Extraño triángulo amoroso

Con una mirada ausente y los labios secos nos despedimos en esa esquina. Era cuando apenas comenzaban las vacaciones y recuerdo lo triste que me sentí, pues ya no sabía con quien pasar las interminables tardes que se me venían encima. 

 Yo conocí a Juanita la mañana en que se estaba trasteando a la casa vecina, donde por muchos años vivieron unas viejitas brujas. Eran dos ancianas de pelo blanco y figura encorvada que miraban raro y casi nadie les conocía la voz. Mi abuela solía decir que hacían brujería en esa casa y que por eso nuestro perro aullaba sin cesar mirando hacia esa casa todas las madrugadas, a eso de las 3.

Ese día Juanita tenía un vestido verde menta con un par de rosas color rosa que adornaban la parte baja de su hombro izquierdo. Recuerdo perfectamente que yo estaba mirando desde el segundo piso de la alcoba de mis padres. Yo soplaba el vidrio hasta hacerlo empañar para luego escribir mi nombre: “Josué”, lo borraba con la manga del saco del colegio, volvía a soplar y con el dedo dibujaba un carro, borraba de nuevo con la manga y escribía “Camilo es un mariquita” -¿Quien es Camilo y por qué es mariquita?- preguntaba mi papá quien me miraba desde la mecedora donde releía a Twain. Yo me apresuraba y borraba con la manga y le decía que Camilo guardaba una foto de Luis Miguel en el pupitre y eso me hacía pensar que era un mariquita. Cuando me disponía a escribir de nuevo en el vidrio mojado por mi aliento, apareció el Volkswagen del papá de Juanita, de allí se bajó ella con el vestido color menta de rosas en el hombro izquierdo, con una maleta café, unos zapatos blancos de charol y un oso desmarañado color gris. Su papá y su mamá habían arrendado la casa luego que las viejitas murieran el 31 de octubre de 1987 a las 3 de la madrugada. Casi un año y un mes después, en esa mañana de noviembre del 88 yo veía desde el vidrio nublado por mi aliento a esa niña linda que llegaba al barrio para ser mi vecina, con un oso descocido y un vestido color menta.

– Josué, Manolo y Berta bajen rápido, vamos a saludar a los nuevos vecinos!!!- Gritó mi mamá desde la cocina. Mi papá, mi abuela y yo nos miramos con cara de tedio y cual ejército procedimos a atender el llamado en fila india. Cuando bajamos mi mamá tenía una tarta de frambuesa recién horneada para regalarles a los nuevos vecinos. – ¿viste que tienen una niña Josué? puedes invitarla al parque, y si te portas bien, hasta pueden hacer campamento en el jardín. En ese momento imaginé mostrándole renacuajos a la “vecina” y ella poniendo sus manos en sus cachetes salía a correr desconsolada. Me reí al recrear en mi mente tal situación, a lo que mi abuela contestó “Josué, el que ríe solo, de sus picardías se acuerda…- Bueno bueno, salgamos de esto pronto – interrumpió mi papá- quiero volver a mi libro.

Salimos de nuestra casa y fue mi madre la primera en saludar- Bienvenidos a este barrio, acá les tenemos una tarta para que se sientan como en casa, yo me llamo Mariela, éste es Manolo mi esposo y Berta mi suegra, el pequeñín es mi hijo Josué…-  a lo que la señora mamá de Juanita contestó- Muchas gracias! tarta de frambuesas yummi tu preferida Juanita- le dijo entregándole el plato con la tarta recién horneada – Mucho gusto vecinos yo me llamo Lucia, mi esposo Jaime- quien nos saludó de lejos mientras terminaba de sacar el equipaje- y esta chiquitina se llama Juanita, saluda Juanita- le dijo mientras le daba un empujoncito en el hombro- Juanita es muy tímida, -replicó-

La conversación continuó entre los adultos y mientras tanto yo no podía dejar de mirar a Juanita, ella miraba la tarta de frambuesa y de vez en vez metía la punta de su índice y comía el dulce que le quedaba en el dedo. En un movimiento que casi no percibo miró al oso enmarañado y dijo- Ésta es lola, me la regalaron el día que nací- yo estiré mi brazo y tomando el lánguido brazo de lana vieja de lola, lo sacudí cual apretón de manos y le dije: – ” mucho gusto lola, soy Josué” – Juanita sonrió tímidamente y entró corriendo a su casa de donde no volvió a salir ​ese día.

