Archivos Mensuales: enero 2015

Matar y comer del muerto

Arnaud Jarsaillon and Rémy Poncet.

Arnaud Jarsaillon and Rémy Poncet.

Capítulo I

— A veces y solo a veces quisiera apoderarme de la más estruendosa de las motosierras y descuartizarte en mi cama. Colocar cada parte tuya en un jarrón lleno de especias y pimienta para luego sentarme a disfrutar cada trozo de ese cadáver exquisito, ese que traes escondido debajo de esa piel trigueña.
¡Es que eres preciosa Ana! y no puedo dejar de mirarte esos ojos sin antes imaginar la forma más educada de chuparlos o sumergirlos en un martini.

—Hablar sale barato Kevin, y mentir aún más. Di que me quieres follar y que es en lo único que piensas mientras te hablo. Conmigo ahórrate la literatura que yo ya entendí que lo que quieres es destrozar es mi ropa interior y desaparecer.

— No es literatura Ana, no seas tonta.

Kevin sacó la motosierra que tenía en el armario y esa noche -solo por esa noche- quedó intacta la ropa interior de Ana sobre la cama.

Capítulo II

Danilo había prometido no matar a su perro aún si tuviera que pasar varias semanas sin comer. Era imposible pensar en hacerle daño a ese peludo de ojos tristes que batía la cola hasta cuando se creían perdidos.

Pero fue una tarde cualquiera cuando comenzó a escuchar las voces. ¡Ay las voces!
Parecían salidas de una emisora que apenas agarra el radio viejo de una choza en la Guajira. Con un montón de interferencia y luces de sonido que se sienten claras por momentos. Algunas decían que necesitaba derramar sangre, otras eran puros juegos de palabras para elevar el hambre. Tenía visiones donde el pobre perro lucía gordo y carnudito cuando en la vida real se veía más famélico que el mismísimo Danilo.

— ¡Anda cómetelo y prepárate un chaleco bien chulo con el cuero!
— ¡No te amargues Dani, los perritos también van al cielo!

Voces que gritaban detrás de los ojos, que podía sentir como hormigas en la cabeza y que finalmente lo llevaron a cerrar los ojos, a respirar profundo, a quebrar el cuello de Armandito (así llamaban al canchoso) a atravesarlo con un palo y a esperar paciente mientras el calor de la hoguera ayudaba a calmar esa mezcla entre dolor, hambre e interferencia.

Capítulo III

Chucho era el encargado de velar por la seguridad del edificio de oficinas donde trabajaba entonces Moori Koenig. Por aquellos días corría el rumor de que el cadáver de Evita permanecía en su oficina, rumor que Chucho no solo pudo confirmar sino que además decidió aprovechar con gusto y buen disimulo.

Cada noche, después de la primera ronda y luego de recibir el turno de mano de Jorge “el lolo” Luján, Chucho invadía la oficina secreta de Koenig para charlar con el cuerpo pálido que permanecía erguido al lado de la ventana principal. Pasaba horas observando cada detalle, hablándole y tocando el cristal levemente para no dejar huellas ni despertar a quien luego llamara ‘mi bella durmiente’.
Pronto el cristal fue opcional y las caricias se hicieron más profundas. Los besos aunque fríos sabían al más allá y Chucho sentía que tocaba el paraíso a dos manos cada noche, sin que Moori ni nadie en toda la Argentina se diera por enterado.

— “Parecía tan real que sentí que no estaba haciendo las cosas mal, señor agente.”
fueron sus primeras declaraciones luego de estallar el escándalo.

***

 “Chucho y Evita mantuvieron una relación de amor, sexo y confesiones en una oficina de Buenos Aires”
rezaban las publicaciones bizarre del diario Recoleta.

***

 “Amar después de la muerte es para zombis”

sería el título de la novela zombie el escritor Damian Juarez, donde rozaban fragmentos de ficción con fría realidad, y donde Chucho no era Chucho sino una versión zombi de Churchill y Evita era una diva de la santería condenada a permanecer en un féretro inmaculado.

***

Cosas extrañas se vieron entonces y Chucho fue el que más sufrió con todo esto. Cuentan que desde la cárcel y antes de su muerte escribió una carta con su confesión. Cuentan que la tal carta se parecía más a un poema o a una canción que a una carta de piedad. Chucho insistía que él era solo un hombre en frente de una hermosa mujer que decidió amar en el silencio cada noche, mientras todos dormían en Buenos Aires.

En el fondo – muy en el fondo y sin decirle a nadie-  todos comprendían las razones de Chucho, pues Evita encarnaba la mujer perfecta: inquietantemente serena, retraída y callada.

 

 

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