Archivos Mensuales: agosto 2012

Pereza olímpica

Van a cumplirse los primeros 10 días después de los Olímpicos de Londres 2012. Fueron más de 15 días frente al televisor, viendo como esos seres increíbles e invencibles luchaban por tener colgado al cuello algún disco de oro, plata o bronce que no solo les dice de primera mano que todo el esfuerzo valió la pena, sino que además los glorifica como deportistas superiores en cada una de sus disciplinas.

Como era de esperarse, sufrí, reí y disfruté mucho las transmisiones, los comentaristas ridículos y los memes de cuanta pendejada pasaba a diario en UK. Cada vez que 3 personajes subían al podio no podía evitar sentirme como una gorda de 180 kilos, comiendo basura entre las cobijas tibias de mi cama. Si, yo, que soy una  oda a la pereza, una mujer hecha y derecha que no descubrió ni descubrirá jamás el espíritu deportivo que muchos de ustedes, queridos lectores invisibles, podrán tener en sus puercas vidas.

Tengo que aceptarlo, me da envidia y hasta celos inmundos cuando veo la facilidad con la que muchos incluyen las rutinas de ejercicios en su vida. Trato de entender qué es lo que mueve a seres sobre humanos a salir de su trabajo para luego ir al gimnasio, madrugar y salir a trotar con ese frio quiebra huesos, o hasta tener un entrenador físico propio que le ayuda a sacar “ lo mejor de si” o “superar su propia marca” ¡bah! ¿A quién le importa? Es que acaso no tienen a alguien a quien echarle la pierna encima a las 5:30 de la mañana y dormir la ultima horita antes de ir a trabajar? o alguien que los espere en casa todas las tardes con un litro de coca cola helada, una pizza doble queso y un par de películas pirata para ver sin medias dentro de la cama. Y lo que es peor, ¿Qué es lo que en realidad los motiva a sudar como cerdos y a oler a mico a entre semana? Si hay algo que me aterra más que hacer ejercicio es el sudor. Camisas arruinadas con un mapa del tamaño de África entre las axilas, frente de cotero con gotas que alcanzan los ojos y hacen llorar, pelo grasoso y nauseabundo que pica con el calor, olores mixtos que se debaten entre el perfume del desodorante y la chucha de busetero que quiere salir poro a poro a contaminar el ambiente…. ¡Fo!

Como es de esperarse, este odio que a simple vista parece infundado tiene su historia; un cuento no muy bonito que me hizo odiar el deporte a mis tempranos 16 añitos.

En plena pubertad y tras haber idolatrado a Kirsten Dunst en “Triunfos Robados”, ser porrista y capitana del equipo de animadoras era uno de mis tantos sueños frustrados. Gimnasia acrobática, baile y faldas cortas era todo lo que necesitábamos las niñas de entonces para ser populares. Como todos sabrán (y pues si no sabían les cuento) yo crecí y pasé gran parte de mi adolescencia en un pueblito del altiplano cundiboyacense llamado Ubaté. Allá -en aquel tiempo- escasamente llegaba la música que se escuchaba en las mal sintonizadas emisoras bogotanas, y eso de soñar con un equipo de porristas, era una fantasía  lejana que se quedaba en las películas. Hasta que un día, llegó al pueblo un señor que se jactaba de decir que había dirigido a varios “squad” de “cheerleaders”.

Pronto, y tras meses de entrenamientos, campamentos fuertes y rutinas con términos gringos (clap, up, down jump smile) nos convenció de que nosotras, las porristas pueblerinas, estábamos al nivel de ir a unos nacionales. Esa ilusión creció en nuestras estiradas y no tan fingidas sonrisas que desde el primer momento nos comprometimos a hacer hasta lo imposible para lograrlo. Como es de imaginarse, la mayoría de niñas pertenecientes al “Squad Ubatence” pertenecían a veredas y comunidades de escasos recursos, por lo cual un viaje a Santa Marta para 30 niñas, 4 días 3 noches, estaba más que fuera del presupuesto. Como capitana del equipo (porque logré tener el tan anhelado título) programé una junta con los padres de familia y comenzaríamos todos juntos a hacer actividades para conseguir el dinero. Fiestas, bazares, rifas, almuerzos, y hasta limosnas recogimos para completar la cuota para cada niña, aunque eso implicara de entrada un viaje largo en bus, largas jornadas de entrenamiento y un sinnúmero de sacrificios que se apaciguaban con la ilusión de ir hacia el mar y volver con una posición, cualquiera que fuera, en el podio.

Faltando apenas una semanas para la gran competencia, la junta entregó a nuestro entrenador el dinero de las niñas que cubriría todas las necesidades en la competencia. Días después, el maldito hijo de perra llamado Angelo (¿quien puede confiar en alguien con un nombre así?) desapareció del mapa con nuestro dinero, nuestras esperanzas y con mi último intento por entregarle mi vida al deporte.

Es así como llevo una vida sedentaria, con un gordito aquí y allá que pretendo disimular vomitando de vez en cuando, porque me rehúso a pertenecer a esa elite de brazos y piernas tonificadas y abdómenes de acero. Ahora me paso la vida buscando a un hombre que me quiera con todo y mi pereza engordada, que le guste dormir hasta tarde y pararse con un pote de helado de chocolate frente a la vitrinas de los gimnasios de la ciudad. Un hombre que quiera ganarse una medalla de oro por hacerme sudar de amor en la media maratón de mi cama.