Pasaron algunas semanas y Juanita no se decidía a salir. Yo estaba esperando la oportunidad perfecta para decirle que me acompañara al parque, que quería que lola conociera mis transformers; quería preguntarle que qué tal la tarta de mi mamá, que verdad que era una maravilla y que lo mejor eran los bordecitos que sabían mucho a canela. Quería preguntarle por qué prefería el color menta y no el púrpura, que a qué colegio iba y por qué no? si quería casarse conmigo. Todos los días me paraba en frente de la ventana, soplaba y empañaba el vidrio, dibujaba corazones con la yema de los dedos y en el centro escribía “Juanita” borrádolos rápidamente para que mi papá no se diera cuenta.) Otros días llegaba rápido del colegio, almorzaba, terminaba las tareas y salía al patio para desde allí mirar – (como quien no quiere la cosa) – hacia su casa y ver si en algún momento se dignaba a salir a jugar conmigo. Pasaron varias semanas, bueno, un par si mucho, en las que ya no veía a Juanita. Recuerdo que llegué a pensar que su mamá se la había llevado a un internado de señoritas a las afueras de la ciudad porque sentía que su hija andaba con problemas de timidez y que allá, con una rutina estricta, la iba a ayudar a ser cordial, a saludar amablemente y sin bajar la cabeza a cualquier vecino que se acercara a su casa con una tarta de frambuesas. 

Un día, mientras terminaba de recoger las piezas de un rompecabezas que estaba armando con mi abuela, la vi salir con un nuevo vestido, esta vez era un amarillo pálido que le combinaba perfecto con ese pelo rubio que recogía en una moña de muñeca al lado izquierdo de su cara. Desde lejos le hice señas con la mano, como saludándola y ella respondió con una sonrisa. – vaya invítela al parque que yo termino de alzar este reguero – dijo mi abuela guiñándome el ojo- . Yo me puse de pie, me compuse el saco verde que traía puesto y acerque mi cara a las rejas que dividían su garaje del mío – te llamas Juana o Juanita?- dije en voz alta- en mi colegio hay una niña que se llama Juana pero de cariño la profe le dice Juanita, pasa lo mismo contigo ? – A lo que ella respondió acercándose a la reja – soy Juanita desde el principio, y ahora que lo dices, como te llama tu profe de cariño? “Josuecito”? – ambos nos reímos a carcajadas y duramos hablando un largo tiempo de diminutivos graciosos. Le pregunté si quería caminar conmigo en el parque, porque creía que era importante que conociera el lugar donde se hacia el señor de los helados, quería además mostrarle el morrito desde donde podía uno esconderse y mirar a las parejas que venían a besarse detrás del árbol, quería decirle que en ese espacio verde cercano a nuestras casas nos podíamos divertir, y tal vez, cuando fuéramos grandes, besarnos detrás de ese mismo árbol ante la mirada atónita de lola, la osa desmarañada que la conocía desde que ella nació. Fue una larga caminata en la que pude mirarla de cerca cómo arrancaba pedacitos de pasto que pasaba por sus dedos y luego por sus cachetes. Juanita no hablaba mucho, pero en el fondo yo sentía que me contaba más con sus silencios que con sus palabras.

Rápidamente nos fuimos acostumbrando el uno al otro, ya teníamos un horario establecido para ir al parque y para jugar al escondite. Habían días en los que no parábamos de jugar hasta que su mamá se asomaba por la ventana y le gritaba – fue suficiente Juanita, éntrate ya! despídete de Josué- ella tomaba a lola de su brazo descocido, me daba un beso en la mejilla y sin decir una sola palabra, salía corriendo hacia su casa. Yo estaba fascinado aún cuando sentía que ignoraba muchas cosas de Juanita, nunca supe por ejemplo a que escuela iba, si su mamá le hacia esos bonitos vestidos de todos los colores o si su papá le leía cuentos por las noches. Todo estaba rodeado por un misterio que a veces no me dejaba dormir por las noches.

