Pereza olímpica

Van a cumplirse los primeros 10 días después de los Olímpicos de Londres 2012. Fueron más de 15 días frente al televisor, viendo como esos seres increíbles e invencibles luchaban por tener colgado al cuello algún disco de oro, plata o bronce que no solo les dice de primera mano que todo el esfuerzo valió la pena, sino que además los glorifica como deportistas superiores en cada una de sus disciplinas.

Como era de esperarse, sufrí, reí y disfruté mucho las transmisiones, los comentaristas ridículos y los memes de cuanta pendejada pasaba a diario en UK. Cada vez que 3 personajes subían al podio no podía evitar sentirme como una gorda de 180 kilos, comiendo basura entre las cobijas tibias de mi cama. Si, yo, que soy una  oda a la pereza, una mujer hecha y derecha que no descubrió ni descubrirá jamás el espíritu deportivo que muchos de ustedes, queridos lectores invisibles, podrán tener en sus puercas vidas.

Tengo que aceptarlo, me da envidia y hasta celos inmundos cuando veo la facilidad con la que muchos incluyen las rutinas de ejercicios en su vida. Trato de entender qué es lo que mueve a seres sobre humanos a salir de su trabajo para luego ir al gimnasio, madrugar y salir a trotar con ese frio quiebra huesos, o hasta tener un entrenador físico propio que le ayuda a sacar “ lo mejor de si” o “superar su propia marca” ¡bah! ¿A quién le importa? Es que acaso no tienen a alguien a quien echarle la pierna encima a las 5:30 de la mañana y dormir la ultima horita antes de ir a trabajar? o alguien que los espere en casa todas las tardes con un litro de coca cola helada, una pizza doble queso y un par de películas pirata para ver sin medias dentro de la cama. Y lo que es peor, ¿Qué es lo que en realidad los motiva a sudar como cerdos y a oler a mico a entre semana? Si hay algo que me aterra más que hacer ejercicio es el sudor. Camisas arruinadas con un mapa del tamaño de África entre las axilas, frente de cotero con gotas que alcanzan los ojos y hacen llorar, pelo grasoso y nauseabundo que pica con el calor, olores mixtos que se debaten entre el perfume del desodorante y la chucha de busetero que quiere salir poro a poro a contaminar el ambiente…. ¡Fo!

Como es de esperarse, este odio que a simple vista parece infundado tiene su historia; un cuento no muy bonito que me hizo odiar el deporte a mis tempranos 16 añitos.

En plena pubertad y tras haber idolatrado a Kirsten Dunst en “Triunfos Robados”, ser porrista y capitana del equipo de animadoras era uno de mis tantos sueños frustrados. Gimnasia acrobática, baile y faldas cortas era todo lo que necesitábamos las niñas de entonces para ser populares. Como todos sabrán (y pues si no sabían les cuento) yo crecí y pasé gran parte de mi adolescencia en un pueblito del altiplano cundiboyacense llamado Ubaté. Allá -en aquel tiempo- escasamente llegaba la música que se escuchaba en las mal sintonizadas emisoras bogotanas, y eso de soñar con un equipo de porristas, era una fantasía  lejana que se quedaba en las películas. Hasta que un día, llegó al pueblo un señor que se jactaba de decir que había dirigido a varios “squad” de “cheerleaders”.

Pronto, y tras meses de entrenamientos, campamentos fuertes y rutinas con términos gringos (clap, up, down jump smile) nos convenció de que nosotras, las porristas pueblerinas, estábamos al nivel de ir a unos nacionales. Esa ilusión creció en nuestras estiradas y no tan fingidas sonrisas que desde el primer momento nos comprometimos a hacer hasta lo imposible para lograrlo. Como es de imaginarse, la mayoría de niñas pertenecientes al “Squad Ubatence” pertenecían a veredas y comunidades de escasos recursos, por lo cual un viaje a Santa Marta para 30 niñas, 4 días 3 noches, estaba más que fuera del presupuesto. Como capitana del equipo (porque logré tener el tan anhelado título) programé una junta con los padres de familia y comenzaríamos todos juntos a hacer actividades para conseguir el dinero. Fiestas, bazares, rifas, almuerzos, y hasta limosnas recogimos para completar la cuota para cada niña, aunque eso implicara de entrada un viaje largo en bus, largas jornadas de entrenamiento y un sinnúmero de sacrificios que se apaciguaban con la ilusión de ir hacia el mar y volver con una posición, cualquiera que fuera, en el podio.

