Archivo de la categoría: Cuentos

Carta para alguien que no lee nunca

sofia

Ilustración: Sofía Gil (@sofia_sologico)

Ella era la ciega del pueblo, todos la compadecían por ciega pero yo la compadecía por loca. Parecía que esa discapacidad visual era más importante para todos que obviar el hecho que la pobre nadaba en delirios inconfesables. Todos se preocupaban – o al menos eso hacían creer – por ayudarle a cruzar la calle, a esquivar los niños que pasaban riendo en sus patinetas y hasta había algunos que se ofrecían a darle de a cucharadas el caldo que el buen vecino carnicero le ofrecía sin falta cada mañana.

Estaba yo siempre en el barrio observándola de  lejos, como si quisiera pensar que todo lo que veía en ella pasaba en una película, creo que para no involucrarme, para no contagiarme de esa lástima infundada que todos sentían por alguien que no solo no podía ver lo que pasaba a su alrededor, sino que la realidad alterada que la perseguía le-nos complicaba aún más las cosas.

De las cosas que más recuerdo de ella era la forma tan hermosa que entonaba las canciones de Olimpo Cárdenas; una cadencia y una tristeza especial acompañaban sus notas que hasta hacía pensar que solo estaba loca y que Dios le había compensado la ceguera con tremendo vozarrón. Yo sabía que eran las canciones de ese tal Olimpo porque mi abuelita, -quien también disfrutaba observarla con recelo desde el balcón de la casa- me decía: – Temeridad es la canción que esa ciega le canta a un amor viejo, esa misma me la cantaba tu abuelo días antes de largarse para el demonio – .

Había semanas donde no la veía y pensaba que estaría muerta, con moscas dentro de la boca y los ojos con una capa azulada que haría gritar a la primera persona que descubriera su cuerpo en descomposición. Luego me daba cuenta que la ciega había sido yo porque la veía salir de su rincón mugriento a pedir ayuda, a cantar y a beber caldo como una pequeña rata, solitaria, triste, sucia.

Otro día me dieron ganas de acercarme, de hablar con ella, de saber qué era lo que pasaba en la cabeza de alguien ciego y loco, pero luego me arrepentía porque en el fondo – no tan en el fondo, ¿eh?- la compasión no se me daba naturalmente.
Entonces seguí pensando y me entraron unas ganas incontrolables de escribirle una carta en braille contándole de las múltiples veces que pasé por su lado montada en mi bicicleta y no le ayudé a levantar el pedazo de pan que se le caía de entre los dientes, de las veces que la miré con asco y de las tardes en que tuve que usar mis audífonos viejos para no tener que escucharla quejarse cantando por algo que no iba a volver jamás. Quería que dejara de hacer que mi abuela se sintiera triste y que todos los del barrio pensaran que debían tenerle lástima por su condición de ciega; que era su condición de loca – eso y nada más- lo que nos estaba matando a todos. Me dejé llevar por una ira tan profunda que volví a pensar en moscas y en cuerpos descompuestos con ojos podridos con capas azules.

Decidí salir a caminar.

…. y entonces, ahí estaba yo a los 10 años, con los pantalones rotos, con un lápiz de punta nueva, en medio de un andén sucio escribiendo una carta para alguien que no lee nunca, con los ojos nublados y encharcados. Como alguien que está a punto de quedarse ciego o al borde de un delirio inconfesable. Como alguien que intenta hacer braille con un lápiz de punta nueva sobre un papel que nadie encuentra nunca.

 

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Sufro mucho al saber que no te has muerto

Los miércoles salíamos a bailar salsa como un par de zombis. Nos gustaba ir a un antro cerca de la Caracas porque estaba lleno de hippies y extranjeras tan guapas como drogadictas. Allí conocí a Nella y allí seguí viéndola durante 20 miércoles seguidos, ni uno más ni uno menos.

Nella era una sueca que sabía chuparlo bien pero bailaba más una mesita de noche y a mi no me importaba porque sabía chuparlo bien. Le enseñé a decir hijueputa con acento rolo, y gracias a eso los taxistas ya no le sacaban plata de más en las carreras.

