Fuera de lugar

Salí de mi casa muy afanada y preocupada como todos los inicios de semana. Tenía un montón de trabajo acumulado y para variar mi alarma no había sonado a las 6 am como de costumbre y gracias a mi reloj biológico alcancé a abrir los ojos a las 7 de la mañana, ni un minuto más, ni un minuto menos. De un brinco llegué al baño y aun cuando pensaba que no iba a alcanzar a llegar a tiempo, a las 7:30 ya me encontraba esperando el bus en el paradero.

Como todos los lunes, el bus quería explotar de gente. Al hacer la parada descubrí que iba a tener que irme un buen tramo colgando de la puerta a la espera que algunos pasajeros se bajaran. Por fortuna unas cuadras mas adelante pude entrar por completo y hasta logré sentarme en una silla de adelante que recién desocupaban.
A mi lado y algo espichado se encontraba un hombre de unos 33 años de edad, con su cabello envuelto en gel, con un barato, oscuro y arrugado traje gris. Cargaba en su mano derecha un maletín color café y con su brazo izquierdo trataba de sostenerse de la barra superior del autobús. Me compadecí de su incomoda posición y le pregunté si quería que le llevase su maletín, a lo que el contestó con un “no” mudo. Me pareció algo tosco y descortés su gesto. Esa extraña forma en que arrugó sus cejas y movió su cabeza como si le hubiese pedido algo imposible. Yo, resignada,  me quedé mirando a la ventana y  trataba de imaginar la vida de ese misterioso personaje. Llegué a fantasear con la idea de que aquel hombre llevaba en su maletín una muñeca inflable, que cargaba celosamente. Una mujer de 2 metros, de piel oscura y caderas prominentes hecha de flexible poliuretano.

Pasaron algunas cuadras más y poco a poco iban quedando lugares libres en el bus. La silla que estaba frente a mí quedó libre y el personaje del maletín se acomodó allí. Al lado se encontraba un hombre con audífonos que no paraba de hablarle del triunfo de su equipo Santa Fe la noche anterior. Tímidamente intentaba tener una charla anónima con su compañero de silla, de esas charlas a las que uno contesta cortésmente asintiendo o sonriendo. Lo raro era que el personaje no asentía ni contestaba a su vecino. Yo trataba de mirarle por el reflejo del acrílico del bus que tenía un sticker del Divino Niño Jesús pero su rostro no expresaba ninguna emoción. ¿Será sordo? pensé mientras miraba con detalle cada uno de sus cabellos aplastados y pegados a su cráneo con el gel. Dentro de mi minuciosa inspección noté que en su mejilla izquierda tenía una gota gruesa de sangre seca y de nuevo sumergí mis pensamientos tratando de narrar en mi cabeza cómo había conseguido esa cortada. Tal vez esta mañana, mientras yo luchaba con el tiempo, el se afeitaba en el baño y al escuchar el grito orgásmico de su vecina levanto de un brinco la piel de su cachete con la afilada cuchilla. Lavando su cara con abundante agua se olvidó de esa gota que brotó en su cara una vez abandonó el baño y que se secó hasta volverse más oscura, permaneciendo en silencio y agarrada a su piel hasta ese instante en el que yo podía verle claramente.

Segundos después noté que por andar enredada en las historias de mi cabeza, el bus se alejaba rápidamente de mi paradero. De un brinco, ( este parecía ser un lunes de afanosos brincos) llegué a la puerta del bus y mientras timbraba miré por ultima vez al misterioso pasajero de sangre seca, traje barato y gel en el pelo, que no asentía y que parecía cargar con una muñeca afro descendiente inflable en su maletín.

Pasaban las horas en el trabajo y rápidamente me sumergí entre correos electrónicos, conversaciones de chat y reuniones. Llegada la tarde era hora de irse a casa, pero antes decidí darle una mirada a las noticias del día entrando a la web del periódico más importante del país.  En primera plana y con titular en rojo aparecía la noticia más reciente del momento en la que se decía abiertamente:

Mató a hincha de Santafé en un bus al norte de la ciudad” Seguida de una imagen de un hombre de traje gris que intentaba taparse la cara mientras un par de policías lo llevaban de los brazos. Clara y enorme era la foto donde podía ver que aun cuando el hombre intentaba taparse la cara, quedaba al descubierto su mejilla cortada, se veía a la perfección aquella marca inconfundible de sangre seca, del misterioso pasajero  de la mañana.

