Receta para 2

– Alto ahí! un paso más y la relleno de plomo!

Fueron las últimas palabras que oí estando en libertad, provenían de uno de los policías que estaban al frente de mi casa el día de mi glorioso aniversario.

Esa mañana, como cualquier otra, desperté con ganas enormes de hacer ejercicio, de salir a trotar por la colina cercana a mi barrio. Me amarre fuerte los tenis, me até el pelo y salí trotando desde el pasillo del edificio donde vivía.

Mi casa era un pequeño lugar rodeado de una tranquila atmósfera que compartía desde hace 5 años con mi esposo. El color de las paredes, como la marquesina, las había escogido yo. A decir verdad todo lo que había allí lo había conseguido con gran esfuerzo desde que decidí irme a vivir sola a los 15 años. Mi esposo había traído de la casa de sus papás únicamente un par de cojines y una bicicleta antigua, todo lo demás, incluidas las cucarachas, me pertenecían.

Al comienzo fue difícil acostumbrarse a compartir mi espacio con alguien más, si bien estaba enamorada y preparada para dar el “siguiente paso” no puedo negar que sentí, casi desde el primer día, que estaba invadiendo mi espacio, mi lugar. Pronto logre acostumbrarme a que dejara la pasta de dientes regada por todo el lavamanos, que sus pelos taparan mi sifón, que su cuchilla oxidada reposara siempre al lado de mi cepillo de dientes y que la montaña de calzoncillos sucios sobrepasara mi montaña de medias veladas de colores. Era algo incomprensible, juro que en momentos perdía la calma y sin que él lo notara lloraba en el baño. Pero muy en el fondo yo lo amaba y sentía que todo era parte de un proceso, que ya vendría en mi rescate algún conductor gay de un reallity show que le enseñase cómo comportarse como un príncipe en tiempos modernos.

Tengo que decir, que gran parte de mi aceptación o resignación provenía de la felicidad que sentía los viernes en la noche. Los viernes mí esposo preparaba espaguetis, el solía llenar mi estómago con un delicado plato rebosante de espaguetis, una copa de vino y salsa extra carbonara, para mí, una maniática enamorada de la tocinera. Juntos nos mirábamos mientras devorábamos la pasta y como si fuera magia mientras más llenaba mi barriga de tocino, más sentía que debía mantener a ese cerdo en mi casa. Ahora que lo pienso, es triste, es patético, es absurdo que haya generado tal adicción a sus recetas italianas que calmaban las ganas de querer botarlo a patadas de mi casa, de tirarle la mole de calzoncillos sucios por la ventana, de gritarle: ” que tu madre te aguante porque yo ya no lo haré más!!!”

Pues bien, pasaron años, meses, semanas y días en los cuales los 7 primeros de la semana me la pasaba odiando a mi inquilino obligado y un solo día en que olvidaba por completo todo el resentimiento y repugnancia que emanaba de esta dichosa unión. Muchas veces frente al espejo me preguntaba cómo había terminado así? cómo era que me había precipitado a invitarlo a vivir conmigo? todo era perfecto antes de eso, nos veíamos los fines de semana, salíamos a cenar, a ver una película, a comer un helado en el parque, a hacer el amor en la sala de mi casa y horas después se marchaba y yo tenía toda la cama para mi, esos días en los que podía acostarme a dormir completamente sola, tranquila y satisfecha. Cómo es que ahora no duermo las 8 horas acostumbradas porque sus ronquidos y gases apestosos me despiertan 6 veces en la noche? En qué momento permití que mi segunda almohada se convirtiera en el elemento más desagradable de la casa, siendo ahora una mezcla de sudor babas y pelos con una mancha amarillenta que no había salido tras pasar horas en la lavadora, esa almohada que en el pasado sostuviera mis delicados pies mientras pintaba mis uñas de color rosa viendo la novela de las 10. Oh! mi novela de las 10! cuantas falsas esperanzas me diste de lo que sería la vida en pareja.

