no le creas

Ilustración: "Poison" de Luciano GuerreroCuando alguien te diga que eres difícil de querer no le creas, por lo que más quieras no le creas. Tienes un encanto siempre tan tuyo, siempre tan siniestro, con esa facilidad para encontrar la calma en el caos. Eres el naranjo en flor, la gota de limón en el tinto, el ojo del huracán donde ni siquiera corre el viento.

Tampoco le creas al que llega con más halagos que con fruta. Adular es apenas la semilla, el dulce natural lo es todo, entiendes? bueno entonces tampoco eso deberías creérmelo a mi porque yo soy bueno con las palabras y malo con las comparaciones. No sé mentir pero creo que lo hago todo el tiempo para sobrevivir. Me acostumbré a jugar, a apostarlo todo porque me gusta ver el precipicio que se tiende ante el azar. Por eso cuando te diga que no estoy jugando o que no le apuestes a ese caballo, tampoco me creas, saca el dinero del bolsillo y cámbialo todo aunque tenga tus manos amarradas entre las mías.

Olvídate de las veces que te dije que te quería, ahí tampoco deberías creerme, yo no quiero a nada porque no aprendí nunca a querer sin apego. No le creas a ese reloj, ni a los reportes del clima, ni a los mensajes que te piden ser reenviados para la buena fortuna. No creas en nada que no te venga de adentro como un eructo, como un suspiro, como el vómito mismo. Nada más verdadero que el impulso involuntario.

Te pido de corazón que no creas nada, más si que intentes dudar de todo.
Vale más una duda empeñada que cien certezas dolorosas.
Me crees ahora? bueno, aquí también te estoy mintiendo. Volviste a caer.

Ahora vete, abre la puerta y saca la maleta de rueditas que éstas ganas de abrazarte tampoco querrás creértelas porque yo no sé querer sin apego en las despedidas; porque no puedo abrazarte ahora sin sentir que quiero amarrar tus manos entre las mías… como quien espera un golpe de suerte en la mesa solitaria de un casino.

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Amor ilíquido

Quería empezar esto con una intro dramática
y lo único que se me ocurrió fue justificar este pedazo de texto a la derecha.
Su servidora

No me considero una vieja fea ni mucho menos aburrida pero sé perfectamente que pertenezco a un -no sé si llamarlo- selecto grupo de viejas que siempre levantan por las razones equivocadas. A mis cercanos 30 puedo decir que he tenido un puñado de relaciones poco exitosas donde todas arrancaban con la misma ecuación: yo tenía que hacer todo para levantármelos a ellos. Y no lo digo con tono de molestia, al contrario, siempre alardeo de haberme llevado a la cama y a la casa de mis papás al tipo que quería y encontraba interesante, divertido, que se dejaba agarrar de la mano fuerte y dar besos en la calle sin miedo, pero que para que eso pasara primero estaba yo ahí pedaleando citas y llamando la atención del sujeto en cuestión en un acto tan desgastante que hoy, -recién ingresada al mundo de la soltería prolongada- encuentro inútil.

Porque para nosotras, las que nos acostumbramos a buscar lo que queremos, las que no esperamos a que nos encuentren para encajar en algún vacío emocional (pero que al final terminamos siéndolo de algún modo porque c’est la vie), las que no nos emocionamos con Tinder y nos vale verga decir “me gustas” o “te amo” de primeras, si, para nosotras no está diseñado el tipo de amor que está de moda*.