Nella partió hacia Ucrania casualmente un miércoles, yo preparé un cassette con los mejores hits de la Fania y el Gran Combo para entregárselo en su despedida. Quién sabe dónde iría a escuchar aquel cassette esa peliroja pero me pareció divertido el regalo tan old school. Cuando se lo entregué sonrió y me agradeció con un ¡uy marica, qué chimba! que le sonó más bogotano que a mi.

Un día, luego de meses de no tener noticias suyas recibí una postal desde Kiev con una moneda y una foto de Nella. Esa misma tarde publiqué una nota anónima en el periódico que era de todo corazón para ella, aunque supiera de antemano que jamás la vería…

"Sufro mucho al saber que no te has muerto."
Diego.

sufromucho

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Más pegao’ que garrapata en los Llanos

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Estaba joven, esbelto, acuerpao’ como diría mi abuelo, quizás un poco pálido porque en la capital uno no puede ganar color, pero aguantaba y me sentía todo un galán, por eso quizás los viajes al Llano a la finca de la tía Concepción me gustaban tanto, porque estaban llenos de atardeceres calurosos, cerveza fría, primas en tanga y yo todo pegachento untado en bronceador, ardiendo por dentro y por fuera.

Era Semana Santa y hacía ya un par de años que no veía a Ceci, mi prima la más guapa. Ceci tenía unas tetas divinas y un bronceado que no sabía de dónde sacaba pues vivía en Tunja, un moridero más frío que Bogotá. Ella era gordita, jamoncita como diría mi abuelo, troza como le decían las primas flacuchas. Pero era divina y a mi me encantaban esos huequitos que se le hacían en los cachetes cuando se reía. Yo le tenía unas ganas tremendas a Ceci, le decía “sexy” de cariño y ella me contestaba con un apagado de ojos bien particular. Ceci me decía “garrapata” porque andaba metido de cabeza donde no me llamaban.

Llegó ligero y caliente, muy caliente aquel Viernes Santo y yo estaba en la cocina buscando algo frío para tomar cuando entró Ceci – toda sexy ella- en su vestido de baño húmedo agarrándose el pelo a dos manos.
— Páseme una Pepsi primo, dijo sin mirarme y yo sin dejar de mirarla respondí:— Hey sexy, dame un besito, déjame acariciarte aquí al escondido, sin que nadie nos vea.

Nunca imaginé lo que vino después, yo con una mano en la entre pierna húmeda de Ceci y ella montada, con las piernas de par en par sobre la heladera que escurría agua y sudor. Nos besamos y ella me dejó tocarla sin control, se veía que lo disfrutaba. Recuerdo que esos huequitos de los cachetes se le veían tan mojados como rojizos a medida que las caricias subían de tono. Pasó poco tiempo hasta que comenzó a gemir y a mi me entró un miedo de pensar que alguien nos podía ver, (La tía Concepción, el abuelo Toño, alguna de las primas flacuchas o alguno de los perros infestados con garrapatas de la finca) entonces la agarré fuerte y la volteé de un solo tacazo, se la hundí sin pensarlo dos veces mientras con una mano le tapaba la boca y con la otra le acariciaba las tetas.

Fue delicioso, me sudan las manos ahora que lo escribo. Lo que no fue tan bonito fue lo que vino después, ya que la maldición del Viernes Santo, de la que tanto hablaba el abuelo Toño, nos cayó encima. Una vez nos vinimos no pudimos despegarnos, una extraña tensión casi magnética nos mantenía juntos, anclados, enganchados, apretados. Nos metimos detrás de una pequeña cortina que ocultaba unas cajas viejas e intentamos liberar la inflamación derramando la Pepsi fría sobre nosotros. Chorros helados negros y aguados bajaban por su espalda mojándole las nalgas y haciendo que a mi se me pusiera aún más duro. No sé cuanto tiempo pasó pero lo mejor de la historia es que nadie nos pilló. Ella decía que parecíamos los perros pegados de la cuadra de su barrio, que eso nos pasaba por arrechos, por andar tirando un Viernes Santo; yo le decía que esa boquita era la que nos había castigado porque yo estaba pegado a ella como una garrapata, engarzao’ como diría mi abuelo, con la cabeza adentro y sin ganas de abandonar ese centro caliente, sexy y hermoso como uno de los tantos atardeceres que vimos juntos en los Llanos.

