María del Mar

Despierto cada madrugada con ese amargo sabor en la boca, repitiendo en mi cabeza una y otra vez los fatídicos sucesos que me llevaron a esta pena tan honda, esta pena que pesa y no da tregua. Varias primaveras, veranos y fríos inviernos han pasado desde tu partida, y yo aún no me conformo con haberte dejado ir.

Recuerdo cada detalle como si fuera ayer. Recuerdo llevar puesto el reloj de pulso averiado que marcaba las cinco cuando tu avión aterrizó; bastaron solo unos cuantos minutos para estar con nuestros brazos entrelazados mientras yo te repetía lo grande que estabas y tu me decías al oído que querías llegar pronto a casa y que te gustaba mi perfume, que era un recuerdo vivo de la infancia.

Recordé entonces, casi como un déjà vu, aquel 26 de febrero, cuando llegadas las cinco menos diez de la madrugada las contracciones me helaron el cuerpo. Agarré la pijama de tu padre a dos manos y le grité ¡ya es hora, aquí viene Miguel! De la misma manera, y casi 26 años después te esperaba con el corazón ardiente, con ansias de acariciar de nuevo tu pelo, de agarrarte fuerte de las manos.

Llegaste con maletas ligeras, parecía que tu viaje sería de prisa. Traías a tu prometida y un puñado de sueños para hacer realidad en la ciudad que te vio nacer. Volviste a casa con la mirada llena de luces y alborotos.

Pronto llegamos a casa, descargamos tus maletas en tu cuarto y estábamos todos reunidos para celebrar el año nuevo. Yo te miraba desde la ventana de la cocina cómo te bañabas en el mar, cómo te desdoblabas con cada ola. Volví a volcar mis recuerdos  y retuve en mi cabeza el momento en que apenas caminabas y te sorprendías con el oleaje, gritabas y te escondías tras mis piernas para sentirte más seguro.

Por alguna razón, llegó a mi mente de nuevo aquel 26 de febrero a las cinco y veinte, aquel instante en el que finalmente llegó la partera. Reposando en la orilla del mar, justo en frente de la casa, colocamos algunas mantas, velas y sahumerios. Poco a poco y con intenso dolor comencé a dar a luz, casi al mismo tiempo que el cielo paría el día. Pequeño, frágil y muy llorón estabas tú en mis brazos, las olas nos bañaban y limpiaban la placenta. A partir de aquel día un lazo inquebrantable te unía a la tierra, al mar y a mi corazón.

Servimos la cena de año nuevo, rezamos y comenzamos a hablar de los planes para la boda. Tu prometida sonreía tímida y sonrojada, pero sin duda te miraba con ojos de compasión y ternura. De repente me perdí de la conversación mirando de lejos al mar, pasé horas pensando, recordando y añorando un pasado casi borroso. El corazón se me aceleraba con cada golpe de las olas y un escalofrío  me invadía el cuerpo. —¡Han de ser los vinos, ya no estoy para esto, iré a dormir en la víspera del año nuevo! —dije a todos mientras me levantaba de la mesa. Nos abrazamos y pronto estaba de nuevo en mi cama, lista para dormir y despertar en un nuevo año.

De pronto, un grito a las cinco menos diez me dejó sentada en la cama. Sin pensarlo salí de mi cuarto al comedor. Allí, en un  llanto agonizante y tembloroso encontré a mi nuera. La tome de los brazos y le supliqué que me dijera qué le ocurría, mientras ella no dejaba de repetir: ¡Es Miguel, es Miguel!

Corrí por todo el lugar y no logré ver a Miguel por ningún lado. A lo lejos vi a Juan, mi esposo, metido en el mar hasta las rodillas e intentando alumbrar la oscura madrugada con una linterna de mano, gritando una y otra vez el nombre de mi hijo. Las olas estaban aún muy fuertes y parecía como si el mar mismo quisiera quitarlo del camino, enviarlo a empujones hacia la orilla.

—Juan, ¿dónde carajos está Miguel?, ¿qué haces con esa linterna? Ven para acá, no me vas a dejar viuda ¡maldita sea! —grité arrodillada en la arena.

Corriendo y con el rostro más pálido que jamás vi regresó  Juan a mi encuentro. Me abrazó fuerte y me dijo que entrara a la casa, que él lo iba a encontrar apenas despuntaran los primeros rayos de sol.

Cada segundo que pasó antes de amanecer lo sentí como una eternidad. Entre ecos y voces irreconocibles oí que Miguel estaba entrado en tragos y que había decidido darse un baño en el mar. Que minutos antes había hablado de la hermosa conexión que sentía con esas olas desde el día de su nacimiento: que estar acá le recordaba lo vivo que estaba y lo poco que quería alejarse de la bahía.

A las cinco y veinte lo temido llegó con la luz. Flotando al lado de un pequeño muelle contiguo a nuestra casa se podía ver la camisa de Miguel. Todo comenzó a tornarse borroso, los colores de la mañana palidecieron y yo, aún de rodillas, esperaba que estuviera vivo.

De repente todo quedó en silencio y lo único que hice fue abrazar a mi hijo, llorar sobre él con la fuerza extraña que me inundaba el pecho. Las olas nos arrastraban y amenazaban con tragarnos a los dos. El dolor que sentí entonces lo siento ahora, lo siento cada mañana que me despierto oyendo el mismo grito, lo siento con cada ola que golpea la costa.

Dicen que el sufrimiento de una madre ante la muerte de un hijo jamás cesa. Dicen que era su hora, que era su destino nacer  y morir en el mar. Yo lo único que creo es que el mar me lo arrebató y me lo sigue quitando cada segundo, con cada respiro, con cada ola, con cada amanecer.

xxcambio y fueraxx

Cuento publicado en Colectivo Caribe 10 abril 2013.

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2 pensamientos en “María del Mar

  1. Linadelirios. dice:

    Ésto me ha estremecido el alma, fue como escuchar a mi abuela hablando sobre la vida y el dolor de perder a su primogénito Del Rio en el río. Qué ironía ¿verdad?, Felicitaciones por producir en tú lectora una inexplicable clase de bella nostalgia.Saludos desde Cúcuta 🙂

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