Archivos Mensuales: febrero 2013

Happy Hour

Un barman, paciente, elegante y buen mozo reparte dosis de felicidad entre sus clientes cada jueves, viernes y sábados por la noche.

Los jueves van quienes tienen un nuevo amorío, el jefe con la secre, la cuchibarbie con el gigoló.

Los viernes grupos enteros de chicos y chicas que comienzan la noche separados y de copa en copa se van arrimando hasta que unos terminan tirando en el baño, otros besándose compulsivamente sobre la mesa y otros llorando en la barra mientras comparten con todos sus decepciones amorosas.

Los sábados hay de todo para todos; es un completo sancocho de borrachines, fiesteros, mujeres solteras, nerds vírgenes y regordetes que miran a las chicas que sirven los Martini.

El barman, del que hablaba al principio, trabaja allí desde hace algunos años, 7 para ser más exactos. Conoce todo tipo de historias, ha separado grandulones de peleas, le ha agarrado el pelo a muchas rubias vomitonas y ha escuchado tantas historias de amor como de dolor.

Todas las madrugadas, antes de ir a casa, limpia el mesón del bar envuelto en alcohol, babas, sudor, lágrimas y una que otra uña partida.

El barman luce cansado, se mira al espejo y reconoce él mismo que esas ojeras no desaparecerán ni con un día entero de descanso. Recorre cada línea de su rostro y le parece que fue ayer cuando aquella chica borracha le había rasguñado la cara y le había dejado esa marca en la mejilla derecha.

El barman viejo, agotado y algo atontado recibe el turno de las 8:00 pm. Limpia algunas copas, le da “play” a la lista de canciones que rechinan en sus oídos una y otra vez. Camina por todo el bar y decide esperar al primer cliente en la barra al son de un tequila. Todo parecía normal aquella noche, todo era parte de la rutina diaria, que giraba en aquel circulo vicioso.

Pronto sonó en el playlist una canción que lo hizo mover las caderas, se sirvió un nuevo tequila y comenzó a bailar sin control. Puso su mano derecha a la altura de su cintura y la otra levantada, simulando tener una morena bailando y girando con él al compás de esa cumbia pegajosa que invadía cada partícula de su cuerpo, llenando sus poros de cálido sudor.

Con los ojos cerrados pareció desaparecer por un instante; imaginó estando en la playa, sintiendo la arena cálida entre los dedos y el dulce sol bronceando su espalda.

Pronto el ritmo cesó y abriendo los ojos – primero el derecho, luego el izquierdo- notó que Graciela, la negra de metro sesenta que venía a bailar los miércoles, lo observaba al otro lado de la barra con su sonrisa blanca y provocativa.

– Bravo maestro, bravo- dijo Graciela aplaudiendo pausadamente

– No sabía que ya había llegado- dijo mirándose los pies y limpiando la punta de sus zapatos con la bota del pantalón- Quiere un tequila Gracia?

– Esta bien, -respondió riéndose- pero me lo dejás al precio del Happy hour

El barman sirvió dos copas a ras, con la mano nerviosa y con el sudor aun cayendo de su frente. Brindaron y dejaron que el tequila se deslizara por sus gargantas sin hacer gesto alguno.

¡Bailemos! dijo Graciela subiéndose la falda y trepando la silla para dirigirse al interior de la barra.

Buscó en el reproductor una canción bien guapachosa y agarrando al barman de la cintura comenzó el fiestón. Bailaron, sudaron, se besaron y bebieron por largas horas. Estaban tan extasiados que no notaron que el bar estaba más solitario que nunca. Nadie, ni por error, había decidido entrar por una cerveza, un Martini o a preguntar por el engañoso happy hour.

Cuando el reloj marcaba un cuarto para las 11, un hombre corpulento irrumpió en el bar. Traía un abrigo muy largo y un sombrero que no dejaba ver su rostro. Graciela se compuso el vestido mientras corría hacia el baño y antes de desaparecer le susurró al barman: “andáte, corré si puedes”.

El hombre colocó un arma en la barra y le pidió al sudoroso barman un coñac.

Cuando la copa servida rozó el arma y antes de que pudiera decir alguna palabra, el misterioso hombre apuntó su arma y dijo:

– ¡Esto es pa’ que aprendás a servir un coñac!