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¡Pará!

matáte

Alguna vez salí con un argentino adicto a las drogas, al alcohol, a las groserías y a las tildes mal puestas.
Acá su última carta de amor:

¿Una carta a mano y por correo certificado? ¿qué loco verdad?
Pues es para que te hagás una idea de lo friki que puedo ser cuando me lo propongo ¿sabes? No porque me las esté tirando de intelectual o romántico, no, es solo porque me tenés hasta el forro con esos tweets de mierda, que cada nada siento que son para mi y luego me enfermo, vigilo tus fotos, los pasos que vas dejando en la nube de mierdecita que es internet y tus putas redes sociales, guarra. Estoy escribiendo esto a puño y letra para que veas el odio que se expande como tinta en el papel, ese mismo que a veces se corre cuando lo toco con los dedos pero que al final permanece allí intacto, tatuado, inmóvil.

Disculpá por otra parte las tildes mal puestas. Sé que odias los errores de ortografía y todas esas pavadas que te hacen sentir inteligente, pero quiero que ésta vez las comas y hasta los putazos mal garabateados te ayuden a escuchar mi voz en tu cabeza mientras lo lees; sabes, como uno de esos personajes de los cortos jonki que mirabas extasiada o como si estuvieras aquí en frente y estuviera yo escupiéndote ira en cada palabra.

Sabés que soy un argetino – bogotanizado, hasta fuiste vos quien salió con el apodito aquel que me gustaba tanto. Sabés que acá no tengo nada, que todo lo que me rodea son meros retazos de lo que alguna vez quisimos cuidar con tanto esmero. Sabés que caí bajo, que toqué fondo pero salí a flote, como la mierda en el agua, pero a flote al fin. Ya nada de lo que compartimos sabe tan dulce pero ya nada de lo que quiero crear en adelante se siente tan amargo y eso me trae un poco de calma ¿sabes? y aunque esta ciudad me siga pareciendo fría, sucia y hostil – casi como vos- no pienso volver a -los- no -tan -Buenos Aires. (es un dato más por si querés publicarlo en tu estado de Facebook, pelotuda).

Por eso Silva, ¡andáte con tus amigas, que son todas unas putas! andáte con Maria Alejandra y decíle que te enseñe a hacer un buen pete que eso es lo mejor – quizás lo único bueno – que puede hacer con su asquienta vida. Andáte con Juancho, ese forro facho de mierda que siempre te miraba las tetas y al que no podías dejar de contestarle un jodido mensaje en Whatsapp.
Salí, reí con otros, hacéte la de los mil amigos que ese papelón te queda fenómeno, pero a mi no me jodas más. Andate con tu mierda, andate con tu caos, cerrá los ojos y deja de buscarme, moríte. Olvídate de mi que yo ya estoy en ese plan.

Ahora, si te sentís muy Bovary ahí te dejo en la portería dos sobres perfectamente sellados, aspirátelos si querés.
Es que si no podés con esto Silvana mátate, ¡mátate de una buena vez, coño!

Con amor y profunda ira,
Roberto.

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Matar y comer del muerto

Arnaud Jarsaillon and Rémy Poncet.

Arnaud Jarsaillon and Rémy Poncet.

Capítulo I

— A veces y solo a veces quisiera apoderarme de la más estruendosa de las motosierras y descuartizarte en mi cama. Colocar cada parte tuya en un jarrón lleno de especias y pimienta para luego sentarme a disfrutar cada trozo de ese cadáver exquisito, ese que traes escondido debajo de esa piel trigueña.
¡Es que eres preciosa Ana! y no puedo dejar de mirarte esos ojos sin antes imaginar la forma más educada de chuparlos o sumergirlos en un martini.