Por fortuna seguía haciendo las cosas que más disfrutaba en las mañanas. Jamás abandoné el habito de salir a respirar el aire impuro de la ciudad que se venía tragando vivo y de a pocos la colina aledaña a mi barrio. Esa mañana, como cualquier otra, salí con las gafas puestas y la cantimplora llena, iba a ser una larga jornada. Mi pulso se aceleraba considerablemente cada vez que se aproximaba el último tramo, era la etapa más dura de la rutina, una subida imponente que coronaba con una roca enorme desde donde se podía ver la ciudad entera. Me gustaba pensar que era mi recompensa y por eso no me detenía ni me dejaba vencer por el cansancio, solía llegar a la cima y tras recuperar por unos segundos el aliento gritaba a los mil y un vientos ” te odio Manuel Albertooooooo” . Los pájaros que estaban dormitando dentro de sus nidos, al oír mi matutino grito salían volando rápidamente. Sus alas se estrellaban contra las hojas de los arboles haciendo un prolongado sonido que lograba despertar y alborotar a los perros de las casas vecinas. Ah bueno! olvidé aclarar que mi grito desesperado no iba dirigido a mi esposo, en realidad Manuel Alberto era el protagonista de la novela, ese estúpido personaje que me hizo pensar que los galanes enamoradizos, limpios y afeitados podían existir en la vida de una mujer como yo. Algunos días mi grito cambiaba por un ” te odio Isabela Monteeeees” quien como ya se habrán imaginado es la protagonista del circulo amoroso, una chica bien parecida y humilde que me hizo pensar estúpidamente que si bien mi vida no era tan desgraciada como la de ella, por lo menos podría conseguir el amor verdadero, ese que no solo se compone de buen sexo, buena comida y buenas charlas sino de higiene y salud mental. Estaba casi segura que si algún día podía sacar las fuerzas para echar a mi esposo de mi casa y volvía a caer enamorada de un nuevo pendejo, pediría a su madre o en su defecto a su ex novia, un certificado de sanidad, de buena conducta y de haber pasado por lo menos los primeros capítulos de la urbanidad de Carreño.

(…) Esa mañana, como cualquier otra, bajé de la colina con un peso menos, con esa satisfacción del deber cumplido, con esas ganas de emprender un nuevo día para ser un poco más tolerante y aceptar las cosas que la vida me había dado. Mientras contaba las hojas secas que iba pisando recordé que hoy 25 de octubre se cumplía el aniversario número 5 de nuestro matrimonio. Recuerdo que en aquel entonces me encontraba como loca haciendo los preparativos para nuestra fiesta matrimonial al estilo Thriller, creo que desde allí vino la maldición, no debimos gastarnos todo ese dinero en recrear el cementerio con todo y muertos vivientes, eso en definitiva fue lo que hizo que mi vida desde el preciso momento que di el “si quiero” se convirtiera en una película de horror.

Pasé el día entero pensando en si mi esposo recordaría la fecha, me imaginaba inmersa en una piscina de espaguetis con toneladas de tocineta, pensaba que esa sin duda sería la mejor sorpresa, el sabia como hacerme feliz…. Sin embargo, parecía estar muy calmado, pasó toda la tarde mirando futbol en la tv, comiendo palomitas de maíz viejas y bebiendo algunas cervezas. A medida que oscurecía sentía que pasaba el tiempo y este cerdo no se levantaba de su silla a preparar la cena, miraba el reloj de pared, miraba una y otra vez su cara perdida en la tv y sus asquerosos pies arruinando la alfombra y nada pasaba, nada se oía, nada decía…..

Llegaron las 11:20 de la noche y no había pasado nada en absoluto, salvo que el cerdo se había quedado completamente dormido con media cerveza en la mano y las palomitas regadas en su barriga. Ya era demasiado tarde para una cena y demasiado noche para que pudiese recordar el aniversario….un sentimiento de dolor e ira se apoderó de mí, esta vez había ido muy lejos….

