El cuento de mis pesadillas

¿Acaso recuerdan aquella época dorada cuando aún no sabían leer y alguien leía para ustedes? Esa bella época me tocó a mi y la recuerdo llena de amor en el pecho, aunque mi mamá no me leía; ella cada noche, cual Scheherezade criolla, se inventaba una historia nueva para arrullar mi sueño.

Debo aceptar que algunas historias eran medio flojas, pues cuando estaba a punto de dormirse se iba por el lado fácil con historias en las que solo cambiaba el nombre del protagonista y describía paso a paso sus labores cotidianas. Otras en cambio, eran fantásticas travesías al interior de planetas desconocidos, anécdotas de su sufrida niñez o novelones que me robaban lágrimas.
Recuerdo esa bella época con mucho regocijo, con colores tenues de lámpara encendida y con el olor a las mil y un cobijas que me cubrían del frío Ubatense y que evitaban que me moviera en pleno suspenso. Recuerdo también haberme quedado dormida en el medio de muchas de esas historias e indagar por el final a la mañana siguiente.

Así como esos recuerdos siguen lúcidos en mi cabeza, también recuerdo el cuento de mis pesadillas. Esa historia que me marcó, que me persigue y que quisiera lanzar al baúl del olvido, por el bien de mi cordura…

Aquella noche mamá se sentó a mi lado, como de costumbre, mientras yo me preparaba para escuchar una nueva historia. Ella -sin que yo lo supiera- estaba un poco enojada porque había recibido numerosas quejas en el colegio acerca de mi comportamiento. Días antes le habían enviado una citación que yo intenté ocultar a toda costa. Lo que yo ignoraba entonces era que la profe la había llamado con antelación y cada vez que ella me preguntaba algo como: – ¿Hoy la profe Melia envió contigo algo para mi? – yo contestaba con un: – No má, no mandaron nada, nadita, nada.-
Años más tarde y sin darle muchas vueltas al asunto entendí que mi mamá se sentía traicionada y odiaba sobremanera la forma descarada con la que era capaz de mentirle en la cara. Por eso, esa fatídica noche aprovechó su discurso para contarme la historia de “La niña buena y la niña malvada”: el cuento de mis pesadillas.

El cuento narraba la vida de Susanita y Catalina, dos hermanas gemelas que vivían en una linda cabaña con sus papás. Recuerdo que Doña Glo pasó horas describiéndome ese paraíso lleno de corderitos, arboles frutales y vestidos pomposos de las “afortunadas” muérganas. Yo miraba el techo y esperaba el final de luz apagada que me llevara a soñar e imaginar que podía vivir en una cabaña como esa. Pero pronto, la historia comenzó a tornarse un tanto retorcida cuando Catalina, la gemela malvada, comenzó a decir mentiras. Salían de su boca bichos asquerosos, culebras envenenadas y moscas con las patas llenas de excremento humano, mientras la santurrona Susanita se bañaba en oro, olía a bebe y le salía todo a las mil maravillas porque no decía mentiras nunca, nunca jamás.

Mi madre continuaba su historia, abría sus grandes ojos y describía escenas patéticas alrededor de la pobre Catalina. Recuerdo sentir mis piernas temblar debajo de las cobijas y tener la rara sensación de una oruga mutante caminándome en la garganta.
¡El cuento seguía y cada vez sentía más y más presión de escupir la gran mentira que tenía atrapada en el paladar! Quería que como a Susanita me salieran monedas, flores y chocolates cuando hablara con la verdad, cuando confesara frente a mi madre que la había engañado. Pero no. Con cada giro inesperado de la macabra historia la pobre Catalina se sumía en un charco inmundo de fango armado de pura falsedad. Sus padres amenazaron con abandonarla y enterrarla viva y la muy pendeja seguía sin confesar la verdad.
En ese instante sentí que no podía más y grité – ¡ YA BASTA MAMÁ! No quiero ser como esa pobre niña malvada del cuento, quiero decirte algo, algo que no te va a gustar.-

Ella con su gesto de triunfo en los labios respondió – ¿Como así? ¿Qué pasó ahora?

Y yo comencé:

Había una vez una niña que se llamaba Katalina, era muy linda, juiciosa y estudiosa. Hasta que llegó la mamá genio y le contó muchas historias con las que ella deliraba todas las noches. Katalina no podía conciliar el sueño sumida en esas aventuras increíbles y por eso cuando llegaba a la escuela se quedaba dormida en plena clase, haciendo que su profesora Melia la regañara sin cesar. La profe se cansó y citó a la mamá genio, pero Katalina, por miedo a la reacción de su mamá, no le dijo nada y mintió para que ella no se enterara jamás. Una noche, después de una historia reveladora, la niña Katalina le dijo la verdad a su mamá y comenzaron a salir de su boca chocolates, flores y mariposas sonrientes. La mamá le compró un paquete grandote de galletas de chocolate como premio a su sinceridad y se fue a dormir tranquilamente.

Fin.

¡Ah! y fueron muy felices. 

Con una carcajada sellamos el trato, ella me abrazó y prometió comenzar sus historias un poco más temprano cada noche. Yo sencillamente no volví a ser la misma después de esa noche.

Hoy, casi 20 años después, en medio de una lectura silenciosa me detengo a mirar la ventana. Me devuelvo mágicamente a esa historia de mis pesadillas y pienso en la suerte de Catalina y sus horribles bichos llenándole la boca. También pienso en la muérgana Susanita, con una figura redondeada que adquirió luego de años comiendo chocolates rellenos de sinceridad y sabiduría mamerta. Y claro, también siento a la maldita oruga mutante en mi garganta, caminando y cerrandome la respiración con cada intento de escupir una nueva mentira.

xxcambio y  fueraxx

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Un pensamiento en “El cuento de mis pesadillas

  1. Pepe Ratón dice:

    Siempre es bueno pasar por acá y encontrarse con una buena historia.

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