—Hablar sale barato Kevin, y mentir aún más. Di que me quieres follar y que es en lo único que piensas mientras te hablo. Conmigo ahórrate la literatura que yo ya entendí que lo que quieres es destrozar es mi ropa interior y desaparecer.

— No es literatura Ana, no seas tonta.

Kevin sacó la motosierra que tenía en el armario y esa noche -solo por esa noche- quedó intacta la ropa interior de Ana sobre la cama.

Capítulo II

Danilo había prometido no matar a su perro aún si tuviera que pasar varias semanas sin comer. Era imposible pensar en hacerle daño a ese peludo de ojos tristes que batía la cola hasta cuando se creían perdidos.

Pero fue una tarde cualquiera cuando comenzó a escuchar las voces. ¡Ay las voces!
Parecían salidas de una emisora que apenas agarra el radio viejo de una choza en la Guajira. Con un montón de interferencia y luces de sonido que se sienten claras por momentos. Algunas decían que necesitaba derramar sangre, otras eran puros juegos de palabras para elevar el hambre. Tenía visiones donde el pobre perro lucía gordo y carnudito cuando en la vida real se veía más famélico que el mismísimo Danilo.

— ¡Anda cómetelo y prepárate un chaleco bien chulo con el cuero!
— ¡No te amargues Dani, los perritos también van al cielo!

Voces que gritaban detrás de los ojos, que podía sentir como hormigas en la cabeza y que finalmente lo llevaron a cerrar los ojos, a respirar profundo, a quebrar el cuello de Armandito (así llamaban al canchoso) a atravesarlo con un palo y a esperar paciente mientras el calor de la hoguera ayudaba a calmar esa mezcla entre dolor, hambre e interferencia.

Capítulo III

Chucho era el encargado de velar por la seguridad del edificio de oficinas donde trabajaba entonces Moori Koenig. Por aquellos días corría el rumor de que el cadáver de Evita permanecía en su oficina, rumor que Chucho no solo pudo confirmar sino que además decidió aprovechar con gusto y buen disimulo.

Cada noche, después de la primera ronda y luego de recibir el turno de mano de Jorge “el lolo” Luján, Chucho invadía la oficina secreta de Koenig para charlar con el cuerpo pálido que permanecía erguido al lado de la ventana principal. Pasaba horas observando cada detalle, hablándole y tocando el cristal levemente para no dejar huellas ni despertar a quien luego llamara ‘mi bella durmiente’.
Pronto el cristal fue opcional y las caricias se hicieron más profundas. Los besos aunque fríos sabían al más allá y Chucho sentía que tocaba el paraíso a dos manos cada noche, sin que Moori ni nadie en toda la Argentina se diera por enterado.

— “Parecía tan real que sentí que no estaba haciendo las cosas mal, señor agente.”
fueron sus primeras declaraciones luego de estallar el escándalo.

***

 “Chucho y Evita mantuvieron una relación de amor, sexo y confesiones en una oficina de Buenos Aires”
rezaban las publicaciones bizarre del diario Recoleta.

***

 “Amar después de la muerte es para zombis”

sería el título de la novela zombie el escritor Damian Juarez, donde rozaban fragmentos de ficción con fría realidad, y donde Chucho no era Chucho sino una versión zombi de Churchill y Evita era una diva de la santería condenada a permanecer en un féretro inmaculado.

***

Cosas extrañas se vieron entonces y Chucho fue el que más sufrió con todo esto. Cuentan que desde la cárcel y antes de su muerte escribió una carta con su confesión. Cuentan que la tal carta se parecía más a un poema o a una canción que a una carta de piedad. Chucho insistía que él era solo un hombre en frente de una hermosa mujer que decidió amar en el silencio cada noche, mientras todos dormían en Buenos Aires.

En el fondo – muy en el fondo y sin decirle a nadie-  todos comprendían las razones de Chucho, pues Evita encarnaba la mujer perfecta: inquietantemente serena, retraída y callada.