Amigos míos, oídme cuando os digo que la vida en pareja está sobrevalorada, que al cine, a la música y a la literatura no le cabe una sola pieza más que hable de amor y desamor, que nadie nos va a devolver el empeño que ponemos en el otro con el afán de sentirnos equipo, de construir, de crear y procrear, todo es bullshit! bullshit! bullshit!. Queridos compañeros vamos todos a reconciliarnos con la amistad, a hablar de lo bonito que es coincidir con esos amigos “ex convictos, santos y benedictos, cristianos y adictos, tantos y tan distintos” como dirían los Alcolirycoz. Hablemos de lo bien que se siente estar solos y completos entre un bullicio de gentes que conocen tus múltiples nombres y te han querido siempre por lo que eres. Vamos a intentar devolverle al tiempo su infinito valor y al amor el lugar que merece: no como un todo sino como una parte de un rompecabezas donde muchos podrán encontrar todas las piezas y armarlo a la perfección, otros querrán perderlas en el camino para nunca tener que ver el paisaje completo y otros, como yo, que odian los rompecabezas porque dan esa impresión de ser tan frágiles y aburridos…

Ahí perdonarán la cantidad de analogías pero es que el amor como un rompecabezas requiere tiempo y eso es justamente, amigos míos, lo que no tengo (para perder).

FIN.

 

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(*)Evento afortunado si tenemos en cuenta que la moda es también pasajera, reciclada de otras décadas y pues, no es para todo el mundo, en verdad os digo.

La cafetera

“Solo Chavela Vargas tendría una frase para este momento.”
Sábado 10 de diciembre de 2016, 11:32 p. m.

—Quiero comprar una cafetera– rompió el silencio eterno que se tejía desde hacía algunos minutos entre B y BB.

—¿Una cafetera?– respondió con cara de sorpresa BB. —¿Y tú para qué quieres una cafetera?

B pensó en contestar a la pregunta de BB con el recuerdo románticoidealizado que llevaba a cuestas desde hacía más de dos años; un recuerdo que sabía a esas tazas humeantes de café siempre tan distinto que BB tenía en casa y que compartía con B todas las veces que la mañana los agarraba en la misma cama. Pero como no era el caso, ni había el tiempo porque el bus estaba por pasar, B contestó:

—Quiero una cafetera, estoy cansada de tomar tinto instantáneo.

En un gesto que pareció hostil, BB soltó la mano de B y dijo, mirándola con extrañeza:

—¿Acaso sabes lo que implica tener una cafetera? Una cafetera tiene cierto nivel de mantenimiento, tienes que lavarla, comprar filtros y tener café; tú nunca tienes ni leche en la nevera y acumulas pocillos con cunchos de tinto de toda la semana por toda la casa. ¡Tener una cafetera requiere mucha más responsabilidad de la que crees!

Hubo algo en el tono de BB que arrugó el corazón de B. Lo que había comenzado con un recuerdo recalentado se tornaba ahora en una moraleja cínica de la vida misma, pues mientras B se imaginaba con BB en la tienda, agarrados de la mano y sonriendo mientras buscaban una cafetera de dos tazas, BB pensaba que era una idea ridícula para alguien tan perezoso y descuidado como B.

Pronto se acercó el bus que llevaba a B hasta su casa y la mano de BB nunca volvió a tocar la de B. Se despidieron con un beso frío pero con una sonrisa que al final lo arreglaba todo.

Esa noche habría quedado como un mal tema de conversación de no ser por lo que alcanzó a ver B por la ventana mientras atravesaba la ciudad. Y no era algo que estuviera pasando en la calle, no, era algo que podía ver y entender de ella misma entre semáforos y carros ruidosos de una Bogotá emparamada.

B se vio comprando la maldita cafetera, subiéndola los cinco pisos en los brazos, abriendo la caja como un niño en Navidad, oprimiendo todos los botones, leyendo las instrucciones en portuñol. Se vio entrando en una de esas tiendas hipsters de café que abundan en su barrio y pensó que quizá un cajero sexy le iba a recomendar cuál origen se mezclaba perfecto con el color de sus ojos. Imaginó que luego el chico hipster la acompañaría a su casa, la abastecería de filtros y recomendaciones para disfrutar mejor de su nueva adquisición. B siguió viendo las tazas embarradas de café de toda la semana en una torre interminable en el lavaplatos. B también pensó que si se le acababan los filtros podía usar papel de cocina y que si se le acababan los pocillos limpios podía comprar nuevos nada más por la pereza de lavar los demás y porque le daba la gana. B por primera vez se sintió acompañada por su inmensa soledad; sintió que esa visión idealizada se parecía más a su vida real, y estaba bien.

