Paraíso robado

El reloj viejo que conservaba mi padre en su bolsillo derecho marcaban las 6:30 pm. Hacía ya media hora que nuestros vecinos habían pasado con su trasteo y nos habían avisado que era hora de irse de la zona. “ya vienen los guerrillos y no dejan nada vivo a su paso, es mejor irse, la familia Bedoya quedó hecha plomo por resistirse, es mejor que recojan sus cosas y se marchen de aquí”.  Mientras mi mamá empacaba el mercado como parte de las provisiones para el viaje, yo alistaba mi muñeca Yoli, mis dos vestidos favoritos: el azul del sábado y el naranja de domingo, las faldas de flores con las que me gustaba salir a ordeñar todas las mañanas y los librillos de cuentos que me había regalado la profesora Emilia. Cuando terminé de meter todo en una caja de chocolates El Cimarrón “el mas delicioso de la región”, ayudé a mi hermanito a empacar sus carros viejos, su cobija de duendes verdes y el cuaderno ferrocarril de la escuela. Mientras tratábamos de entender la nueva situación veíamos que mamá no paraba de llorar y mi papá de maldecir, repetía una y otra vez que volveríamos, que esos malnacidos no se iban a quedar con todo lo que el abuelo nos había dejado…

Nuestra casa era una humilde posada hecha de madera y tejas de hojalata, teníamos 8 vacas, 14 pollos, 2 perros (Gastón y Luchita) y una que otra rata silvestre. Mi hermanito Joaquín y yo íbamos a la escuelita Las Mercedes. Todas las mañanas nos levantábamos a las 4 de la mañana a ordeñar y a prepara agua de panela para las onces. A eso de las 6:30 am nos poníamos el uniforme y las botas pantaneras para emprender la caminata loma arriba. Siempre caminábamos tomados de las manos y en pequeños tramos yo alzaba  a Joaquín, él apenas tenía 3 añitos y sus piernitas eran muy débiles y flacas. Caminábamos casi 40 minutos sin parar, todo en subida, todos los días de la semana. Cuando llegábamos a la punta de la lomita Joaquín me miraba con ternura y me decía “Marielita me duelen las piernitas quiero irme a tuta” yo le miraba ese par de ojos verdes que brillaban con el sol y no podía decirle que no; aun cuando las ampollas de los pies me estaban matando lo tomaba en mis brazos, lo ponía en mi espalda y solía decirle: “cántame una canción de las que te enseña la profesora Mireya a ver si llegamos rapidito a la escuela”…… Joaquín comenzaba con un “a la rueda rueda de pan y canela, dame un besito y vete a la escuela”  que repetía de 6 a 7 veces mientras jugaba con mis trenzas. Al cabo de un rato, y en la punta de la colina veíamos a lo lejos la escuela y decidiamos bajar a botes, solíamos pensar que era la manera más rápida y divertida para pasar ese último tramo tras una agotadora caminata.

La escuela era más bien pequeña pero muy acogedora, íbamos todos los niños de la vereda.
Yo estaba en quinto grado, el último de la escuelita Las Mercedes. Joaquín estaba en preescolar y nosotros los de quinto, por ser los mayorcitos, éramos quienes ayudábamos a las profes a cuidar de los más pequeños, hacíamos equipos para repartir los refrigerios y recogíamos la basura del parquecito después del recreo. A eso de las 3 de la tarde pasaba por el salón de mi hermanito y le preguntaba a la profe Mireya que cómo se había portado y que cuáles eran las tareas para el día siguiente, empacaba su cuaderno de ferrocarril en la mochila que había cocido mi mamá y lo tomaba de la mano para dirigirnos a la casa. Calculábamos pasar por la finca de don Manuel a eso de las 3:10, porque a esa hora salía él con su zorra* a llevar las cantinas vacías a la finca de mi papá. El nos veía desde lejos y nos esperaba, nos ayudaba a subir y decía “agárrense fuerte que si se caen sus papaes me los cobran” yo me acomodaba la jardinera y ponía en mis piernas a Joaquín; con mi mano derecha lo amarraba a mi pecho y con la otra me agarraba fuerte de las cabuyas que enlazaban las cantinas con la parte delantera de la zorra. Llegando totalmente agotados nos recibía mi mamá con un pocillo grande de chocolate, una mogollita de canela calientica y un pedazo de cuajada recién hechecita. “tienen que comer todo porque esta es su leche y hasta que se echen”  solía decir mi mamá mientras nos hacia cosquillas con las yemas de sus dedos. Una hora más tarde nos sentábamos a hacer las tareas mientras escuchábamos la emisora regional, todas las noches decían que la situación por nuestra vereda iba de mal en peor y que los refuerzos del ejército se tardarían en llegar. Cuando le preguntábamos a mi papá acerca de lo que eso significaba, nos tranquilizaba diciéndonos que faltaban muchos días para que llegaran a nuestras tierras, que nosotros éramos gente honrada y que eso era suficiente para tener la certeza que nada malo nos pasaría.