 

 

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Rodri me cambió por una más guapa

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— Creí haberte dicho que al final todo esto no tenia nada que ver contigo…

— Lo mencionaste pero al final nunca lo entendí, Rodri. Pasé muchas noches preguntándome qué había hecho mal pero luego, el día aquel de la fiesta donde yo te vi y luego tu me viste y luego los vi y eso, entonces todo comenzó a aclararse. Te veías feliz y yo, bueno yo morí un poco esa noche pero de algo sirvió…

— Ni lo menciones

— Tenía que escupirlo

— Tu también te veías feliz, Cris.

— Soy feliz.

— Solo no lo lleves a desayunar donde desayunábamos juntos. Es lo único que te pido Cristina.

— Solo deja de bailar con los ojos cerrados Rodrigo, te ves realmente ridículo.

Fin.

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Hilo a tierra

Memorias -  @kataldana

Memorias – @kataldana

Mariela sufría de una extraña condición que la mantenía en las nubes. No podía concentrarse en una tarea específica porque siempre el más mínimo detalle la distraía y la elevaba hacia otros lugares cargados de pensamientos difusos. Cada pequeña tarea se convertía en toda una hazaña, hasta el acto más simple como amarrarse los zapatos en las mañanas terminaba siendo el proceso más largo de todo el día.
Como no podía conseguir ningún trabajo estable se dedicó a escuchar conversaciones ajenas y a anotarlas en su pequeño cuaderno, pues era parte de un ejercicio que su psicóloga le había recomendado para que pudiera estructurar los pensamientos y acciones simples del día. En las noches trataba de recapitular cada historia pero pasados un par de segundos se perdía de nuevo mirando las motas que flotaban en el aire o enroscando uno de sus cordones sueltos.

Una mañana Mariela se tropezó en las escaleras del edificio donde vivía con su vecino Domingo, un anciano bonachón que le saludaba por nombre y apellido:

— Buenos días Mariela Díaz

— Buenos días

— Estaba pensando, si podría usted ayudarme a escribir mis memorias, estoy viejo y algo cegatón y necesito alguien que quiera escucharme, escribir y recibir un jugoso pago por ello.

Mariela se tomó un par de segundos y antes de distraerse con el sonido de los carros que se podían oír al fondo del pasillo asintió y se dirigió al interior del apartamento del viejo.

Desde ese día y durante varios meses ambos tenían una cita formal de trabajo que iniciaba a las nueve de la mañana y finalizaba a las cinco de la tarde todos los días, incluidos los fines de semana.
Domingo comenzaba con un café cargado y se sentaba en su silla mecedora a narrar anécdotas mientras Mariela, juiciosamente, anotaba todo lo que salía de los ajados labios del anciano. Por alguna extraña razón esta tarea le venía bien a Mariela y durante las horas que se sentaba a escribir no se distraía tan fácilmente. Ante cualquier signo de elevación siempre había una palabra, un sonido o un gesto de Domingo que la hacía volver a sus labores, algo que hasta el momento nunca le había pasado con nada ni nadie.

Un día, en una de las citas de rutina con la psicóloga ésta le habló acerca de su notable avance y le preguntó si estaba haciendo algo diferente para mejorar, pues su evolución había sido muy positiva en últimas visitas, a lo que ella contestó con una risa algo irónica y agregó que había conseguido un trabajo que la mantenía ocupada de “domingo a Domingo”, que era una tarea que la hacía feliz y nada más. Ese mismo día suspendieron las consultas y Mariela sintió, después de mucho tiempo, que estaba curándose de eso que la hacía tan diferente y a la vez tan especial.

Como todo no podía ser bonito ni especial porque la vida es cochina e injusta llegó el día en que Mariela tocó dos, tres y cuatro veces a la puerta del apartamento de Domingo y nadie abrió. Con algo de esfuerzo introdujo la tarjeta del subte en el marco de la puerta y ésta se abrió de par en par. Al fondo vio a Domingo en su mecedora, parecía dormido pero ella sabía que estaba ya del otro lado.
Al lado del café, que ya estaba frío como las manos del anciano, encontró un sobre con su nombre.

