras que necesitas para ponerlo en el papel.

Escribiendo sobre mi abuelo, sobre su historia innombrable, sentí de cerca su presencia – casi real, casi tangible – helándome el cuerpo, llenando mi cabeza de nuevas preguntas.

Tal vez nadie lo crea, tal vez solo se trate de un delirio matutino.

Tal vez sea él quien no quiera que yo escriba esa historia.

Por ahora solo necesito un descanso.