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La cafetera

“Solo Chavela Vargas tendría una frase para este momento.”
Sábado 10 de diciembre de 2016, 11:32 p. m.

—Quiero comprar una cafetera– rompió el silencio eterno que se tejía desde hacía algunos minutos entre B y BB.

—¿Una cafetera?– respondió con cara de sorpresa BB. —¿Y tú para qué quieres una cafetera?

B pensó en contestar a la pregunta de BB con el recuerdo románticoidealizado que llevaba a cuestas desde hacía más de dos años; un recuerdo que sabía a esas tazas humeantes de café siempre tan distinto que BB tenía en casa y que compartía con B todas las veces que la mañana los agarraba en la misma cama. Pero como no era el caso, ni había el tiempo porque el bus estaba por pasar, B contestó:

—Quiero una cafetera, estoy cansada de tomar tinto instantáneo.

En un gesto que pareció hostil, BB soltó la mano de B y dijo, mirándola con extrañeza:

—¿Acaso sabes lo que implica tener una cafetera? Una cafetera tiene cierto nivel de mantenimiento, tienes que lavarla, comprar filtros y tener café; tú nunca tienes ni leche en la nevera y acumulas pocillos con cunchos de tinto de toda la semana por toda la casa. ¡Tener una cafetera requiere mucha más responsabilidad de la que crees!

Hubo algo en el tono de BB que arrugó el corazón de B. Lo que había comenzado con un recuerdo recalentado se tornaba ahora en una moraleja cínica de la vida misma, pues mientras B se imaginaba con BB en la tienda, agarrados de la mano y sonriendo mientras buscaban una cafetera de dos tazas, BB pensaba que era una idea ridícula para alguien tan perezoso y descuidado como B.

Pronto se acercó el bus que llevaba a B hasta su casa y la mano de BB nunca volvió a tocar la de B. Se despidieron con un beso frío pero con una sonrisa que al final lo arreglaba todo.

Esa noche habría quedado como un mal tema de conversación de no ser por lo que alcanzó a ver B por la ventana mientras atravesaba la ciudad. Y no era algo que estuviera pasando en la calle, no, era algo que podía ver y entender de ella misma entre semáforos y carros ruidosos de una Bogotá emparamada.

B se vio comprando la maldita cafetera, subiéndola los cinco pisos en los brazos, abriendo la caja como un niño en Navidad, oprimiendo todos los botones, leyendo las instrucciones en portuñol. Se vio entrando en una de esas tiendas hipsters de café que abundan en su barrio y pensó que quizá un cajero sexy le iba a recomendar cuál origen se mezclaba perfecto con el color de sus ojos. Imaginó que luego el chico hipster la acompañaría a su casa, la abastecería de filtros y recomendaciones para disfrutar mejor de su nueva adquisición. B siguió viendo las tazas embarradas de café de toda la semana en una torre interminable en el lavaplatos. B también pensó que si se le acababan los filtros podía usar papel de cocina y que si se le acababan los pocillos limpios podía comprar nuevos nada más por la pereza de lavar los demás y porque le daba la gana. B por primera vez se sintió acompañada por su inmensa soledad; sintió que esa visión idealizada se parecía más a su vida real, y estaba bien.

Lo que pasó después fue que el bus de B se detuvo antes de la parada cercana a su casa, justo en frente de la tienda de departamentos que mostraba un gran SALE en cafeteras. Entró sin pensarlo dos veces y tras una “transacción exitosa” recobró el sentido de su vida.

A partir de esa noche siempre había café esperando a B en la alacena, y en la cafetera, y en el fondo de los pocillos sucios regados por toda la casa.

B aprendió que así como quien espera flores se pierde de crear su propio jardín, también podía aprender a preparar su propio café y sentirse bien de no tener que compartirlo con nadie.

4 meses

fault

@missdelirios #capulordie

Cuando me preguntaron cuánto tiempo llevaba con el corazón roto tuve que hacer una pausa, en la que como es costumbre, subí la mirada como tratando de recordar para luego contar con los dedos -sin uñas- los 4 meses que llevo con el pecho arrugado.