***

Querida Mariela Díaz,

Han sido unos días maravillosos a tu lado, creo que no me equivoqué al elegirte para escribir las memorias que temo quedarán inconclusas porque no me he sentido nada bien. Algo me hala por dentro y creo que es la muerte la que me llama para que la acompañe del otro lado.
Quiero que sepas que desde que te conocí supe que eras diferente, no por esos preciosos ojos chinos que se arrugan cuando ríes tímidamente sino porque sufres de algo de lo que yo no logré escapar hasta que cumplí los 30 y que por cosas de la vida -o la muerte- no podré incluir en mis memorias pero si en esta carta.
Sé que te cuesta concentrarte, que te pierdes fácilmente con las pequeñeces. Algunos dirán que es una condición extraña, más bien rara y otros, como yo, te dirán que es una magnífica cualidad que te permite estar en diferentes mundos y en uno solo a la vez. Que a diferencia del resto puedes hacer de tu mente una casa con muchas ventanas y que por todas sales tu pero nadie entra jamás.

¿Acaso te sientes culpable de las conversaciones silenciosas que te han acompañado hasta aquí? mira nada más en lo que hemos convertido nuestros días, en horas de charlas cortas y silencios prolongados. En hojas llenas de tinta y recuerdos, en momentos de mágica dispersión. Sé que en un mundo en el que vivimos ser el bicho raro no es fácil y que no todos los días vas a encontrar a un viejo como yo, que te entregue en las manos una tarea que mantenga tu mente inquieta en un estado natural de pasividad y coherencia como hasta ahora. Por eso dejo en este sobre la única fórmula que me ayudó a superar mis estados de distracción crónica y espero que te sirvan de aquí hasta el final de tu vida.
¡De esto no escapas, solo aprendes a usarlo a tu favor!

Posdata: Recuerda que el cerebro se mueve como un gran telar y que cada recuerdo es una escena del paisaje hilado que queda amarrado y  fuertemente enhebrado al corazón. Por lo tanto querida amiga, no sueltes la aguja y nunca dejes de tejer.

Con afecto,
Domingo.

***

Desde aquella mañana y hasta el día de hoy Mariela carga siempre en el bolsillo una aguja enhebrada a su dedo índice y cada vez que le preguntan qué significado tiene, ella responde orgullosa:

— Es para no perder el hilo de las conversaciones. Es todo.

FIN.

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La coreana

La coreana – @kataldana

— ¡Una coreana maluca y maleducada!

dijo mi mamá haciendo un gesto de asco con la boca mientras cerraba con fuerza la puerta del apartamento.

— Ni saluda, ni se ríe, ni da la cara, es rara, muy rara esa vieja…

decía guardando el monedero y las llaves en ese bolsillo enorme de sus pantalones de domingo.

Salimos juntas a la calle y mientras caminábamos clavé la mirada en la ventana del apartamento de la coreana y alcancé a ver una máquina de coser y unas cortinas viejas que dejaban pasar las luces de un televisor encendido. Pensé que esa noche la muy maleducada prepararía unos espaguetis repletos de caracoles que devoraría en compañía de sus canarios. Chasquearía y escupiría trozos de salsa y ensalada sobre la alfombra, colocaría sin vergüenza los codos sobre la mesa, que eructaría sin piedad y con algo de gracia sacaría su tibio rostro por la ventana y comenzaría a fumar de una forma vulgar, succionando ese cigarrillo como una cualquiera; haría que todos en los balcones de enfrente le gritaran: —¡qué maleducada, aprenda a fumar! — y ella enseñándoles su dedo intermedio escaparía campante de la agresión.

— Esa gente de otros lados es como muy miedosa, como muy solitaria y eso no me gusta. No, no me da confianza— Continuaba alegando mi mamá asomando la boca por un lado de la bufanda donde apenas se alcanzaba a colar el viento que amenazaba con estrellarse en su cara.

