El último grito de la moda

Salía todos los días mi casa a las cinco y quince de la mañana, cogía el bus a las cinco y media y a eso de las siete en punto estaba tocando el timbre en la casa de la Señorita Lulú, una vieja repugnante de cincuenta y seis  años, solterona y puta, -(solterona por elección y puta por convicción)- a la que yo le lavaba su ropa, limpiaba sus trastes, desinfectaba sus asquerosos baños y usaba su preciosa y costosa ropa.  

La señorita Lulú me recibía cada mañana en la entrada de su casa, con un bolso en la mano derecha y el celular en la izquierda. Bajaba sus lentes oscuros para saludarme con sus ojos, y haciendo un gesto de afán me entregaba las llaves y partía dejando una estela de perfume Cartier, Carolina Herrera o Dior. Yo podía diferenciarlos y hasta sabía qué días de la semana prefería usar éste o aquél, porque por supuesto, también bañaba mi cuerpo en sus exquisitas y lujosas fragancias. 

Tan pronto como cerraba la puerta, corría al cuarto de Miss Lulú, abría de par en par su closet y escogía qué vestido, zapatos, cartera y sombrero usaría para realizar los quehaceres de la mañana. Repartía las semanas con lunes Gucci para lavar la ropa; martes de trastes con un Dolce & Gabbana; miércoles de cocina con Valentino; y los jueves y viernes me debatía entre Versacce o Marchesa para lavar los baños. 

Un jueves, mientras arrodillada restregaba el baño, escuché algo en el primer piso. Miré el reloj Cartier que me había puesto e indicaba que eran las doce menos cuatro, era demasiado temprano para que Lulú volviera de sus citas clandestinas, así que no le presté demasiada atención y continué mi labor. Pasaron – diría yo-  unos cuarenta segundos, cuando escuché el inigualable sonido de los tacones Jimmy Choo de la señorita Lulú aproximarse por el pasillo. Entré en pánico ¿qué demonios iba hacer? Si la señorita me veía con toda su ropa puesta me mataría, ya no tenía tiempo para cambiarme ni mucho menos para intentar esconderme. Respiré hondo y al sonido del paso firme del los tacones aproximándose y apoyándome contra la puerta del baño esperé erguida. Zafé rápidamente uno de los zapatos que traía puestos y cuando a través del espejo vi que la vieja se acercaba lo suficiente como para poder verme, lo tomé en mi mano derecha y le lancé un golpe con tal fuerza que le atravesé la garganta con el tacón de 10 centímetros desde la nuca. ¡¡Ah!!! con esos irresistibles zapatos verde neon de Michael Korss que habían sido mis elegidos para esa mañana de limpieza.

Mientras la veía morir en el piso, yo, sentada en el inodoro intentaba quitarme las salpicaduras de sangre de las medias veladas. Pensaba -irónicamente- que había caído muy bajo por estar a la moda. Me había convertido en esas viejas como la señorita Lulú que se acostaba con hombres adinerados solo para poder comprarse ropa de lujo. ¿Pero que digo? ¡Si soy mucho peor! . Mientras ella tenía orgasmos pensando en sus próximos Prada, yo había decidido atravesarle el cuello con un tacón, antes de renunciar a sus vestidos.

Luego algunos segundos de acostumbrados lamentos, comencé a pensar en las ventajas de mi atroz acto, ahora podía quedarme con todo, siempre y cuando pudiera deshacerme del cuerpo sin levantar sospechas…

Volví a respirar hondo, y mirándome al espejo con una sonrisa tímida compuse mi pelo enredado, y mi labial corrido. Prendí un cigarrillo y comencé a maquinar mi plan. Una vez lo tuve claro en mi cabeza, saqué con mucho cuidado el zapato de su garganta, me lo puse en el pié frío y comencé a limpiar gustosa ese asqueroso baño de sangre, no con blanqueador ni lavapisos,- no , no, no – iba a pulir esas jodidas baldosas con el mejor champagne de la casa, porque esta vez había un verdadero motivo para celebrar.

xxxcambio y fueraxxx

 


 

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