Archivos Mensuales: abril 2013

Lo que me atrapó en la Feria Del Libro de Bogotá / 2013

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Tras una larga espera y con poco dinero en la cuenta bancaria no me podía permitir dejar de asistir a la Feria del Libro.  En este breve reporte quiero compartir con ustedes, mis lectores invisibles, las cosas que me traje a casa luego de un día lleno de sol, gente y libros.

Lo que tenía claro:

Antes de llegar a Corferias tenía en mente 2 libros que quería llevarme  si o si:

–       El libro de los ojos de Ricardo Silva Romero

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Por donde se mire este libro es un deleite. No solo sus magnificas ilustraciones sino los textos de este gran escritor, hacen que sea un libro digno de hojear varias veces al día durante meses. A decir verdad cualquier libro de la editorial Tragaluz es en sí mismo una obra de arte. Si pasan por allí les aseguro que van a querer llevarse más de uno (como me pasó a mi).

Este bonito libro para leer y observar lo conseguí por solo 45 mil pesos.

–       Océanos de arena de Santiago Gamboa

Océanos de arena

No sé si alguna vez lo mencioné pero Santiago Gamboa es uno de mis escritores favoritos de todos los tiempos. Este romance comenzó en la universidad cuando vi una electiva completa sobre la obra de este escritor colombiano y quedé enganchada de inmediato. Océanos de arena tiene un costo 35mil pesos e incluye un viaje por Medio Oriente a través de  sus páginas.

De haber sido responsable y consecuente con mis actos me habría detenido allí, seguiría paseando entre pabellones, hojeando libros aquí y allá sin compromiso. Pero no. Cedí a mis instintos y me dejé llevar por unas cuantas maravillas más:

–       El pintor debajo del lavaplatos de Alfonso Cruz

El pintor debajo del lavaplatos 2013-04-28 10.18.21

Caí en el encanto de este libro en el stand de Tragaluz Editores. Escuché muy buenas críticas en los últimos días y tras una vista rápida al precio (35mil pesos) me dije: – Tu puedes hacerlo, piénsalo, significa unas cuantas semanas más de contenido nuevo para la cabeza, y después de todo ¿qué compras con 35mil pesos? Ya tienes suficiente ropa, maquillaje y accesorios. ¡Vamos!- Medio segundo después: ¡Me llevo este también señorita!

Visitando el pabellón de Portugual (país invitado de honor) me encontré con un clásico a muy buen precio. Aunque muchos de ustedes se asombren al saber que aún no lo he leído, solo puedo decir que adquirí Ensayo sobre la ceguera de José Saramago por solo 24mil pesos y recibí como obsequio De la otra orilla del atlántico, una antología de autores portugueses. Nada mal.

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Finalmente, me dirigí con mi acompañante (la magnífica ilustradora Anilina) al pabellón infantil. Allí me enamoré de un pequeño libro llamado El misterio del Cheshire de Carmen Agra Deedy y Randall Wright con ilustraciones de Jhonathan Farr.  Este libro en particular llamó mi atención por sus ilustraciones gatunas y por el módico precio de feria: nueve mil pesos.

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Maricaditas de más

Cabe anotar que si piensan asistir en los últimos días a la Feria Internacional del Libro,  el pabellón de Caricatura e Ilustración es último que deben visitar. Lo digo porque fue el primero al que entré y donde dejé mucho dinero, poniendo en riesgo algunos de mis libros.

Allí se encuentran cosas muy lindas. Este fue mi top 3:

1.    Libretita gatuna

Si, todas las cosas que tengan gatos o cupcakes siempre van a tener mi atención. En el stand de shuz – shuz  conseguí cosas hermosas.

2.    Libretita cuentera

Siempre compro libretas de todos los tamaños, colores y sabores, con la vieja excusa que necesito un lugar dónde anotar las historias que se me ocurren cuando no tengo el computador cerca. Tengo muchas con páginas en blanco, pero las seguiré comprando porque después de todo hay miles de historias por contar y anotar.

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15mil pesos las 2

3.    Regalo para un compositor

Este es un regalo especial para mi adorado @gusounds, compositor de canciones de la banda La Radio. Qué mejor regalo para un músico que una libreta dónde plasmar ideas hechas música.

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5 mil pesos.

4. ¿Qué carajos es esto?