“ (…) esta mañana un hombre que responde al nombre de Elias Montenegro tomó la ruta que recorre la carrera séptima hacia la calle 100 y a la altura de la carrera 15 sacó de su maletín un arma calibre 38 y arremetió contra los pasajeros que se encontraban en la ruta, resultando como única victima el vecino de puesto de Montenegro, el señor Rogelio Melendez. Los hechos aun no han sido esclarecidos pero los testigos aseguran que el presunto agresor inició una disputa con el señor Melendez por asuntos referentes al partido de anoche en el que el equipo Santa Fe resultara campeón. Montenegro fue puesto a orden de las  autoridades judiciales donde deberá responder por los delitos de homicidio a mano armada(…)”

Horrorizada cerré la ventana, apague el computador y reviví en mi cabeza uno a uno los instantes de la mañana. Tomé mi bolso y salí corriendo hacia mi casa. Me apresuré a llegar a la carrera séptima donde solo esperaba que un taxi me llevara pronto a casa. Un Chevrolet viejo fue el único amarillo que respondió a mi parada. Me subí temblando, y muy nerviosa cerré la puerta. Cuando me disponía a darle la dirección de mi casa al taxista, noté que traía puesta una camiseta azul rey con el enorme escudo de Millonarios, una inconfundible mancha de sangre seca en su mejilla derecha y un sospechoso maletín que reposaba en el asiento del copiloto. Durante todo el viaje observé sus movimientos por el espejo retrovisor mientras me hablaba del partido de la noche anterior. Ese hombre de avanzada edad maldecía y perdía la respiración con cada frase… En ese momento mi cabeza se quedó en blanco, ya no podía fantasear con historias ¡Ni sisquiera podía moverme! Estaba en el asiento trasero de ese taxi completamente horrorizada, inmóvil y lo único que podía hacer era sonreir y asentir con la cabeza .

xxxcambio y fueraxxxx

 

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La Misericordia

Se encontraba viajando en un bus viejo a 500 kilómetros por hora Juan De La Esfinge o Maria Antonia De Henares. Nadie sabe lo que sus ojos buscaban perdidos en la ventana por las calles que transitaba. Faltaban mas o menos 3 horas de viaje atravesando esa fría ciudad que apenas se despertaba con los primeros rayos de sol.

Las sillas se llenaban de a pocos con trabajadores asalariados que subían y le miraban de reojo. Nadie comprendía en realidad que mientras para muchos se trataba de un simple día camino el trabajo, para Juan De La Esfinge o Maria Antonia de Henares era el pasaje directo a la metamorfosis, a la resurrección del espíritu interno.

Barrios opulentos de casas grandes y frondosas, con rubias señoras y sirvientas negras que componían las camisas de los niños rubios esperando la ruta escolar, pisando el verde antejardín  humedecido por las ráfagas de agua que se esparcían por todo el terreno. Mujeres y hombres trotando con sus audífonos blancos y sudaderas de colores, con perros de raza babeando y jadeando con la lengua afuera, perros rubios que ladraban al ver pasar el bus; ese bus repleto de asalariados y de los inundados pensamientos que tenia Juan De La Esfinge o Maria Antonia de Henares al mirar por la ventana.

Pronto llegaron los barrios de invasión, sin antejardines de película ni perros de raza con sirvientas negras. En cambio si, había mucho negro con jeringas atravesadas en los antebrazos, perros sin pelo a lado y lado de la carretera con las tripas saliéndose por el trasero y los carroñeros comiéndole la lengua, esa lengua negra que poco a poco dejó de jadear y de ladrar por el hambre quizás o por la falta de un amo.

En esas calles olvidadas, por las que nadie quiere pasar sin un amo, se repiten en cada esquina frases de amor a cualquier centavo. Mira de reojo las piernas de los travestis y las prostitutas desde el bus Juan De La Esfinge imaginando que tal vez Maria Antonia de Henares podría estar allí, con unos tacones rosa y unas medias de malla, con medio cuerpo por fuera y medio dentro de un carro, chupando la verga de un borracho asalariado, que gasta parte de sus sueldo en mujeres sin dientes, que entre jadeos y hambre reparten cariño de esquina a esquina.

Pasan las horas perdidas y el recorrido casi llega a su fin. El sonido estruendoso del freno del bus y la puerta trasera que se abre acompañan la áspera voz del conductor que proclama: – Ultima parada: estación San Vicente de Paúl: Hospital de la Misericordia-

Los asalariados, que ahora parecen tristes máquinas del sur, se levantan de sus lugares y parecieran marchar juntos hacia la salida. Mientras tanto, Juan De La Esfinge sueña con salir del hospital la bien llamada Misericordia con unas nuevas tetas, con un nuevo cuerpo reconocido de reojo como Maria Antonia de Henares, que parada en la estación San Vicente de Paúl, con tacones rosa y medias de malla, espera el bus de regreso, con sus ojos, esos ojos perdidos que se pierden en la ventana.

 

 

 

xxxcambio y fueraxxxx