Pasaron veloces los días y los meses. Ya me encontraba a una semana de empezar las anheladas vacaciones, estaba súper ansioso porque sabía que ahora si podría estar con Juanita todas las mañanas y todas las tardes. Su mamá había comenzado a ir a mi casa a fumar con mi mamá, a tomar café, a compartir recetas y a llorar un poco. Mientras tanto, nosotros repartíamos el tiempo entre helados, pasto y lola. Llegué a querer a esa osa ​despeinada, llegué a sentirme celoso al ver como la abrazaba. Imaginaba sus ojos de plástico siempre abiertos y vigilantes, mirando a Juanita mientras dormía, cada noche, desde el día en que ella nació.

Ese jueves en la tarde habíamos quedado de salir los 3 al parque. Recuerdo que la esperé por horas en el garaje de mi casa mientras pateaba un tarro viejo de galletas. Ya estaba oscureciendo y a punto de entrar a mi casa la vi salir en puntitas de su casa. Traía la misma  maleta café de cuando la vi por primera vez desde la ventana de mi casa el día que llegó al barrio, aunque esta vez, traía puesta una sudadera azul, era extraño pero era la primera vez que la veía en pantalón. Antes que pudiera saludarla se puso el dedo en los labios en señal de silencio y con la otra mano me llamaba hacia ella. Yo caminé hasta estar cerca y susurró en mi oído: – acompáñame a la esquina del parque ahora!- e inmediatamente salió a correr con su maleta café y con lola en el otro brazo. Yo, sin pensarlo dos veces, corrí tras ella. Una vez allí le pregunté que cuál juego era ese, y que para qué traía esa maleta. -Me voy- dijo respirando hondo

– me voy de acá. 

– de donde? del parque? – pregunte ingenuamente

– me voy Josué, bueno, lola y yo nos vamos. 

– y porque te vas? a donde te vas?

– verás no puedo decirte ahora, pero cuando aprenda a escribir prometo que te enviaré una carta, y así podrás ir a visitarnos, por favor no le digas a nadie, es lo único que te pido.

Caminando a paso firme, en medio de esa tarde fría y oscura, casi a punto de anochecer la vi partir y desaparecer entre las calles de mi barrio. Una vez más sentía celos de Lola, quería ser ese montón de pelos y lana descocida que viajaba con ella agarrada de su brazo. Evidentemente fueron las peores vacaciones de mi vida, pasé días enteros en su casa escuchando a sus padres llorar mientras me interrogaban acerca del paradero de su hija. La verdad era que ni yo mismo sabia donde estaba ahora, si estaba bien, si era feliz, si había comenzado a usar sus vestidos color pastel al otro lado del planeta. 

Pasaron casi 8 meses, sus padres habían desistido en la búsqueda y también de seguir viviendo en esa casa. En la madrugada de un miércoles salieron en su Volkswagen y nunca más los volvimos a ver. Pasaban largos los días y aún seguía esperando las tan anheladas noticias de Juanita, hasta que una tarde, una tarde cualquiera, mientras armaba un rompecabezas con mi abuela vi a lo lejos una figura vieja y encorvada que se dirigía hacia donde nosotros estábamos, era Memo, el cartero. Yo lo veía de lejos mover su mano con un sobre en la mano gritando: – Josué Josué – mientras a paso lento, lentísimo, se iba acercado. Yo, con ansias locas de saber que podía ser una carta de Juanita corrí como loco, los rayos de sol me hacían cerrar los ojos pero aún podía distinguir la silueta de memo a lo lejos y no me detenía, mi abuela gritaba desde el garaje de mi casa – despacio Josué o te vas a tropezar. – y como si se tratara de un hechizo enviado por mi propia abuela, efectivamente tropecé con una roca y caí justo en los pies de Memo, él se arrodilló y con su voz aguardientosa – sé que soy viejo y lento pero no soy nadie como para que me recibas de esta manera.- soltó una carcajada y dijo – esto es para ti muchacho- entregándome un sobre color lila. Con mis manos raspadas por el asfalto y sin levantarme del suelo giré el sobre y encontré entre letras y flores hechas con crayones de colores pastel algo que decía “Para Josuecito”.

xxxcambio y fueraxxx

 

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