-¡Uff, pensaba que eran más!- fue lo primero que se me ocurrió decir con una sonrisa a medias llevándome de nuevo los dedos a la boca para morderme frenéticamente los cueritos, en un acto simple pero nervioso que me ha acompañado durante toda la vida. Volví a mirarme los dedos ensangrentados y repetí entre dientes: ¡Jueputa vida! ¿¿¿en serio solo han pasado 4 meses??? Llevo cerca de 120 días o más odiando las mañanas, los domingos, las canciones y hasta los paisajes que antes me parecían encantadores. Llevo meses sintiéndome fuera de mi, repasando una y otra vez las cosas que pude haber hecho mejor, narrando en mi cabeza conversaciones que nunca fueron, tratando de escupir esas palabras que el odio atascó en mi garganta.

Repaso mi blog y encuentro que la terapia que antes tanto me funcionaba la había abandonado por completo: escribir. Estaba tan ocupada siendo feliz que me olvidé hasta de las cosas sencillas que me hacían bien. Encuentro borradores con historias inconclusas, con personajes que habíamos creado, con planes de viajes y mapas que se quedaron entre fotos y cigarrillos mojados.

Salgo a la calle y todavía siento miedo de encontrarme y no saber con certeza qué preguntarme. Me repito una y otra vez que no fue mi culpa, que así es la vida, que cosas mejores vendrán, que mejor así, que más vale mentirme ahora para sobrevivir mañana. Si amigos, he comenzado a tener esas conversaciones de a uno donde no hay espacio para las mentiras.

tears

@missdelirios #CapulOrDie

A veces sueño que estoy en un terrario y te veo rociando esas matas que ojalá ya estuvieran muertas. Me veo a mi misma como una figurita de cera cerrando el libro que me leías en la banquita de madera. Me veo acomodándome el pelo, sacudiendo mi falda, levantando el gato con las fuerzas que no tengo para llevármelo a cuestas por entre el bosque. Veo cómo desaparecemos entre las ramas mientras se borra de mi cabeza la comodidad de aquella banquita que antes no quería abandonar.
Sueño que llego a una tribu de seres que no saben mis nombres pero quieren tocarme y herirme para hacerme sentir viva, y sueño también con despertar un domingo cualquiera sin sentir que el vacío que tengo en el pecho hace más ruido que la nevera de esta casa abandonada.

Los vicios

smokeDejé de fumar y dejé de escribir casi al mismo tiempo; dejé lo primero porque no me ayudaba en lo segundo y dejé lo segundo porque me incitaba a lo primero. Desde entonces soy un ser miserable y melancólico. Me siento como un bueno para nada; todo lo que quiero conquistar con letras se va de mi mente como humo en mis pulmones.

Ya nada tiene sentido, solo el olvido es lo que queda y la esperanza que la muerte me alcance ahogado bajo el efecto de algún otro vicio.

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Pirámides

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— ¿Está todavía en tus recuerdos el día que bailamos y nos drogamos con los Cyber People en ese antro en New York?

— Era el 86. Cómo olvidarlo si fue cuando Dalo se drogó hasta la coronilla y nos dejó a todos con ganas de dejar los vicios con su jodida muerte.

— Dalo hijo de puta.

— Vamos por un café querido Doctor Faustus, esta ciudad comienza a apestar y necesito meter algo en mis narices.

— ¿Para evadir el hedor?

— Para evadir la vida.

La punta de la llave —que no abría ninguna puerta— sostenía como magia a una diminuta pirámide de polvo blanco, que pronto se perdió entre la fosa negra y peluda de la nariz aguileña del Doctor.

— ¡GOD SAVE THE QUEEN!

— Doctor. Doctor Faustus, algo de compostura ¿eh?

— ¿Con crema?

— Expresso

— Da igual

— Siempre es igual

— ¿Azúcar?

— ¡Cocaína!

La tazas vacías se unieron en un cálido brindis. Las calles comenzaron a colorearse con los primeros rayos de sol. Las pirámides de Egipto seguían estando lejos y cargadas de arena. Las llaves seguían perdiendo el juego con las puertas viejas y Faustus ya no era más un Doctor y Leopold tampoco era un hombre ni un nombre real.
Pronto vino la nieve siempre húmeda y blanca para cubrir sus cuerpos – casi derretidos – en el andén. Al otro lado de la calle, un público menos cuerdo los observaba:

— Hijo, ¿no te parece que ese par de vagabundos se ven como un par de pirámides de sal?

