Tostadas francesas


María Adelaida Cifuentes hacía las mejores tostadas francesas que jamás probé. Tal vez por eso aún la recuerdo mientras preparo el café y espero el horrendo desayuno que Helena prepara para mi cada mañana.

Yo quiero a Helena, la respeto, pero no puedo amar sus dotes en la cocina. Sus recetas son tan simples como su forma de caminar, sin vida, sin gracia.

Lo que me gusta de Helena es su forma de reír, o mejor, su manera de hacerme sentir que soy gracioso en un mundo tan hostil.

Muchos allá afuera – mientras yo saboreo mi café- pensarán en sus ex novias y rechinarán los dientes imaginando cómo otro la devora en la cama; yo en cambio me arranco el pelo pensando en el imbécil que ha de estar disfrutando, a esta misma hora, las crocantes, dulces y deliciosas tostadas de Adela.

Extraño a Adela y su forma de conquistar con la comida, esa manera extraña de tenerme siempre hambriento en la mesa y en la cama.

Se acerca entonces la mesa de desayuno en las manos de Helena con un cereal blando, un jugo de naranja ácido y una tostada quemada. Helena sonríe y yo finjo que me agrada. Vuelvo a pensar en Adelaida Cifuentes y casi puedo sentir en mi garganta el sirope que resbala desde mi boca entre arándanos y uvas negras en perfecta sinfonía.

– La leche está algo agria así que la arreglé con algo de azúcar, el jugo lo rendí con un poco de agua y el fogón estropeo la tostada, por lo demás está lleno de nutritivo amor, dijo.

– Yo te quiero Helena, pero no lo suficiente para comer esta porquería.

– ¿Qué?

– Que eres muy dulce, pero hoy no tengo hambre.

Tomé un último sorbo de café agarrando al tiempo mi chaqueta, besé su frente y salí corriendo de la casa.

Cuando estaba en la puerta busqué en mi celular el número de Adela, le llamé y le rogué una cita para desayunar, ella no se opuso.

Tardé algunos minutos en llegar y cuando me acercaba a la puerta de su apartamento el olor a chocolate, nueces y tocino al horno trajo a mi la historia de sabores que habíamos escrito cada mañana cuando aún estábamos juntos.

Timbré y al abrir la puerta descubrí que estaba sola, -¡inmaculadamente sola! –  aún en pijama y con esos ojitos inflamados del sueño.

Sin nada más que un tímido “Hola” nos sentamos juntos a desayunar, uno al lado del otro, como si hubiésemos amanecido abrazados en una misma cama destendida.
Devoré todo, recordé todo y llegué quizás a amarla un poco más que antes.
Nuestras manos se cruzaron levemente en el salero y sonreímos como un par de niños.

Luego lavé los platos (con mi lengua), le di un beso en la frente y antes de cerrar la puerta dije:

– ¿Mañana a la misma hora?

y ella respondió con un dulce y esperanzador:

– Te espero…

[Esta historia, ¿continuará?]

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