Cuando terminamos de cruzar la avenida volví la mirada al apartamento de la coreana. Ahora podía verla a ella en una esquina de la ventana admirando un libro de grandes hojas. Imaginé por un instante que se trataba de un gran atlas donde iba marcando con stickers de colores los lugares que había visitado, que en realidad eran muy pocos. Solo dos, máximo tres.

Por un momento me pareció haber silenciado a propósito la voz de mi madre al fundirla con los motores y pitos de los autos. Estaba inundada de hipótesis e historias y pensé con cierta melancolía en aquella mujer completamente sola y triste, lejos de su casa, de su lengua y de ese amante que la cambió por una más joven y por el que había emprendido un viaje de huida hacia Latinoamérica. — Si, tal vez allá nadie quiera preguntarme nada y quizás yo no quiera decirles nada tampoco. Nada hay que perder cuando todo se ha desmoronado — diría mirándose en el reflejo de un espejo sucio en su pequeño departamento en los suburbios de Pionyang—

Estiré la mano, el taxi se detuvo y antes de abrir la puerta por completo para que mi madre pudiera subirse, la miré a los ojos y le dije con una sonrisa a medias:

— Má, a lo mejor no lo estás haciendo bien, debes inclinarte para saludarla, como haciendo una venia, es como tú le muestras cortesía y no quedas como una maleducada con su cultura. ¡Acá eres tu quien se la está cagando!

Nos miramos por un par de segundos, como admitiendo algo en secreto, y nos subimos apuradas al auto amarillo.

Tras un corto silencio volvimos a la conversación. Adentro la emisora del taxista costeño amenazaba con dejarnos parcialmente sordas y entonces volví a mirar – por tercera y última vez- hacia la ventana de la coreana y esta vez me pareció que era el tiempo el que iba rápido, muy rápido; y la brisa helada, y la ciudad inmóvil y las cortinas que cambiaban de color con los rayos de una tv encendida.

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El día de mi suerte

Héctor Lavoe

Soñé que Lavoe estaba vivo, que vivía en un cuchitril con olor a moho y alcohol dentro de un bar de salsa y mala muerte en Chapinero, en el antiguo y próspero Titicó.

Soñé además que caminaba por la carrera 13 entre afiches mugrientos y rotos que anunciaban el show de media noche del tipo. La entrada valía 8 mil pesos e incluía dos polas.

“Cantando sus grande éxitos: Mi Gente, Periódico de ayer y El Cantante”

Pensé, ¿por qué a la media noche si para esa hora el tipo ya debe estar pasado de merca? Raro.
¿Acaso aún podía mantenerse en pie en un escenario? Rarísimo.

De repente el sueño se puso funky, o más bien, muy Bogotano porque comenzó a llover torrencialmente, corría un viento helado que me dejaba ciega mientras la sucia trece comenzaba a tornarse de un color oscuro con cada gota que caía sobre el polvo del asfalto. Comencé a correr dentro del sueño y terminé en la entrada del Titicó. Tímidamente asomé la cabeza por ese pasillo oscuro, plagado de colillas de cigarrillos y en el fondo reconocí unas gafas grandes que colgaban de una figura delgada que parecía más una sombra sin forma que un ser humano.

— ¡Maestro! grité
y Lavoe se acercó a paso lento pero firme, como si quisiera mostrarme lucidez en la forma de caminar.

Lo abracé e hice una venia para mostrar respeto. Él solo me miró con desdén y me llamó Dayana.

Un diminuto rayo de luz que venía del letrero neón del bar se coló en sus gafas y pude reconocer mi cara de espanto en el reflejo.

Lavoe estaba viejo, demacrado, le faltaba pelo, dientes y sus ñatas estaban tan blancas como una dona.

— Maestro, si yo soy Dayana entonces usted debe ser el cantante, ¿o me equivoco?

— Eso dicen — contestó sin mover un solo dedo.

