Luciano el anciano

Pasaba días enteros metido entre la hierba alta, me gustaba respirar ese olor a tierra que tantos recuerdos me traía de tiempo atrás, cuando era mucho más pequeño y donde todo parecía tan grande como simple. En las tardes calurosas rasgaba la corteza de los arboles con mis uñas hasta llegar a la capa profunda y carnosa que me hacía sangrar. En las tardes frías o lluviosas juntaba mi cuerpo debajo de un par de tejas del jardín y allí me sumergía en largas siestas que siempre se prolongaban hasta bien entrada la noche. Ahhh la noche.

Cuando la noche llegaba mis pupilas excitadas parecían dominarme y me transportaban a lugares diferentes cada vez. Recorría al trote las calles, los basureros, las ventanas y los tejados de todas las casas del barrio Nápoles. Ahh el barrio. Ese lugar lleno de gente, niños, pelotas de colores y deliciosos pájaros amarillos. Esos torpes e ingenuos pájaros que se dejaban conquistar con el danzar de mi peluda cola y que podía saborear hasta la última pluma.

El lugar donde esperaba ansioso mi cena era el jardín de hierba alta del anciano Luciano. Un hombre encorvado y olvidado que durante años se negó a podar su jardín, el cual no solo era mi patio de juegos, sino también el lugar donde se alojaban los más variados y deliciosos platos para todos los días: lunes de ratitas, martes de renacuajos, miércoles de pajaritos, jueves de ardillas y viernes, ahhhh viernes de estofado de gusanos.

Luciano salía solo una vez por semana y me ofrecía un poco de leche agria. Él solía llamarme con un silbido que podría reconocer a kilómetros de distancia. Ahhh ese silbido que venía acompañado del sonido que hacía la tacita de metal al tocar el trozo de madera vieja donde lo ponía para mi. El viejo me acariciaba el lomo mientras yo tomaba y ronroneaba plácidamente con cada sorbo. Sus dedos ásperos y su leche agria me producían tal satisfacción que sentía que no quería irme nunca de allí ¿qué más podía pedir? Tenia una selva de maleza repleta de manjares, leche agria semanal y caricias en el lomo. Ahhh esas caricias de lomo que me hacen ronronear de solo recordarlo.

Luciano, el jardín y yo teníamos una rutina bien definida y parecía que todos éramos felices. Yo desaparecía en las noches, jugaba en el día y cenaba como rey. Hasta que un día, una mañana de otoño, noté con extrañeza que hacía varios días que el viejo no salía de su casa a compartirme su leche. Rápidamente trepé el árbol de corteza roída y corrí por las ramas que llegaban hasta la ventana del cuarto principal. Recorrí el tejado deteniéndome en cada ventana tratando de encontrar la figura encorvada entre antigüedades y muebles viejos cubiertos con sábanas blancas. Trepé una vez más y me aventé por la chimenea para entrar a la casa. Tras una caída impecable y un estornudo de polvo camine con sigilo por todo el lugar.

El olor a madera húmeda me envolvía y el temor a ser descubierto me erizaba los pelos de la nuca. Con las pupilas más dilatadas que nunca recorrí cada detalle de esa casa, hasta ahora completamente desconocida para mi.

Periódicos, comida podrida, y libros viejos era todo lo que acompañaba a los muebles viejos. Una pequeña brisa me hizo caminar hacia unas escaleras que llevaban al sótano. Ahhh ese frío y oscuro sótano, ¡como quisiera no haber entrado nunca allí!

Bajo esas escaleras rotas encontré el encorvado cuerpo de Luciano colgando de una cuerda al techo y con un banquillo tirado en el suelo a no menos de 10 centímetros de sus pies suspendidos en el aire. Lo juro por mis barbas que lo que allí se respiraba no era aire, era denso, era negro y nostálgico.

Recuerdo haber salido corriendo de esa casa seguido de un relámpago fuertísimo que trajo un largo aguacero que no cesó hasta bien entrada la noche. Ahhh esa noche, mi primera noche bajo esa teja, acurrucado, mojado y temblando.

Pasaron varios días y nadie se percató de la ausencia de Luciano. El barrio Nápoles seguía igual, con los niños gritando por doquier, con las ratas hambrientas brincando de jardín a jardín. Mi selva se hacía cada vez más espesa y húmeda, tanto que ahuyentó a los pájaros amarillos y dio cabida a nuevos y asquerosos insectos.

Luego pasaron meses, quizás años, hasta que la casa fue habitada nuevamente. Una familia compró la casa, podó el césped y desechó las tejas que me servían de refugio. Yo partí del barrio esa tarde, ahhh esa tarde en la que casi podía oír el silbido de Luciano, el sonido de la tacita de metal tocando la madera, el cantar de los ingenuos pájaros amarillos y sentir en mi lengua el frío sabor de la leche agria.

xxxcambio y fueraxxx

Este fue mi último ejercicio enviado para el curso de Aula de Escritores. Espero lo hayan disfrutado tanto como yo al escribirlo. 

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