Archivos Mensuales: mayo 2013

Concurso: Un final para Martina

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Martina

Soy Martina tengo 29 años y tengo cáncer. Llevo más de 24 meses luchando por sobrevivir a esta enfermedad que se llevó a mi madre, a mi tía y a mi abuela en el mismo año.  Quisiera decir que ha sido fácil, que no me duele nada y que sigo tan fuerte como siempre. Que puedo dormir tranquila, que no lloro por las noches y que no le tengo miedo a la muerte.

Pero por sobre todas las cosas, quisiera decir que no me ha afectado el hecho de perder mi cabello…

Hoy vengo aquí porque creo estar perdiendo la cabeza y necesito de su ayuda.

Tomando su vestido con ambas manos, para no arrugarlo mientras se sentaba, Martina miró uno a uno a sus compañeros de terapia con un aire de satisfacción, similar al de quien ha confesado un retorcido secreto.

Todos la aplaudieron y sonrieron con el ánimo hipócrita de que naba pasaba.

Poniéndose de pie el doctor Monsalve dijo:

Es muy valioso de tu parte que hayas venido a acompañarnos. Estamos muy complacidos de contar con tu presencia y trataremos de ayudarte en este proceso tan difícil por el que estás atravesando.

Eso es todo Señores, mañana comenzaremos con la primera actividad a la misma hora.

Los espero.

El Doctor Monsalve, quien había atendido casos extremos de locura y desquiciamiento crónico, quedó sorprendido con la historia de Martina, por lo que antes de verla salir en su auto la detuvo por un momento para hacerle unas preguntas “ de rutina”.

−         Martina, antes de que te vayas me gustaría preguntarte un par de cosas, si no es mucha molestia.

−         No lo es. Adelante doc, ¿qué quiere saber? – respondió Martina guardando las llaves de su auto en el bolso-

−         Eres la paciente más cuerda que he tenido, y no te miento. Tu historia me conmovió y quisiera saber por qué crees que estás perdiendo la cabeza. Por qué decides venir a un lugar donde a todos, evidentemente, les falta una tuerca?

−         Súbase Doc, vamos al lago. Allí me sentiré más  tranquila y responderé sus preguntas.

El viaje, que no duró más de 15 minutos, transcurrió en un incómodo silencio lleno de miradas esquivas.

Una vez llegaron al lago se sentaron ambos en el capó del auto. El viento amenazaba con llevarse la pañoleta que cubría la cabeza desnuda de Martina y el Doctor, en un gesto incómodo, intentaba mantener su corbata en orden.

Verá usted, Doctor Monsalve, sufro de un trastorno inexplicable que me da vueltas la cabeza, que me hace perder la tranquilidad y que me tiene al borde del abismo….

Todo comenzó el día de mi quinta quimioterapia:

Madrugué y me sentía más firme que nunca. Me miré al espejo, repetí lo fuerte que era y caminé hasta el consultorio sin mirar atrás.
Yo era una de las pocas pacientes en esa sala que no había perdido el cabello. Antes del cáncer gozaba de una hermosa cabellera negra, lacia y muy espesa. Muy, muy brillante, larga y armoniosa. Podría asegurar que todos los amantes que había tenido hasta entonces se habían enamorado primero de mi pelo y luego de mi.

Por eso para todos fue una gran sorpresa ver que mi pelo se resistía, perdía un poco de brillo con el paso de los días, pero seguía ahí, completamente firme, quimio tras quimio.

En  esa, mi quinta quimioterapia sentí la muerte treparse por los pies. Fue extremadamente dolorosa y ruin. Vomité durante varias semanas y sentía que se me agotaban las fuerzas. Poco a poco, y como si se tratara de una maldición, comencé a notar grandes zonas sin pelo en mi cabeza. La almohada, la ducha y el cepillo parecían mostrarme la cruda realidad y la falsa felicidad de la que había gozado.

Unos cuantos días después, me miré al espejo y ya no había nada. Mi cabeza ahora brillaba pero con la piel y veía en el espejo un maniquí triste y débil.

Ahí mismo, en ese preciso instante comenzó mi calvario.
Por extraño que pueda parecerle, ese día comencé a experimentar la cosa más rara que me hubiese pasado en la vida. Cada mañana al despertar sentía – literalmente – el peso del pelo en mi cabeza, como cuando tenía una trenza, la trenza que me tejía todas las noches antes de dormir.