Así pasábamos los días, éramos felices, yo amaba despertar y dormirme con el olor del campo. Los fines de semana nos despertábamos tarde y pasábamos casi todo el día jugando con los perros o ayudando a mi mamá con los quehaceres del hogar. Los domingos mi papá nos llevaba al pueblo donde podíamos comer oblea con arequipe, ir a misa y comprar las pilas para el radio. En esos viajes fugaces mi mamá visitaba la tienda de doña Gertrudis, ella vendía telas, hilos y botones. Mi mamá me hacia escoger las telas que más me gustaran para confeccionarme las faldas floreadas, los delantales multicolores y las medias calentadoras para las noches frías. La señora Gertrudis era una ancianita muy dulce que siempre le regalaba dulces a Joaquín.  Cuando mi mamá no tenía con que pagarle, la anciana anotaba su nombre en un cuadernillo y le decía con una sonrisa: “No se preocupe señora Mariela, págueme cuando pueda”. Mi madre a cambio de su generosidad le llevaba siempre una cubeta de huevos de los que ponian nuestras gallinas y dos botellitas de leche “para que comparta con don Samuelito”. Don Samuelito era el esposo de doña Gertrudis, él estaba siempre en una silla mecedora en la puerta del almacén, con una cobija que cubría sus piernas y un sombrero que le tapaba las canas. Don Samuelito ya no conocía a nadie y solo miraba sus manos arrugadas y de uñas largas que se movían sin cesar. Un día le pregunté a mi mamá si sabía por qué don Samuelito temblaba sin parar, y ella me contestaba que era porque cuando era niño no le hacía caso a sus papás y Dios lo había castigado de esa forma “asi que mire a ver Marielita, sino quiere terminar como él tiene que hacerle caso a sus papás, no decir mentiras y hacer las tareas con juicio”

De esos paseos domingueros regresábamos muy tarde en la noche. Con la ayuda de una linterna nos abríamos paso entre la hierba fría y espesa, era un camino que sabíamos de memoria y que Joaquín sabia amenizar muy bien con sus cantos infantiles. Sabíamos que faltaban pocos kilómetros para llegara  a casa cuando escuchábamos ladrar a Gastón y Luchita, quienes con su reloj biológico llegaban a la hora indicada al mismo tramo de la carretera a recibirnos con saltos y lengüetazos de afecto. Así pasaban nuestros días, y nos sentíamos dueños de nuestro propio destino, estábamos seguros que queríamos seguir así por mucho mucho tiempo…..

Cuando en el reloj de mi padre marcaban las 6 y 40 de la tarde, en ese reloj viejo que guardaba siempre en su bolsillo  derecho, estábamos todos listos para marcharnos de lo que había sido hasta ese momento nuestro hogar, oímos como se aproximaban con pasos fuertes los campesinos armados con uniformes y botas de caucho, esos que violaban y minaban los caminos de la prosperidad de mi vereda, los mismos que incendiaron mi escuela, los mismos que acabaron con la familia Bedoya. 
Para anunciar su llegada hacían tiros al cielo, con estruendosos y repetidos disparos parecían estar retando a Dios. Con risas y consignas de guerra querían advertirnos que no debíamos permanecer en nuestras tierras si queríamos seguir con vida. 

A paso firme y con un destino incierto atravesamos al son de la noche los matorrales donde un día corrimos sin miedo. El reloj tic toc tic toc del abuelo ahogo nuestras voces, opacó nuestros pasos y silenció nuestra esperanza. Aun recuerdo los detalles de esa tarde que nos condujo a la noche mas oscura que haya vivido nunca, esa noche en la que nos fue arrebatado nuestro pequeño gran paraíso.

xxxcambio y fueraxxx

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