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Lo primero que compré en este pabellón fue un mazo de cartas con ilustraciones de gatos. Vienen 12 y solo pagué 5mil pesos. No sé para que sirven ni sé que haré con ellas, pero digamos que responden a la obsesión expuesta en el punto uno de este top.

Por último, un regalito hecho calcomanía de Tournée du chat noir, por tan solo mil pesos. Gracias Anilina!

Terminada la jornada de la ñoñez, llegué a casa con los pies hinchados de tanto caminar, con la mente llena de nuevos libros que quiero comprar y con la eterna satisfacción de haber hecho una excelente inversión.

Cambio y fuera.

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Celebremos el día de nuestro mejor amigo

Te  quitabas  la  faja  de  la  cintura,  te  arrancabas las sandalias, tirabas a un rincón tu amplia falda, de algodón, me parece, y te soltabas el nudo que te retenía el pelo en una cola. Tenías la piel erizada y te reías. Estábamos tan próximos que no podíamos vernos, ambos absortos en ese rito urgente, envueltos en el calor y el olor que hacíamos juntos. Me abría paso por tus caminos, mis manos en tu cintura encabritada y las tuyas impacientes. Te deslizabas, me recorrías, me trepabas, me envolvías con tus piernas invencibles, me decías mil veces ven con los labios sobre los míos. En el instante final teníamos un atisbo de completa soledad, cada uno perdido en su quemante abismo, pero pronto resucitábamos desde el otro lado del fuego para descubrirnos abrazados en el desorden de los almohadones, bajo el mosquitero blanco.

Yo te apartaba el cabello para mirarte a los ojos. A veces te sentabas a mi lado, con las piernas recogidas y tu chal de seda sobre un hombro, en el silencio de la noche que apenas comenzaba. Así te recuerdo, en calma.

Tú piensas en palabras, para ti el lenguaje es un hilo inagotable que tejes como si la vida se hiciera al contarla. Yo pienso en imágenes congeladas en una fotografía. Sin embargo, ésta no está impresa en una placa, parece dibujada a plumilla, es un recuerdo minucioso y perfecto, de volúmenes suaves y colores cálidos, renacentista, como una intención captada sobre un papel granulado o una tela. Es un momento profético, es toda nuestra existencia, todo  lo vivido y lo por vivir, todas las épocas simultáneas, sin principio ni fin. Desde cierta distancia yo miro ese dibujo, donde también estoy yo. Soy espectador y protagonista. Estoy en la penumbra, velado por la bruma de un cortinaje traslúcido. Sé que  soy yo, pero yo soy también este que observa desde afuera. Conozco lo que siente el hombre pintado sobre esa cama revuelta, en una habitación de vigas oscuras y techos de catedral, donde la escena aparece como el fragmento de una ceremonia antigua. Estoy allí contigo y también aquí, solo, en otro tiempo de la conciencia. En el cuadro la pareja descansa después de hacer el amor, la piel de ambos brilla húmeda. El hombre tiene los ojos cerrados, una mano sobre su pecho y la otra sobre el muslo de ella, en íntima complicictad.

Para mí esa visión es recurrente e inmutable, nada cambia, siempre es la misma sonrisa plácida del hombre, la misma languidez de la mujer, los mismos pliegues de las sábanas y rincones sombríos del cuarto, siempre la luz de la lámpara roza los senos y los pómulos de ella en el mismo ángulo  y siempre el chal de seda y los cabellos oscuros caen con igual delicadeza. ada vez que pienso en ti, así te veo, así nos veo, detenidos para siempre en ese lienzo, invulnerables al deterioro de la mala memoria. Puedo recrearme largamente en esa escena, hasta sentir que entro en el espacio del cuadro y ya no soy el que observa, sino el hombre que yace junto a esa mujer. Entonces se rompe la simétrica quietud de la pintura y escucho nuestras voces muy cercanas.

-Cuéntame un cuento -te digo. -¿Cómo lo  quieres? -Cuéntame un cuento que no le hayas contado a nadie.

ROLF CARLE

Tomado del libro: Los Cuentos de Eva Luna, Isabel Allende.

Feliz día del libro. Cambio  y  fuera.