— No madre, a mi me parece que se ven como un par de puertas arrumadas, rotas y mojadas de tiempo.

— ¡Bah! ¿De dónde sacas eso? deja ya de inhalar esa basura, mira nada más como tienes las narices.

— Es nieve mamá.

— Son pirámides, pendejo.

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¡Pará!

matáte

Alguna vez salí con un argentino adicto a las drogas, al alcohol, a las groserías y a las tildes mal puestas.
Acá su última carta de amor:

¿Una carta a mano y por correo certificado? ¿qué loco verdad?
Pues es para que te hagás una idea de lo friki que puedo ser cuando me lo propongo ¿sabes? No porque me las esté tirando de intelectual o romántico, no, es solo porque me tenés hasta el forro con esos tweets de mierda, que cada nada siento que son para mi y luego me enfermo, vigilo tus fotos, los pasos que vas dejando en la nube de mierdecita que es internet y tus putas redes sociales, guarra. Estoy escribiendo esto a puño y letra para que veas el odio que se expande como tinta en el papel, ese mismo que a veces se corre cuando lo toco con los dedos pero que al final permanece allí intacto, tatuado, inmóvil.

Disculpá por otra parte las tildes mal puestas. Sé que odias los errores de ortografía y todas esas pavadas que te hacen sentir inteligente, pero quiero que ésta vez las comas y hasta los putazos mal garabateados te ayuden a escuchar mi voz en tu cabeza mientras lo lees; sabes, como uno de esos personajes de los cortos jonki que mirabas extasiada o como si estuvieras aquí en frente y estuviera yo escupiéndote ira en cada palabra.

Sabés que soy un argetino – bogotanizado, hasta fuiste vos quien salió con el apodito aquel que me gustaba tanto. Sabés que acá no tengo nada, que todo lo que me rodea son meros retazos de lo que alguna vez quisimos cuidar con tanto esmero. Sabés que caí bajo, que toqué fondo pero salí a flote, como la mierda en el agua, pero a flote al fin. Ya nada de lo que compartimos sabe tan dulce pero ya nada de lo que quiero crear en adelante se siente tan amargo y eso me trae un poco de calma ¿sabes? y aunque esta ciudad me siga pareciendo fría, sucia y hostil – casi como vos- no pienso volver a -los- no -tan -Buenos Aires. (es un dato más por si querés publicarlo en tu estado de Facebook, pelotuda).

Por eso Silva, ¡andáte con tus amigas, que son todas unas putas! andáte con Maria Alejandra y decíle que te enseñe a hacer un buen pete que eso es lo mejor – quizás lo único bueno – que puede hacer con su asquienta vida. Andáte con Juancho, ese forro facho de mierda que siempre te miraba las tetas y al que no podías dejar de contestarle un jodido mensaje en Whatsapp.
Salí, reí con otros, hacéte la de los mil amigos que ese papelón te queda fenómeno, pero a mi no me jodas más. Andate con tu mierda, andate con tu caos, cerrá los ojos y deja de buscarme, moríte. Olvídate de mi que yo ya estoy en ese plan.

Ahora, si te sentís muy Bovary ahí te dejo en la portería dos sobres perfectamente sellados, aspirátelos si querés.
Es que si no podés con esto Silvana mátate, ¡mátate de una buena vez, coño!

Con amor y profunda ira,
Roberto.

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Matar y comer del muerto

Arnaud Jarsaillon and Rémy Poncet.

Arnaud Jarsaillon and Rémy Poncet.

Capítulo I

— A veces y solo a veces quisiera apoderarme de la más estruendosa de las motosierras y descuartizarte en mi cama. Colocar cada parte tuya en un jarrón lleno de especias y pimienta para luego sentarme a disfrutar cada trozo de ese cadáver exquisito, ese que traes escondido debajo de esa piel trigueña.
¡Es que eres preciosa Ana! y no puedo dejar de mirarte esos ojos sin antes imaginar la forma más educada de chuparlos o sumergirlos en un martini.

—Hablar sale barato Kevin, y mentir aún más. Di que me quieres follar y que es en lo único que piensas mientras te hablo. Conmigo ahórrate la literatura que yo ya entendí que lo que quieres es destrozar es mi ropa interior y desaparecer.