Luego en las tardes, cuando la brisa otoñal pegaba en mi ventana, experimentaba la extraña sensación de los lazos de cabello enredándose alrededor mi cara, bailando con el viento.

Una noche, mientras me quitaba la ropa sentí un cosquilleo siniestramente similar al de una cabellera rozando mi espalda.

Durante todo ese tiempo además, tuve sueños en los que me despeinaba en conciertos de rock, pesadillas donde protagonizaba peleas con chicas en las que nos arrancábamos mechones enteros de pelo y episodios cortos donde veía a mi abuela o a mi mamá peinando mi larga cabellera frente a un espejo.

Una tarde, hace menos de tres días, estaba en el supermercado. Cuando me agaché a tomar la última lata de aceitunas que quedaba un niño se acercó y sentí como si me halara, de un solo tirón, una parte del cabello. Fue a carne viva tal sensación que solté un estruendoso “¡¡ouch!!” mientras me acariciaba- ingenuamente- la cabeza lampiña y mientras el niño sonreía pícaramente frente a mi.

En estos momentos Doc, le juro que siento que si me saco la pañoleta voy a sentir en mi rostro el fantasma de esa cabellera. Voy a mover las manos tratando de acomodarla para evitar que se enrede y sentiré en mi nariz el perfume del shampoo de oliva.

Como verá, he perdido mucho de mi cabeza, la cordura entre otras cosas…

En silencio el Doctor Monsalve cerró los ojos y sintió en su rostro algo extraño, inexplicable pero agradable. Percibió el suave olor a oliva y se deleitó con la suave caricia que le mantenía los ojos cerrados; una brisa fría y delgada que simulaba a la perfección la sensación de tener un millón de cabellos danzando en el aire.

xxcambio y fueraxxx

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El cuento de mis pesadillas

¿Acaso recuerdan aquella época dorada cuando aún no sabían leer y alguien leía para ustedes? Esa bella época me tocó a mi y la recuerdo llena de amor en el pecho, aunque mi mamá no me leía; ella cada noche, cual Scheherezade criolla, se inventaba una historia nueva para arrullar mi sueño.

Debo aceptar que algunas historias eran medio flojas, pues cuando estaba a punto de dormirse se iba por el lado fácil con historias en las que solo cambiaba el nombre del protagonista y describía paso a paso sus labores cotidianas. Otras en cambio, eran fantásticas travesías al interior de planetas desconocidos, anécdotas de su sufrida niñez o novelones que me robaban lágrimas.
Recuerdo esa bella época con mucho regocijo, con colores tenues de lámpara encendida y con el olor a las mil y un cobijas que me cubrían del frío Ubatense y que evitaban que me moviera en pleno suspenso. Recuerdo también haberme quedado dormida en el medio de muchas de esas historias e indagar por el final a la mañana siguiente.

Así como esos recuerdos siguen lúcidos en mi cabeza, también recuerdo el cuento de mis pesadillas. Esa historia que me marcó, que me persigue y que quisiera lanzar al baúl del olvido, por el bien de mi cordura…

Aquella noche mamá se sentó a mi lado, como de costumbre, mientras yo me preparaba para escuchar una nueva historia. Ella -sin que yo lo supiera- estaba un poco enojada porque había recibido numerosas quejas en el colegio acerca de mi comportamiento. Días antes le habían enviado una citación que yo intenté ocultar a toda costa. Lo que yo ignoraba entonces era que la profe la había llamado con antelación y cada vez que ella me preguntaba algo como: – ¿Hoy la profe Melia envió contigo algo para mi? – yo contestaba con un: – No má, no mandaron nada, nadita, nada.-
Años más tarde y sin darle muchas vueltas al asunto entendí que mi mamá se sentía traicionada y odiaba sobremanera la forma descarada con la que era capaz de mentirle en la cara. Por eso, esa fatídica noche aprovechó su discurso para contarme la historia de “La niña buena y la niña malvada”: el cuento de mis pesadillas.

El cuento narraba la vida de Susanita y Catalina, dos hermanas gemelas que vivían en una linda cabaña con sus papás. Recuerdo que Doña Glo pasó horas describiéndome ese paraíso lleno de corderitos, arboles frutales y vestidos pomposos de las “afortunadas” muérganas. Yo miraba el techo y esperaba el final de luz apagada que me llevara a soñar e imaginar que podía vivir en una cabaña como esa. Pero pronto, la historia comenzó a tornarse un tanto retorcida cuando Catalina, la gemela malvada, comenzó a decir mentiras. Salían de su boca bichos asquerosos, culebras envenenadas y moscas con las patas llenas de excremento humano, mientras la santurrona Susanita se bañaba en oro, olía a bebe y le salía todo a las mil maravillas porque no decía mentiras nunca, nunca jamás.

