Hilo a tierra

Memorias -  @kataldana
Memorias – @kataldana

Mariela sufría de una extraña condición que la mantenía en las nubes. No podía concentrarse en una tarea específica porque siempre el más mínimo detalle la distraía y la elevaba hacia otros lugares cargados de pensamientos difusos. Cada pequeña tarea se convertía en toda una hazaña, hasta el acto más simple como amarrarse los zapatos en las mañanas terminaba siendo el proceso más largo de todo el día.
Como no podía conseguir ningún trabajo estable se dedicó a escuchar conversaciones ajenas y a anotarlas en su pequeño cuaderno, pues era parte de un ejercicio que su psicóloga le había recomendado para que pudiera estructurar los pensamientos y acciones simples del día. En las noches trataba de recapitular cada historia pero pasados un par de segundos se perdía de nuevo mirando las motas que flotaban en el aire o enroscando uno de sus cordones sueltos.

Una mañana Mariela se tropezó en las escaleras del edificio donde vivía con su vecino Domingo, un anciano bonachón que le saludaba por nombre y apellido:

— Buenos días Mariela Díaz

— Buenos días

— Estaba pensando, si podría usted ayudarme a escribir mis memorias, estoy viejo y algo cegatón y necesito alguien que quiera escucharme, escribir y recibir un jugoso pago por ello.

Mariela se tomó un par de segundos y antes de distraerse con el sonido de los carros que se podían oír al fondo del pasillo asintió y se dirigió al interior del apartamento del viejo.

Desde ese día y durante varios meses ambos tenían una cita formal de trabajo que iniciaba a las nueve de la mañana y finalizaba a las cinco de la tarde todos los días, incluidos los fines de semana.
Domingo comenzaba con un café cargado y se sentaba en su silla mecedora a narrar anécdotas mientras Mariela, juiciosamente, anotaba todo lo que salía de los ajados labios del anciano. Por alguna extraña razón esta tarea le venía bien a Mariela y durante las horas que se sentaba a escribir no se distraía tan fácilmente. Ante cualquier signo de elevación siempre había una palabra, un sonido o un gesto de Domingo que la hacía volver a sus labores, algo que hasta el momento nunca le había pasado con nada ni nadie.

Un día, en una de las citas de rutina con la psicóloga ésta le habló acerca de su notable avance y le preguntó si estaba haciendo algo diferente para mejorar, pues su evolución había sido muy positiva en últimas visitas, a lo que ella contestó con una risa algo irónica y agregó que había conseguido un trabajo que la mantenía ocupada de “domingo a Domingo”, que era una tarea que la hacía feliz y nada más. Ese mismo día suspendieron las consultas y Mariela sintió, después de mucho tiempo, que estaba curándose de eso que la hacía tan diferente y a la vez tan especial.

Como todo no podía ser bonito ni especial porque la vida es cochina e injusta llegó el día en que Mariela tocó dos, tres y cuatro veces a la puerta del apartamento de Domingo y nadie abrió. Con algo de esfuerzo introdujo la tarjeta del subte en el marco de la puerta y ésta se abrió de par en par. Al fondo vio a Domingo en su mecedora, parecía dormido pero ella sabía que estaba ya del otro lado.
Al lado del café, que ya estaba frío como las manos del anciano, encontró un sobre con su nombre.

***

Querida Mariela Díaz,

Han sido unos días maravillosos a tu lado, creo que no me equivoqué al elegirte para escribir las memorias que temo quedarán inconclusas porque no me he sentido nada bien. Algo me hala por dentro y creo que es la muerte la que me llama para que la acompañe del otro lado.
Quiero que sepas que desde que te conocí supe que eras diferente, no por esos preciosos ojos chinos que se arrugan cuando ríes tímidamente sino porque sufres de algo de lo que yo no logré escapar hasta que cumplí los 30 y que por cosas de la vida -o la muerte- no podré incluir en mis memorias pero si en esta carta.
Sé que te cuesta concentrarte, que te pierdes fácilmente con las pequeñeces. Algunos dirán que es una condición extraña, más bien rara y otros, como yo, te dirán que es una magnífica cualidad que te permite estar en diferentes mundos y en uno solo a la vez. Que a diferencia del resto puedes hacer de tu mente una casa con muchas ventanas y que por todas sales tu pero nadie entra jamás.

¿Acaso te sientes culpable de las conversaciones silenciosas que te han acompañado hasta aquí? mira nada más en lo que hemos convertido nuestros días, en horas de charlas cortas y silencios prolongados. En hojas llenas de tinta y recuerdos, en momentos de mágica dispersión. Sé que en un mundo en el que vivimos ser el bicho raro no es fácil y que no todos los días vas a encontrar a un viejo como yo, que te entregue en las manos una tarea que mantenga tu mente inquieta en un estado natural de pasividad y coherencia como hasta ahora. Por eso dejo en este sobre la única fórmula que me ayudó a superar mis estados de distracción crónica y espero que te sirvan de aquí hasta el final de tu vida.
¡De esto no escapas, solo aprendes a usarlo a tu favor!

Posdata: Recuerda que el cerebro se mueve como un gran telar y que cada recuerdo es una escena del paisaje hilado que queda amarrado y  fuertemente enhebrado al corazón. Por lo tanto querida amiga, no sueltes la aguja y nunca dejes de tejer.

Con afecto,
Domingo.

***

Desde aquella mañana y hasta el día de hoy Mariela carga siempre en el bolsillo una aguja enhebrada a su dedo índice y cada vez que le preguntan qué significado tiene, ella responde orgullosa:

— Es para no perder el hilo de las conversaciones. Es todo.

FIN.

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