Archivos Mensuales: enero 2013

Iris

Ojalá pudiera comenzar esta historia con un simple “Había una vez” pero no, ésta es una de esas historias cuya narración pareciera estar hecha por un oficial de policía, por un investigador privado o por uno de esos freaks amantes de las historias de horror, de horror verdadero.

Esta historia la cuento yo, con mi voz, con mi lápiz, para liberarme de mis culpas, para alivianar el peso que me carcome el cuerpo y la garganta cada vez que hablo de ello.

Por supuesto que hablo de ello, solo, en mi intimidad, cuando estoy seguro que nadie me oye. Escribo esto ahora, antes de apuntar y disparar el arma en mi cabeza solo para tener la certeza que alguien, quien quiera que sea, conozca mi historia, una historia vista a través de los ojos de un hombre solitario que solía ser feliz hasta el día que perdió la cabeza.

Mi fascinación por los ojos comenzó cuando conocí a Susanita en la escuela. Esos ojos claros y enormes, con pinticas verdes y cafés me llevaban al infinito. Todo sería completamente normal si no fuera por esos extraños pensamientos que me abordaban al querer sacárselos en medio del recreo, de tenerlos en mis manos y jugar a las canicas con ellos.

Pasaron cerca de 6 años hasta el día en que volví a ver a Susanita y a sus ojitos entre mis dedos. Nadie lo supo, nadie extrañó a la pobre huérfana, Susanita.

Años tras años, veranos e inviernos que venían y se iban alimentaban mi pasión al correr con la suerte de no ser descubierto, y al saber que no despertaba la más mínima sospecha.

¿Acaso quién sospecharía del joven cristiano de la calle Green que ayudaba a los ancianos los domingos y asistía sagradamente al culto los miércoles por  la mañana?

Nadie se preguntaba por qué al hablar mantenía la mirada fija en los ojos, detectando cualquier movimiento, imaginando la mejor manera de sacarlos de las cuencas rojizas.

Ojos, solo quería ojos, para ponerlos a mi alrededor, para sentir su mirada silenciosa todo el tiempo, mientras dormía, mientras rezaba, mientras comía entre ellos.

Pronto descubrí, en una salida casual, que una interesante manera de desprender los ojos del rostro era usando una cuchara de helado. Mientras la señorita Missy sacaba del fondo del congelador bolitas perfectas de mi helado de amaretto, visualicé los movimientos en mi cabeza e ideé la forma de arrebatárselo. Esa misma tarde estaba Missy gritando frente a mi  mientras sacaba sus córneas que parecían bolas de helado fresco, con esas pupilas negras como galletas que pronto se tornaron rojas como el dulce de licor de agrás.

 

Todo era como un juego de niños, nada parecía importarme y nada me hacía más feliz que ver a mis cerca de 600 corneas por todo el lugar. Algunas noches tenía pesadillas en las que veía llegar a todas esas chicas que maté, desfiguradas y con dos grandes huecos en su cara, reclamándome sus ojos . Despertaba sudoroso, intranquilo y entonces solo podía imaginar el momento en que finalmente me atraparan, que alguien se diera cuenta de lo que pasaba en mi sótano cuando la noche caía.

Comencé a hablar con ellos -(mis ojos)- y podía ver cómo parpadeaban o se hacían miradas entre ellos. Miradas inquisidoras, inescrupulosas, vengativas me seguían a todas partes. ¡Es verdad! comencé a perder la cabeza. Pasaba días enteros en los que no comía nada y el sueño jamás se asomaba.

Conseguí algunas hojas y con lápiz en mano comencé a dibujar y escribir mi propio manual para sádicos amantes de las córneas claras. Perfeccioné mi herramienta y redacté cerca de 30 maneras diferentes para inmovilizar a las victimas. Algunas de mis ilustraciones eran muy fieles a la realidad, parecían repeticiones exactas de mis fríos pensamientos.

He notado, desde hace algún tiempo, que los vecinos andan husmeando por las ventanas. Creo que el olor a muerte los atrae, pero cuando me ven salir con la biblia en la mano, con mi traje completamente planchado todas sus sospechas se disipan.

Hoy asesiné a mi ultima víctima, mi único amigo y testigo de estos atroces eventos, mi gato Poe. Esos ojos pequeños pero profundos perdieron su color una vez los desprendí. Los llevaré en mis recuerdos y en el bolsillo del pantalón que llevo puesto.

Aún no llega para mi la hora del arrepentimiento y solo espero que quede en su memoria, querido lector, esta carta escrita por un  hombre que ahora lo observa, con los ojos inyectados de pecado, en un lugar oscuro, donde no se puede distinguir la puesta del sol.

 

xxxcambio y fueraxxx

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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¡Salta!

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Mientras mi cuerpo se estrellaba con el viento frío, vi ante mis ojos como las luces de los edificios construían figuras; figuras tan familiares como extrañas que me hicieron pensar, por un instante, en la ilusión de estar viendo una película. ¡Oh si!- me dije- entonces es así como la gente lo describe “ver pasar la vida ante tus ojos, como una película del pasado”. Días de playa, sonrisas fingidas, el amor que se fuga, la mirada perdida, cuerpos danzantes que tocan mi rostro como el aire frío, pesado, que amenaza con cerrar mis ojos.

Pasaron algunos minutos, tal vez solo un par de segundos antes de lograr distinguir el asfalto. Aquí voy. Todo termino. Es el fin.

 

xxcambio y fueraxx

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