Mi madre continuaba su historia, abría sus grandes ojos y describía escenas patéticas alrededor de la pobre Catalina. Recuerdo sentir mis piernas temblar debajo de las cobijas y tener la rara sensación de una oruga mutante caminándome en la garganta.
¡El cuento seguía y cada vez sentía más y más presión de escupir la gran mentira que tenía atrapada en el paladar! Quería que como a Susanita me salieran monedas, flores y chocolates cuando hablara con la verdad, cuando confesara frente a mi madre que la había engañado. Pero no. Con cada giro inesperado de la macabra historia la pobre Catalina se sumía en un charco inmundo de fango armado de pura falsedad. Sus padres amenazaron con abandonarla y enterrarla viva y la muy pendeja seguía sin confesar la verdad.
En ese instante sentí que no podía más y grité – ¡ YA BASTA MAMÁ! No quiero ser como esa pobre niña malvada del cuento, quiero decirte algo, algo que no te va a gustar.-

Ella con su gesto de triunfo en los labios respondió – ¿Como así? ¿Qué pasó ahora?

Y yo comencé:

Había una vez una niña que se llamaba Katalina, era muy linda, juiciosa y estudiosa. Hasta que llegó la mamá genio y le contó muchas historias con las que ella deliraba todas las noches. Katalina no podía conciliar el sueño sumida en esas aventuras increíbles y por eso cuando llegaba a la escuela se quedaba dormida en plena clase, haciendo que su profesora Melia la regañara sin cesar. La profe se cansó y citó a la mamá genio, pero Katalina, por miedo a la reacción de su mamá, no le dijo nada y mintió para que ella no se enterara jamás. Una noche, después de una historia reveladora, la niña Katalina le dijo la verdad a su mamá y comenzaron a salir de su boca chocolates, flores y mariposas sonrientes. La mamá le compró un paquete grandote de galletas de chocolate como premio a su sinceridad y se fue a dormir tranquilamente.

Fin.

¡Ah! y fueron muy felices. 

Con una carcajada sellamos el trato, ella me abrazó y prometió comenzar sus historias un poco más temprano cada noche. Yo sencillamente no volví a ser la misma después de esa noche.

Hoy, casi 20 años después, en medio de una lectura silenciosa me detengo a mirar la ventana. Me devuelvo mágicamente a esa historia de mis pesadillas y pienso en la suerte de Catalina y sus horribles bichos llenándole la boca. También pienso en la muérgana Susanita, con una figura redondeada que adquirió luego de años comiendo chocolates rellenos de sinceridad y sabiduría mamerta. Y claro, también siento a la maldita oruga mutante en mi garganta, caminando y cerrandome la respiración con cada intento de escupir una nueva mentira.

xxcambio y  fueraxx

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El día que perdí la memoria

Una mañana cualquiera, no recuerdo la fecha ni la hora -solo sé que fue una mañana porque aun traía puesta la pijama- de ese día, ese maldito día que perdí la memoria.

La busqué en mis bolsillos, en la funda de la almohada, en la cesta de la ropa sucia pero no la encontré. Salí descalza, corrí por calles desconocidas, miré debajo de las piedras y no pude hallarla.

Volví a la casa, tomé la libreta telefónica y marqué más de ¿6 o 10 números? ( no lo recuerdo) y nadie sabía darme razón:

–       Aló? Memoria?

–       ¿Magnolia? No señorita, ella salió esta mañana.

–       piii piii piiii

Abrí la ventana y  mientras el viento frío despeinaba mi pelo grité y grité  llamando a mi memoria. Nada ni nadie contestó mi llamado desesperado, salvo un eco áspero y  amanecido.

Pasaron las horas, – ahora no sé con exactitud cuantas – y yo seguía en mi computadora, en mi calculadora y hasta en la lavadora buscando mi memoria. Rescaté varios objetos perdidos, doce cartas anónimas y un par de tesoros enterrados, pero nada de nada, nada de memoria ni nada de nada.

Llegada la noche comencé a perder la calma. Busqué en mis bolsillos, en la funda y en la ropa sucia. Había perdido la calma y no me acordaba dónde carajos la había extraviado. Solo sé que era de noche porque aún tenía puesta la pijama.

Cambio y fuera

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