Happy Hour

Un barman, paciente, elegante y buen mozo reparte dosis de felicidad entre sus clientes cada jueves, viernes y sábados por la noche.

Los jueves van quienes tienen un nuevo amorío, el jefe con la secre, la cuchibarbie con el gigoló.

Los viernes grupos enteros de chicos y chicas que comienzan la noche separados y de copa en copa se van arrimando hasta que unos terminan tirando en el baño, otros besándose compulsivamente sobre la mesa y otros llorando en la barra mientras comparten con todos sus decepciones amorosas.

Los sábados hay de todo para todos; es un completo sancocho de borrachines, fiesteros, mujeres solteras, nerds vírgenes y regordetes que miran a las chicas que sirven los Martini.

El barman, del que hablaba al principio, trabaja allí desde hace algunos años, 7 para ser más exactos. Conoce todo tipo de historias, ha separado grandulones de peleas, le ha agarrado el pelo a muchas rubias vomitonas y ha escuchado tantas historias de amor como de dolor.

Todas las madrugadas, antes de ir a casa, limpia el mesón del bar envuelto en alcohol, babas, sudor, lágrimas y una que otra uña partida.

El barman luce cansado, se mira al espejo y reconoce él mismo que esas ojeras no desaparecerán ni con un día entero de descanso. Recorre cada línea de su rostro y le parece que fue ayer cuando aquella chica borracha le había rasguñado la cara y le había dejado esa marca en la mejilla derecha.

El barman viejo, agotado y algo atontado recibe el turno de las 8:00 pm. Limpia algunas copas, le da “play” a la lista de canciones que rechinan en sus oídos una y otra vez. Camina por todo el bar y decide esperar al primer cliente en la barra al son de un tequila. Todo parecía normal aquella noche, todo era parte de la rutina diaria, que giraba en aquel circulo vicioso.

Pronto sonó en el playlist una canción que lo hizo mover las caderas, se sirvió un nuevo tequila y comenzó a bailar sin control. Puso su mano derecha a la altura de su cintura y la otra levantada, simulando tener una morena bailando y girando con él al compás de esa cumbia pegajosa que invadía cada partícula de su cuerpo, llenando sus poros de cálido sudor.

Con los ojos cerrados pareció desaparecer por un instante; imaginó estando en la playa, sintiendo la arena cálida entre los dedos y el dulce sol bronceando su espalda.

Pronto el ritmo cesó y abriendo los ojos – primero el derecho, luego el izquierdo- notó que Graciela, la negra de metro sesenta que venía a bailar los miércoles, lo observaba al otro lado de la barra con su sonrisa blanca y provocativa.

– Bravo maestro, bravo- dijo Graciela aplaudiendo pausadamente

– No sabía que ya había llegado- dijo mirándose los pies y limpiando la punta de sus zapatos con la bota del pantalón- Quiere un tequila Gracia?

– Esta bien, -respondió riéndose- pero me lo dejás al precio del Happy hour

El barman sirvió dos copas a ras, con la mano nerviosa y con el sudor aun cayendo de su frente. Brindaron y dejaron que el tequila se deslizara por sus gargantas sin hacer gesto alguno.

¡Bailemos! dijo Graciela subiéndose la falda y trepando la silla para dirigirse al interior de la barra.

Buscó en el reproductor una canción bien guapachosa y agarrando al barman de la cintura comenzó el fiestón. Bailaron, sudaron, se besaron y bebieron por largas horas. Estaban tan extasiados que no notaron que el bar estaba más solitario que nunca. Nadie, ni por error, había decidido entrar por una cerveza, un Martini o a preguntar por el engañoso happy hour.

Cuando el reloj marcaba un cuarto para las 11, un hombre corpulento irrumpió en el bar. Traía un abrigo muy largo y un sombrero que no dejaba ver su rostro. Graciela se compuso el vestido mientras corría hacia el baño y antes de desaparecer le susurró al barman: “andáte, corré si puedes”.

El hombre colocó un arma en la barra y le pidió al sudoroso barman un coñac.

Cuando la copa servida rozó el arma y antes de que pudiera decir alguna palabra, el misterioso hombre apuntó su arma y dijo:

– ¡Esto es pa’ que aprendás a servir un coñac!

– ¡Bang bang! – Retumbó el lugar mientras el pobre barman caía al piso envuelto en sangre, sudor y coñac.

Pronto del baño salió gritando Graciela, agarrándose la cabeza a dos manos y mirando al hombre que sentado en la barra seguía disfrutando de su bebida.

– Yo a vos te lo dije Graciela, dejáte de Gracias, dejáte de maricadas que vos ya tenés dueño.

 Entre sollozos la agarró fuerte del brazo y se la llevó por el pasillo que ahora solo retumbaba con el sonido hueco de sus tacones fucsia.

xxcambio y fueraxxx

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