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Un nombre para cuando sea viejo

Cuando era niña y halando la falda de mi mamá le preguntaba cuál había sido su nombre de niñez. Ella con su cara de asombro y mientras secaba sus manos con la toalla que colgaba de su delantal decía que no entendía mi pregunta, que ella siempre se había llamado Gloria, que mi papá siempre se había llamado Gustavo y que mis abuelos habían nacido y muerto como Teresa, Aparicio, Carlina y Manuel.

En mi pequeña y peluda cabeza no cabía esa idea de que cuando ellos estaban en el parque, mientras se sacaban los mocos o mientras corrían tras sus amigos se llamaran entre ellos con esos nombres tan anticuados, tan de viejitos.

Nuevamente y con los ojos encharcados le gritaba en la cocina: – ¡Ya dime la verdad mamá! apuesto que tu nombre era Juanita, Valentina o Laurita. ¿Cómo te llamaban tus amigas? ¿Vamos a jugar con Gloria? Nooo…

Ella con una carcajada me peinaba los crespos enredados y me preguntaba que si acaso estaba esperando dejar de ser Katalina cuando fuera mayor, y yo con un SI rotundo respondí que yo quería ser Kata mientras saltaba lazo, lanzaba piedras a la golosa y que a mis 40 quería ser llamada Señora Rodriga, Candonga o Eugenia.

Ahora a mis 25  contemplo la posibilidad de ser la Señora Delirios porque tiene fuerza, peso y cargará con la edad.

Seguramente, cuando me queden pocos dientes reiré entre encías de ver abuelos con nombres juveniles jugando en el parque, saltando lazo y marcando la golosa en el asfalto.

xxcambio y fueraxx

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30 días con Gregorio

Bastan 30 días para:

Superar una enfermedad, vencer los miedos, acariciar en forma, amanecer descalzo, respirar al ritmo de alguien, mirarse a los ojos sin decir nada, dormir por horas sin que nadie lo sepa, llorar de emoción o alegría pero nunca de soledad, caminar con cautela,  gritar con mordiscos inocentes, soltar carcajadas insolentes, arrugar peludas situaciones, volar con meows incandescentes, pinchar bigotes puntiagudos, vibrar con ronroneos nocturnos, gozar con silencios cómodos, erizarse con cariños de lenguas, sentirse parte de alguien y que ese alguien sea parte de tu todo.

Hoy completo mis primeros 30 días con Gregorio.

 

xxcambio y fueraxx

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María del Mar

Despierto cada madrugada con ese amargo sabor en la boca, repitiendo en mi cabeza una y otra vez los fatídicos sucesos que me llevaron a esta pena tan honda, esta pena que pesa y no da tregua. Varias primaveras, veranos y fríos inviernos han pasado desde tu partida, y yo aún no me conformo con haberte dejado ir.

Recuerdo cada detalle como si fuera ayer. Recuerdo llevar puesto el reloj de pulso averiado que marcaba las cinco cuando tu avión aterrizó; bastaron solo unos cuantos minutos para estar con nuestros brazos entrelazados mientras yo te repetía lo grande que estabas y tu me decías al oído que querías llegar pronto a casa y que te gustaba mi perfume, que era un recuerdo vivo de la infancia.

Recordé entonces, casi como un déjà vu, aquel 26 de febrero, cuando llegadas las cinco menos diez de la madrugada las contracciones me helaron el cuerpo. Agarré la pijama de tu padre a dos manos y le grité ¡ya es hora, aquí viene Miguel! De la misma manera, y casi 26 años después te esperaba con el corazón ardiente, con ansias de acariciar de nuevo tu pelo, de agarrarte fuerte de las manos.

Llegaste con maletas ligeras, parecía que tu viaje sería de prisa. Traías a tu prometida y un puñado de sueños para hacer realidad en la ciudad que te vio nacer. Volviste a casa con la mirada llena de luces y alborotos.

Pronto llegamos a casa, descargamos tus maletas en tu cuarto y estábamos todos reunidos para celebrar el año nuevo. Yo te miraba desde la ventana de la cocina cómo te bañabas en el mar, cómo te desdoblabas con cada ola. Volví a volcar mis recuerdos  y retuve en mi cabeza el momento en que apenas caminabas y te sorprendías con el oleaje, gritabas y te escondías tras mis piernas para sentirte más seguro.