— No es literatura Ana, no seas tonta.

Kevin sacó la motosierra que tenía en el armario y esa noche -solo por esa noche- quedó intacta la ropa interior de Ana sobre la cama.

Capítulo II

Danilo había prometido no matar a su perro aún si tuviera que pasar varias semanas sin comer. Era imposible pensar en hacerle daño a ese peludo de ojos tristes que batía la cola hasta cuando se creían perdidos.

Pero fue una tarde cualquiera cuando comenzó a escuchar las voces. ¡Ay las voces!
Parecían salidas de una emisora que apenas agarra el radio viejo de una choza en la Guajira. Con un montón de interferencia y luces de sonido que se sienten claras por momentos. Algunas decían que necesitaba derramar sangre, otras eran puros juegos de palabras para elevar el hambre. Tenía visiones donde el pobre perro lucía gordo y carnudito cuando en la vida real se veía más famélico que el mismísimo Danilo.

— ¡Anda cómetelo y prepárate un chaleco bien chulo con el cuero!
— ¡No te amargues Dani, los perritos también van al cielo!

Voces que gritaban detrás de los ojos, que podía sentir como hormigas en la cabeza y que finalmente lo llevaron a cerrar los ojos, a respirar profundo, a quebrar el cuello de Armandito (así llamaban al canchoso) a atravesarlo con un palo y a esperar paciente mientras el calor de la hoguera ayudaba a calmar esa mezcla entre dolor, hambre e interferencia.

Capítulo III

Chucho era el encargado de velar por la seguridad del edificio de oficinas donde trabajaba entonces Moori Koenig. Por aquellos días corría el rumor de que el cadáver de Evita permanecía en su oficina, rumor que Chucho no solo pudo confirmar sino que además decidió aprovechar con gusto y buen disimulo.

Cada noche, después de la primera ronda y luego de recibir el turno de mano de Jorge “el lolo” Luján, Chucho invadía la oficina secreta de Koenig para charlar con el cuerpo pálido que permanecía erguido al lado de la ventana principal. Pasaba horas observando cada detalle, hablándole y tocando el cristal levemente para no dejar huellas ni despertar a quien luego llamara ‘mi bella durmiente’.
Pronto el cristal fue opcional y las caricias se hicieron más profundas. Los besos aunque fríos sabían al más allá y Chucho sentía que tocaba el paraíso a dos manos cada noche, sin que Moori ni nadie en toda la Argentina se diera por enterado.

— “Parecía tan real que sentí que no estaba haciendo las cosas mal, señor agente.”
fueron sus primeras declaraciones luego de estallar el escándalo.

***

 “Chucho y Evita mantuvieron una relación de amor, sexo y confesiones en una oficina de Buenos Aires”
rezaban las publicaciones bizarre del diario Recoleta.

***

 “Amar después de la muerte es para zombis”

sería el título de la novela zombie el escritor Damian Juarez, donde rozaban fragmentos de ficción con fría realidad, y donde Chucho no era Chucho sino una versión zombi de Churchill y Evita era una diva de la santería condenada a permanecer en un féretro inmaculado.

***

Cosas extrañas se vieron entonces y Chucho fue el que más sufrió con todo esto. Cuentan que desde la cárcel y antes de su muerte escribió una carta con su confesión. Cuentan que la tal carta se parecía más a un poema o a una canción que a una carta de piedad. Chucho insistía que él era solo un hombre en frente de una hermosa mujer que decidió amar en el silencio cada noche, mientras todos dormían en Buenos Aires.

En el fondo – muy en el fondo y sin decirle a nadie-  todos comprendían las razones de Chucho, pues Evita encarnaba la mujer perfecta: inquietantemente serena, retraída y callada.

 

 

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I feel love

Cuenta la leyenda disco que en pleno verano del ’77 el genio Giorgio Moroder se fue de juerga con la entonces poco conocida Adrian Gaines. Cuentan que antes de llegar el amanecer ya estaban tan enredados que parecían uno y que el éxtasis había hecho de sus cuerpos un manojo de amor y sudor ácido.
Cuentan las malas lenguas que les entró la locura después de un pase y se fueron solos al estudio de Moroder en el Down Town. Abrieron la puerta a medias y entre carcajadas ahogadas se quitaron la ropa. La Donna comenzó a contonear sus gloriosas caderas mientras Giorgio desenvainaba un par de pastillas sobre los decks.