Al fondo del pasillo comenzaron a escucharse las primeras pruebas de sonido, las pistas salseras ochenteras que invitaban al dancing’.
Entramos al antro de sopetón, Lavoe se lanzó al escenario con una sorprendente energía; la gente entraba, salía, bailaba, jadeaba, rogaba.

Recuerdo que comencé a sudar y a mover los pies lentamente. Quería bailar, quería olvidar y dar vueltas sin moverme de la pista.  Faltaban quizás un par de segundos para el intro magistral de Héctor cuando sonó una ráfaga de disparos, que venían de no sé donde, y el cantante se desplomó fulminante en la tarima.

¡Escupió la herida! calló la orquesta, gritó el desespero, se encendió la alarma y entonces desperté.

Habría olvidado aquel sueño de no ser por la casualidad que siempre respira en la nuca— de la mañana siguiente cuando me sorprendió al oído la voz de Héctor — el inmortal— en la emisora de turno.

¡Esta vivo! pensé.
— Estás dormida — respondió la foto del periódico de ayer que aún sostenía entre las manos.

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Tostadas francesas


María Adelaida Cifuentes hacía las mejores tostadas francesas que jamás probé. Tal vez por eso aún la recuerdo mientras preparo el café y espero el horrendo desayuno que Helena prepara para mi cada mañana.

Yo quiero a Helena, la respeto, pero no puedo amar sus dotes en la cocina. Sus recetas son tan simples como su forma de caminar, sin vida, sin gracia.

Lo que me gusta de Helena es su forma de reír, o mejor, su manera de hacerme sentir que soy gracioso en un mundo tan hostil.

Muchos allá afuera – mientras yo saboreo mi café- pensarán en sus ex novias y rechinarán los dientes imaginando cómo otro la devora en la cama; yo en cambio me arranco el pelo pensando en el imbécil que ha de estar disfrutando, a esta misma hora, las crocantes, dulces y deliciosas tostadas de Adela.

Extraño a Adela y su forma de conquistar con la comida, esa manera extraña de tenerme siempre hambriento en la mesa y en la cama.

Se acerca entonces la mesa de desayuno en las manos de Helena con un cereal blando, un jugo de naranja ácido y una tostada quemada. Helena sonríe y yo finjo que me agrada. Vuelvo a pensar en Adelaida Cifuentes y casi puedo sentir en mi garganta el sirope que resbala desde mi boca entre arándanos y uvas negras en perfecta sinfonía.

– La leche está algo agria así que la arreglé con algo de azúcar, el jugo lo rendí con un poco de agua y el fogón estropeo la tostada, por lo demás está lleno de nutritivo amor, dijo.

– Yo te quiero Helena, pero no lo suficiente para comer esta porquería.

– ¿Qué?

– Que eres muy dulce, pero hoy no tengo hambre.

Tomé un último sorbo de café agarrando al tiempo mi chaqueta, besé su frente y salí corriendo de la casa.

Cuando estaba en la puerta busqué en mi celular el número de Adela, le llamé y le rogué una cita para desayunar, ella no se opuso.

Tardé algunos minutos en llegar y cuando me acercaba a la puerta de su apartamento el olor a chocolate, nueces y tocino al horno trajo a mi la historia de sabores que habíamos escrito cada mañana cuando aún estábamos juntos.

Timbré y al abrir la puerta descubrí que estaba sola, -¡inmaculadamente sola! –  aún en pijama y con esos ojitos inflamados del sueño.

Sin nada más que un tímido “Hola” nos sentamos juntos a desayunar, uno al lado del otro, como si hubiésemos amanecido abrazados en una misma cama destendida.
Devoré todo, recordé todo y llegué quizás a amarla un poco más que antes.
Nuestras manos se cruzaron levemente en el salero y sonreímos como un par de niños.

Luego lavé los platos (con mi lengua), le di un beso en la frente y antes de cerrar la puerta dije:

– ¿Mañana a la misma hora?

y ella respondió con un dulce y esperanzador:

– Te espero…

[Esta historia, ¿continuará?]

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