Por alguna razón, llegó a mi mente de nuevo aquel 26 de febrero a las cinco y veinte, aquel instante en el que finalmente llegó la partera. Reposando en la orilla del mar, justo en frente de la casa, colocamos algunas mantas, velas y sahumerios. Poco a poco y con intenso dolor comencé a dar a luz, casi al mismo tiempo que el cielo paría el día. Pequeño, frágil y muy llorón estabas tú en mis brazos, las olas nos bañaban y limpiaban la placenta. A partir de aquel día un lazo inquebrantable te unía a la tierra, al mar y a mi corazón.

Servimos la cena de año nuevo, rezamos y comenzamos a hablar de los planes para la boda. Tu prometida sonreía tímida y sonrojada, pero sin duda te miraba con ojos de compasión y ternura. De repente me perdí de la conversación mirando de lejos al mar, pasé horas pensando, recordando y añorando un pasado casi borroso. El corazón se me aceleraba con cada golpe de las olas y un escalofrío  me invadía el cuerpo. —¡Han de ser los vinos, ya no estoy para esto, iré a dormir en la víspera del año nuevo! —dije a todos mientras me levantaba de la mesa. Nos abrazamos y pronto estaba de nuevo en mi cama, lista para dormir y despertar en un nuevo año.

De pronto, un grito a las cinco menos diez me dejó sentada en la cama. Sin pensarlo salí de mi cuarto al comedor. Allí, en un  llanto agonizante y tembloroso encontré a mi nuera. La tome de los brazos y le supliqué que me dijera qué le ocurría, mientras ella no dejaba de repetir: ¡Es Miguel, es Miguel!

Corrí por todo el lugar y no logré ver a Miguel por ningún lado. A lo lejos vi a Juan, mi esposo, metido en el mar hasta las rodillas e intentando alumbrar la oscura madrugada con una linterna de mano, gritando una y otra vez el nombre de mi hijo. Las olas estaban aún muy fuertes y parecía como si el mar mismo quisiera quitarlo del camino, enviarlo a empujones hacia la orilla.

—Juan, ¿dónde carajos está Miguel?, ¿qué haces con esa linterna? Ven para acá, no me vas a dejar viuda ¡maldita sea! —grité arrodillada en la arena.

Corriendo y con el rostro más pálido que jamás vi regresó  Juan a mi encuentro. Me abrazó fuerte y me dijo que entrara a la casa, que él lo iba a encontrar apenas despuntaran los primeros rayos de sol.

Cada segundo que pasó antes de amanecer lo sentí como una eternidad. Entre ecos y voces irreconocibles oí que Miguel estaba entrado en tragos y que había decidido darse un baño en el mar. Que minutos antes había hablado de la hermosa conexión que sentía con esas olas desde el día de su nacimiento: que estar acá le recordaba lo vivo que estaba y lo poco que quería alejarse de la bahía.

A las cinco y veinte lo temido llegó con la luz. Flotando al lado de un pequeño muelle contiguo a nuestra casa se podía ver la camisa de Miguel. Todo comenzó a tornarse borroso, los colores de la mañana palidecieron y yo, aún de rodillas, esperaba que estuviera vivo.

De repente todo quedó en silencio y lo único que hice fue abrazar a mi hijo, llorar sobre él con la fuerza extraña que me inundaba el pecho. Las olas nos arrastraban y amenazaban con tragarnos a los dos. El dolor que sentí entonces lo siento ahora, lo siento cada mañana que me despierto oyendo el mismo grito, lo siento con cada ola que golpea la costa.

Dicen que el sufrimiento de una madre ante la muerte de un hijo jamás cesa. Dicen que era su hora, que era su destino nacer  y morir en el mar. Yo lo único que creo es que el mar me lo arrebató y me lo sigue quitando cada segundo, con cada respiro, con cada ola, con cada amanecer.

xxcambio y fueraxx

Cuento publicado en Colectivo Caribe 10 abril 2013.

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El caminante de Alicante

Consonantes, disonantes y discordantes son los caminantes. No los de ahora sino los de antes, no los de Nantes sino unos semejantes.

Llenaban las calles cantantes, maleantes y acompañantes con caminos aberrantes en horas de tiempo apremiante.

La noche burbujeante, sonriente y beligerante, nos mira desde lejos con silencio fulminante. Un sollozo mutante y una carcajada distante bastaron para advertir al caminante, aquel comerciante de Alicante, que su fatigante caminata no era como la de antes. Fin.

xxxcambio y fueraxx

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