Dicen los que tienen mala memoria que aquella noche La Donna intentó describir en una canción lo que el X le hacía a su cuerpo, mientras Moroder daba forma al sonido del futuro con beats lujuriosos que invitan al baile. Gotas de sudor caliente recorren su espalda morena – I feel loooove – salpican los decks, humedecen sus gluteos, las manos, el pelo y I feel loved. Sube el volumen, aumentan los bits, pupilas dilatadas, I feel love, this is love. Se encienden a besos, caricias apretadas friccionan, se apaga el micrófono, I feel love, todo es de colores… I feel love.

Cuentan que allí nació la época dorada de la música disco y su entrañable conexión con las drogas duras. Dicen que aquel verano neoyorquino le cambió la vida para siempre a la Summer y volvió mago al entonces poco conocido Giorgio Moroder. Dicen que I feel love es el himno del X y que el X es la droga del amor; dicen también que la música disco es al amor lo que la droga es a la música, y que bien mezclados son la bomba atómica en las venas.

Música disco para sentirse amado y pastillas de amor para llegar al éxtasis.

Now I feel loved. Can you feel it too?

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Natalie

En una larga fila del baño de un bar conocí a Natalie. Sus botas se encontraron con las mías y al cabo de unas horas estábamos sentados en la última mesa del antro besándonos y tocándonos como maniáticos. Dos semanas después estaría yo sentado en su sofá hojeando el álbum de fotos que guarda bajo la mesa de té.
Mirándola de lejos con desgano espero la cena. La espío con el rabillo del ojo mientras le pone crema a la sopa, probando aquí y allá, cortando el jengibre mientras tararea timeeee is on my side de los Stones.

Vuelvo al álbum y una fotografía (de las casi 500 que hay allí) capta mi atención. En blanco y negro y con una esquina roída veo a un hombre lánguido y ojeroso cargar a una pequeña de apenas meses de vida. Asumo por el brillo de los ojos que es Natalie y por la mirada enternecedora del hombre que la sostiene deduzco que es su padre. Avanzo un par de páginas más y encuentro un retrato, esta vez de frente, del mismo hombre con una pequeña inscripción a puño y letra donde se puede leer “Ceremony ’53“. Levanto la vista para buscar algún rasgo de ese anónimo en el rostro de Natalie y me encuentro una inquietante pista escondida en la mirada, esa que en ella luce tan fresca y en él tan atormentada.

Ahora suena el intro alegre de The passenger, Natalie suelta de un brinco los espárragos sobre el sartén humeante y comienza a bailar frenéticamente en la cocina.

La miro a ella, vuelvo a la foto, luego a la inscripción, pienso en voz alta she’s lost control. Vuelvo a la foto, vuelvo a su baile y entre estruendosos la la las paso la página y encuentro el manuscrito que arranca con un: radio, live transmission acompañado de una nueva fotografía de cuatro hombres que no miran a la cámara.

Vuelvo a Natalie, no deja de bailar y gritar.

Vuelvo a la foto y comienzo a sentir ecos en mi cabeza.

De repente, y como si se tratara de una broma que ya no tiene sentido, escucho los primeros acordes de Love Will Tear Us Apart. Natalie se detiene en medio de la cocina y me mira friamente al descubrir que estoy husmeando fotos.

De un solo golpe apaga la radio, viene hacia mi, me da un beso y arranca el álbum de mis manos.
Mientras la beso con los ojos entrecerrados en mi mente todo se completa como un rompecabezas.

Ahora sé quien es Natalie, ahora sé quien es el misterioso y taciturno hombre de las fotos.
Ahora siento que no quiero salir de aquí. No ahora. No por ahora.

* Dedicado a la memoria del gran Ian Curtis en el aniversario 34 de su muerte.
18 mayo 1980

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2014

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Fin.

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Club de lectura Delirios

Instagram/missdelirios

Ya todo está listo para la primera sesión del club de lectura Delirios.

Gregorio y yo los esperamos mañana a las 7 PM para compartir de un rato lleno de libros, café y delirios.

Confirma tu asistencia escribiéndome a katalina.aldana@gmail.com

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