Archivos Mensuales: octubre 2014

La coreana

La coreana – @kataldana

— ¡Una coreana maluca y maleducada!

dijo mi mamá haciendo un gesto de asco con la boca mientras cerraba con fuerza la puerta del apartamento.

— Ni saluda, ni se ríe, ni da la cara, es rara, muy rara esa vieja…

decía guardando el monedero y las llaves en ese bolsillo enorme de sus pantalones de domingo.

Salimos juntas a la calle y mientras caminábamos clavé la mirada en la ventana del apartamento de la coreana y alcancé a ver una máquina de coser y unas cortinas viejas que dejaban pasar las luces de un televisor encendido. Pensé que esa noche la muy maleducada prepararía unos espaguetis repletos de caracoles que devoraría en compañía de sus canarios. Chasquearía y escupiría trozos de salsa y ensalada sobre la alfombra, colocaría sin vergüenza los codos sobre la mesa, que eructaría sin piedad y con algo de gracia sacaría su tibio rostro por la ventana y comenzaría a fumar de una forma vulgar, succionando ese cigarrillo como una cualquiera; haría que todos en los balcones de enfrente le gritaran: —¡qué maleducada, aprenda a fumar! — y ella enseñándoles su dedo intermedio escaparía campante de la agresión.

— Esa gente de otros lados es como muy miedosa, como muy solitaria y eso no me gusta. No, no me da confianza— Continuaba alegando mi mamá asomando la boca por un lado de la bufanda donde apenas se alcanzaba a colar el viento que amenazaba con estrellarse en su cara.

Cuando terminamos de cruzar la avenida volví la mirada al apartamento de la coreana. Ahora podía verla a ella en una esquina de la ventana admirando un libro de grandes hojas. Imaginé por un instante que se trataba de un gran atlas donde iba marcando con stickers de colores los lugares que había visitado, que en realidad eran muy pocos. Solo dos, máximo tres.

Por un momento me pareció haber silenciado a propósito la voz de mi madre al fundirla con los motores y pitos de los autos. Estaba inundada de hipótesis e historias y pensé con cierta melancolía en aquella mujer completamente sola y triste, lejos de su casa, de su lengua y de ese amante que la cambió por una más joven y por el que había emprendido un viaje de huida hacia Latinoamérica. — Si, tal vez allá nadie quiera preguntarme nada y quizás yo no quiera decirles nada tampoco. Nada hay que perder cuando todo se ha desmoronado — diría mirándose en el reflejo de un espejo sucio en su pequeño departamento en los suburbios de Pionyang—

Estiré la mano, el taxi se detuvo y antes de abrir la puerta por completo para que mi madre pudiera subirse, la miré a los ojos y le dije con una sonrisa a medias:

— Má, a lo mejor no lo estás haciendo bien, debes inclinarte para saludarla, como haciendo una venia, es como tú le muestras cortesía y no quedas como una maleducada con su cultura. ¡Acá eres tu quien se la está cagando!

Nos miramos por un par de segundos, como admitiendo algo en secreto, y nos subimos apuradas al auto amarillo.

Tras un corto silencio volvimos a la conversación. Adentro la emisora del taxista costeño amenazaba con dejarnos parcialmente sordas y entonces volví a mirar – por tercera y última vez- hacia la ventana de la coreana y esta vez me pareció que era el tiempo el que iba rápido, muy rápido; y la brisa helada, y la ciudad inmóvil y las cortinas que cambiaban de color con los rayos de una tv encendida.

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