El día que perdí la memoria

Una mañana cualquiera, no recuerdo la fecha ni la hora -solo sé que fue una mañana porque aun traía puesta la pijama- de ese día, ese maldito día que perdí la memoria.

La busqué en mis bolsillos, en la funda de la almohada, en la cesta de la ropa sucia pero no la encontré. Salí descalza, corrí por calles desconocidas, miré debajo de las piedras y no pude hallarla.

Volví a la casa, tomé la libreta telefónica y marqué más de ¿6 o 10 números? ( no lo recuerdo) y nadie sabía darme razón:

–       Aló? Memoria?

–       ¿Magnolia? No señorita, ella salió esta mañana.

–       piii piii piiii

Abrí la ventana y  mientras el viento frío despeinaba mi pelo grité y grité  llamando a mi memoria. Nada ni nadie contestó mi llamado desesperado, salvo un eco áspero y  amanecido.

Pasaron las horas, – ahora no sé con exactitud cuantas – y yo seguía en mi computadora, en mi calculadora y hasta en la lavadora buscando mi memoria. Rescaté varios objetos perdidos, doce cartas anónimas y un par de tesoros enterrados, pero nada de nada, nada de memoria ni nada de nada.

Llegada la noche comencé a perder la calma. Busqué en mis bolsillos, en la funda y en la ropa sucia. Había perdido la calma y no me acordaba dónde carajos la había extraviado. Solo sé que era de noche porque aún tenía puesta la pijama.

Cambio y fuera

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