Mi estomago estaba gritando, podría jurar que escuchaba a mis tripas gritar pidiéndome tocineta, -estoy enloqueciendo- pensé. Caminaba de un lado a otro abría y cerraba la nevera, sentía que no podría soportarlo más. Me dirigí a la cocina para alistar las cosas que veía que él utilizaba  para la preparación de su receta magistral, espaguetis, sal marina, pimienta negra, manteca, crema de leche pura, queso parmesano y…. la tocineta! Con una enorme sonrisa de oreja a oreja, abrí el congelador para sacar el ingrediente de mis sueños, la pócima que una vez más me ayudaría a olvidar los sucesos de ese día de aniversario desastroso, todo podía volver a ser como antes, todo podía estar mejor ahora. Abrí con voluntad y determinación el congelador y para mi desgracia descubrí que la tocineta había desaparecido, solo estaba el plástico que la envolvía totalmente vacío y cubierto por escarcha. Sentí entonces que todo lo que me rodeaba cambiaba de forma y de lugar, las cosas daban vueltas, las paredes parecían tener un color rojizo, mis uñas comenzaban a crecer sin control, sentía que una ira incontenible se apoderaba de mi cuerpo, todo el odio y todo el resentimiento que sentía me estaba dominando, estaba perdida, estaba ciega. Tomé en mi mano derecha el cuchillo enorme con el que le ayudaba a partir en pequeños trozos la tocineta, era un cuchillo digno de un carnicero ejemplar totalmente desperdiciado ya que su filo estaba intacto. Me dirigí a la habitación principal donde el cerdo aun estaba dormido en el sillón. Miraba su rostro y podría jurar que su nariz se había convertido en un hocico de cerdo real, sus brazos peludos seguían intactos y sus manos se habían convertido en pesuñas. Comencé a notar en su espalda como se dibujaban de a pocos los trozos delgados y jugosos de tocineta, sin perder tiempo comencé a rebanar su cuerpo por partes, sacaba trozos enormes y deliciosos de tocineta, pensaba que debía sacar la porción exacta para la receta de esa noche y dejarlo así, pero al verla frescura y color de esa carne no pude detenerme, había espacio suficiente en el congelador para unas cuantas libras de tocino, tocineta, chuletas mmmm tendríamos espaguetis por meses y carne de fina calidad para un batallón completo. Ni la sangre, ni sus horribles gritos lograron hacer que me detuviera, pasé por lo menos 6 horas tratando de sacar todo lo que ese jugoso animal tenía para mí. Tomaba por partes y las metía en bolsitas ziploc y luego al congelador. Tome las partes frescas de la tocineta y sin pensarlo dos veces las lancé al sartén. Repetí los pasos que recordaba de la preparación: primero la manteca luego la crema de leche, sal y pimienta, espaguetis al dente, tocineta dorada queso parmesano, pan de ajo y voilá: mi cena de aniversario estaba lista!. Destapé una botella de vino tinto en  honor a la media pareja que hoy quedaba. Había conseguido imitar y hasta mejorar la receta, me sentía invencible y lista para salir a trotar de nuevo. Estaba cansada, había pasado la mitad de la madrugada descuartizando y cocinando a mi esposo, pero la panza que había ganado con semejante banquete imploraba salir a la colina a sudar una vez más…

Eso es todo lo que puedo decirle acerca de ese día agente, usted dirá que estoy loca y que debe encarcelarme ahora mismo, pero le juro que lo que paso le puede pasar a cualquier mujer allá afuera, deberían ustedes por ley, castigar a todos los maridos holgazanes, sucios y olvidadizos. Si ellos pudieran recordar con facilidad las fechas especiales nada de esto hubiera pasado…

Cállese vieja loca!- guardia llévesela a la celda 16 y asegúrese que no salga de ahí nunca, esta mujer es un peligro para la sociedad.

Viendo como se la llevaban dos enormes guardias de la sala de interrogaciones, el diirector de la prisión  Villa Santa no podía creer la historia que había escuchado esa mañana, estaba sudando e intranquilo, tomó entonces su celular y marcó el segundo número de su lista:

Aló, Juan? Envíale por favor un ramo de flores a mi esposa y que en la tarjeta diga: “Feliz aniversario” no me preguntes por qué, solo hazlo, por si las moscas…

xxxcambio y fueraxxx

 

Cuento publicado en El Despacio por motivo de su primer aniversario

http://eldespacio.com/2011/10/receta-para-2/

 

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