Faltando apenas una semanas para la gran competencia, la junta entregó a nuestro entrenador el dinero de las niñas que cubriría todas las necesidades en la competencia. Días después, el maldito hijo de perra llamado Angelo (¿quien puede confiar en alguien con un nombre así?) desapareció del mapa con nuestro dinero, nuestras esperanzas y con mi último intento por entregarle mi vida al deporte.

Es así como llevo una vida sedentaria, con un gordito aquí y allá que pretendo disimular vomitando de vez en cuando, porque me rehúso a pertenecer a esa elite de brazos y piernas tonificadas y abdómenes de acero. Ahora me paso la vida buscando a un hombre que me quiera con todo y mi pereza engordada, que le guste dormir hasta tarde y pararse con un pote de helado de chocolate frente a la vitrinas de los gimnasios de la ciudad. Un hombre que quiera ganarse una medalla de oro por hacerme sudar de amor en la media maratón de mi cama.

 

xxxcambio y fueraxxx

 

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5 pensamientos en “Pereza olímpica

  1. konny dice:

    Me consta que por eso buscas mi talento para mantenerte flaca. O sea que sigues sin saber qué deporte practicar&!!!!

  2. Ay, ay, ay… tanto para comentar!El cuento del entrenador embustero esta muy bueno! Sé que es cruel y todo, pero me lo imagino viendo a un grupo de niñas como su oportunidad para llevar a la moza a la playa con todos los gastos pagados.Pero bueno, ya respecto al tema del porqué la gente hace deporte, porque algunos empleamos parte de nuestra vida por entrenar, por rompernos, por quedar rendido es bien particular.En mi caso, claramente no se trata de la búsqueda de la gloria olímpica, sino de algo mas sencillo y es que no sabés cuán divertido es retarse a uno mismo: Vencer los miedos, la pereza mañanera, el no puedo, el me da miedo… la sensación que sentís cuando te ganás es lo mejor de todo.Animese! Coja su bici-hipster y pedalee! Regrese del trabajando dando biela, vuelva y suba por la 72 con odio, sienta que se le queman las piernas, que el aire que respira no es suficiente… inténtelo una vez y luego repita su hazaña, pero esta vez con la obligación de hacerlo mejor que la vez anterior.Pueden ser consuelos tontos, pero se siente muy bien cuando sabes que sos mejor que vos misma.

  3. cjacquinv dice:

    Interesante historia, bastante parecida a un par de sucesos que tuve en mi vida cuando quise entrenar artes marciales. Logré aprender mucho y supuestamente un rango alto, pero los profesores no eran de confianza, hicieron muchos estragos económicamente hablando.

  4. Raul Amaru dice:

    Tá bueno el "cuento" del final. De lo otro pues qué le cuento… A mí me gusta el sudor, es mi manera de comprobar que estoy vivo. A veces no es suficiente y después de correr verifico con tacto y olfato que la prenda haya quedado como es debido: oliendo a mí. Nada más rico que un baño después de haber sudado "como cerdo". Aunque como un cerdo no es precisamente que me siento después de haber sudado 8km de ruta. Más bien me siento ligero, relajado, reconciliado conmigo. Como un cerdo puedo llegar a sentirme acostado tragando porquerías en mi cama un sábado -con el respeto que los cerdos me merecen. Pero muerto es que me siento cuando me duelen la panza, los huesos y la espalda a causa del estreñimiento y el sedentarismo. Por eso es que salgo a correr, para constatar que estoy vivo y que me gusta respirar. Tal vez cuando llegue usted al tercer piso lo entienda.

  5. […] dos meses era yo quien escribía cosas como estas, quien soñaba con tener un cuerpo perfecto sin el más mínimo esfuerzo y quien pensaba que el […]

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