 

xxxcambio y fueraxxx

 

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Luciano el anciano

Pasaba días enteros metido entre la hierba alta, me gustaba respirar ese olor a tierra que tantos recuerdos me traía de tiempo atrás, cuando era mucho más pequeño y donde todo parecía tan grande como simple. En las tardes calurosas rasgaba la corteza de los arboles con mis uñas hasta llegar a la capa profunda y carnosa que me hacía sangrar. En las tardes frías o lluviosas juntaba mi cuerpo debajo de un par de tejas del jardín y allí me sumergía en largas siestas que siempre se prolongaban hasta bien entrada la noche. Ahhh la noche.

Cuando la noche llegaba mis pupilas excitadas parecían dominarme y me transportaban a lugares diferentes cada vez. Recorría al trote las calles, los basureros, las ventanas y los tejados de todas las casas del barrio Nápoles. Ahh el barrio. Ese lugar lleno de gente, niños, pelotas de colores y deliciosos pájaros amarillos. Esos torpes e ingenuos pájaros que se dejaban conquistar con el danzar de mi peluda cola y que podía saborear hasta la última pluma.

El lugar donde esperaba ansioso mi cena era el jardín de hierba alta del anciano Luciano. Un hombre encorvado y olvidado que durante años se negó a podar su jardín, el cual no solo era mi patio de juegos, sino también el lugar donde se alojaban los más variados y deliciosos platos para todos los días: lunes de ratitas, martes de renacuajos, miércoles de pajaritos, jueves de ardillas y viernes, ahhhh viernes de estofado de gusanos.

Luciano salía solo una vez por semana y me ofrecía un poco de leche agria. Él solía llamarme con un silbido que podría reconocer a kilómetros de distancia. Ahhh ese silbido que venía acompañado del sonido que hacía la tacita de metal al tocar el trozo de madera vieja donde lo ponía para mi. El viejo me acariciaba el lomo mientras yo tomaba y ronroneaba plácidamente con cada sorbo. Sus dedos ásperos y su leche agria me producían tal satisfacción que sentía que no quería irme nunca de allí ¿qué más podía pedir? Tenia una selva de maleza repleta de manjares, leche agria semanal y caricias en el lomo. Ahhh esas caricias de lomo que me hacen ronronear de solo recordarlo.

Luciano, el jardín y yo teníamos una rutina bien definida y parecía que todos éramos felices. Yo desaparecía en las noches, jugaba en el día y cenaba como rey. Hasta que un día, una mañana de otoño, noté con extrañeza que hacía varios días que el viejo no salía de su casa a compartirme su leche. Rápidamente trepé el árbol de corteza roída y corrí por las ramas que llegaban hasta la ventana del cuarto principal. Recorrí el tejado deteniéndome en cada ventana tratando de encontrar la figura encorvada entre antigüedades y muebles viejos cubiertos con sábanas blancas. Trepé una vez más y me aventé por la chimenea para entrar a la casa. Tras una caída impecable y un estornudo de polvo camine con sigilo por todo el lugar.

El olor a madera húmeda me envolvía y el temor a ser descubierto me erizaba los pelos de la nuca. Con las pupilas más dilatadas que nunca recorrí cada detalle de esa casa, hasta ahora completamente desconocida para mi.

Periódicos, comida podrida, y libros viejos era todo lo que acompañaba a los muebles viejos. Una pequeña brisa me hizo caminar hacia unas escaleras que llevaban al sótano. Ahhh ese frío y oscuro sótano, ¡como quisiera no haber entrado nunca allí!

Bajo esas escaleras rotas encontré el encorvado cuerpo de Luciano colgando de una cuerda al techo y con un banquillo tirado en el suelo a no menos de 10 centímetros de sus pies suspendidos en el aire. Lo juro por mis barbas que lo que allí se respiraba no era aire, era denso, era negro y nostálgico.

Recuerdo haber salido corriendo de esa casa seguido de un relámpago fuertísimo que trajo un largo aguacero que no cesó hasta bien entrada la noche. Ahhh esa noche, mi primera noche bajo esa teja, acurrucado, mojado y temblando.

Pasaron varios días y nadie se percató de la ausencia de Luciano. El barrio Nápoles seguía igual, con los niños gritando por doquier, con las ratas hambrientas brincando de jardín a jardín. Mi selva se hacía cada vez más espesa y húmeda, tanto que ahuyentó a los pájaros amarillos y dio cabida a nuevos y asquerosos insectos.

Luego pasaron meses, quizás años, hasta que la casa fue habitada nuevamente. Una familia compró la casa, podó el césped y desechó las tejas que me servían de refugio. Yo partí del barrio esa tarde, ahhh esa tarde en la que casi podía oír el silbido de Luciano, el sonido de la tacita de metal tocando la madera, el cantar de los ingenuos pájaros amarillos y sentir en mi lengua el frío sabor de la leche agria.

xxxcambio y fueraxxx

Este fue mi último ejercicio enviado para el curso de Aula de Escritores. Espero lo hayan disfrutado tanto como yo al escribirlo. 

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