– ¡Bang bang! – Retumbó el lugar mientras el pobre barman caía al piso envuelto en sangre, sudor y coñac.

Pronto del baño salió gritando Graciela, agarrándose la cabeza a dos manos y mirando al hombre que sentado en la barra seguía disfrutando de su bebida.

– Yo a vos te lo dije Graciela, dejáte de Gracias, dejáte de maricadas que vos ya tenés dueño.

 Entre sollozos la agarró fuerte del brazo y se la llevó por el pasillo que ahora solo retumbaba con el sonido hueco de sus tacones fucsia.

xxcambio y fueraxxx

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Es de familia

Para quienes día a día se preguntan acerca de todas y cada una de las locuras, idioteces, sandeces, ridiculeces y hasta pelotudeces que escribo en cuanta red social se me atraviesa, quiero contarles la buena nueva: lo llevo en la sangre, en las raíces del pesado árbol genealógico, en lo más profundo del cerebro, en el cerebelo y hasta en el orzuelo.

Señores, mi locura es parte de la herencia familiar:

La bisabuela N.N

Cuenta mi mamá, la loca Doña Glo que su abuela, la mamá de su papá estaba loca, deschavetada, tuerta y senil. La pobre no podía dejar de gritar ni bajarse los calzones en la calle. Desde muy joven se arrancaba los pelos y nunca nadie, ni siquiera mi abuelo, supo su verdadero nombre.

Pobre loca bisabuela.

 El tio Julio -cu cuu-

Como era de esperarse hijo de loco sale choneto. El tío Julio, hijo de la bisabuela sin nombre, hermano de mi abuelo y tío favorito de mi mamá salió con la cabeza en Júpiter. Muchos decían que él era normal y que cuando llego a la adolescencia se enamoró de una llanera que le hizo un tinto con juagadura de calzón y hasta ahí fue, caput, sefiní, see you in hell.

Pobre tío Julio, decía que se llamaba Junio y todos así lo creían.

Secundino ¿Estaba loco el que le puso ese nombre no?

Secundino abre las ramas hacia el otro lado del árbol genealógico. Primo de mi papá, alias el loco pancho Aldana, Aldanita, Aniceto (si, mi papá antes de llamarse Gustavo iba a llamarse Aniceto, pero esa es otra historia, la historia de mi abuelo Aparicio el loco). Bueno, dicen que el primo Secundino se creía muy macho y andaba con el pipí por fuera. No empeloto, sino con la cremallera abierta asustando a las mujeres del pueblo que al verlo gritaban, pero no gritaban por verle el miembro afuera, gritaban porque su sonrisa macabra y “desmuelada“ espantaba hasta a el más valiente de la manada.

Pobre Secundino, pobre loco mueco.

El loco Antonio

Adivinaron!, el tío Antonio era el papá del primo Secundino y este contaba los números de 1 a 100 al derecho y al revés. Decía que había matado muchos judíos en la segunda guerra mundial y que su amigo, el  gran Führer, le mandaba todos los años un salchichón sabroso desde Berlín. El tío Antonio cada vez que veía una bandera, del color que fuera, se ponía firme y saludaba con un estruendoso ¡Heil Hitler! seguido de un: ¡qué viva el partido liberal!

Pobre nazi, pobre cachiporro Toño.

Yoreyana


Mejor conocida como Yolanda, es mi tía más cercana, hermana de mi madre y loca de remate. La tía Yoli tiene un nivel de aspirante en locura, tiene los ojos negros y entre otras cosas no tiene sentido del olfato y manifiesta que todos los helados le saben igual. No se ustedes pero yo también me volvería loca si algún día no puedo distinguir entre el sabor de un helado de chocolate y uno de feijoa.

Pobre tía, pobre loca Yolanda.

Esta es pues una mirada al triste pasado y al alocado, demente, paranoico y esquizofrénico futuro que les espera a mis críos.

Por eso, la próxima vez no se sorprendan ni se hagan preguntas “locas” cuando vean algún tweet, cuento o historia de este pechito. Recuerden que todo lo que escribo tiene una razón. Perdida, pero la tiene.

xxx cambio y fuera xxx

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