Lo que pasó después fue que el bus de B se detuvo antes de la parada cercana a su casa, justo en frente de la tienda de departamentos que mostraba un gran SALE en cafeteras. Entró sin pensarlo dos veces y tras una “transacción exitosa” recobró el sentido de su vida.

A partir de esa noche siempre había café esperando a B en la alacena, y en la cafetera, y en el fondo de los pocillos sucios regados por toda la casa.

B aprendió que así como quien espera flores se pierde de crear su propio jardín, también podía aprender a preparar su propio café y sentirse bien de no tener que compartirlo con nadie.

4 meses

fault
@missdelirios #capulordie

Cuando me preguntaron cuánto tiempo llevaba con el corazón roto tuve que hacer una pausa, en la que como es costumbre, subí la mirada como tratando de recordar para luego contar con los dedos -sin uñas- los 4 meses que llevo con el pecho arrugado.

-¡Uff, pensaba que eran más!- fue lo primero que se me ocurrió decir con una sonrisa a medias llevándome de nuevo los dedos a la boca para morderme frenéticamente los cueritos, en un acto simple pero nervioso que me ha acompañado durante toda la vida. Volví a mirarme los dedos ensangrentados y repetí entre dientes: ¡Jueputa vida! ¿¿¿en serio solo han pasado 4 meses??? Llevo cerca de 120 días o más odiando las mañanas, los domingos, las canciones y hasta los paisajes que antes me parecían encantadores. Llevo meses sintiéndome fuera de mi, repasando una y otra vez las cosas que pude haber hecho mejor, narrando en mi cabeza conversaciones que nunca fueron, tratando de escupir esas palabras que el odio atascó en mi garganta.

Repaso mi blog y encuentro que la terapia que antes tanto me funcionaba la había abandonado por completo: escribir. Estaba tan ocupada siendo feliz que me olvidé hasta de las cosas sencillas que me hacían bien. Encuentro borradores con historias inconclusas, con personajes que habíamos creado, con planes de viajes y mapas que se quedaron entre fotos y cigarrillos mojados.

Salgo a la calle y todavía siento miedo de encontrarme y no saber con certeza qué preguntarme. Me repito una y otra vez que no fue mi culpa, que así es la vida, que cosas mejores vendrán, que mejor así, que más vale mentirme ahora para sobrevivir mañana. Si amigos, he comenzado a tener esas conversaciones de a uno donde no hay espacio para las mentiras.

tears
@missdelirios #CapulOrDie

A veces sueño que estoy en un terrario y te veo rociando esas matas que ojalá ya estuvieran muertas. Me veo a mi misma como una figurita de cera cerrando el libro que me leías en la banquita de madera. Me veo acomodándome el pelo, sacudiendo mi falda, levantando el gato con las fuerzas que no tengo para llevármelo a cuestas por entre el bosque. Veo cómo desaparecemos entre las ramas mientras se borra de mi cabeza la comodidad de aquella banquita que antes no quería abandonar.
Sueño que llego a una tribu de seres que no saben mis nombres pero quieren tocarme y herirme para hacerme sentir viva, y sueño también con despertar un domingo cualquiera sin sentir que el vacío que tengo en el pecho hace más ruido que la nevera de esta casa abandonada.

Carta para alguien que no lee nunca

sofia
Ilustración: Sofía Gil (@sofia_sologico)

Ella era la ciega del pueblo, todos la compadecían por ciega pero yo la compadecía por loca. Parecía que esa discapacidad visual era más importante para todos que obviar el hecho que la pobre nadaba en delirios inconfesables. Todos se preocupaban – o al menos eso hacían creer – por ayudarle a cruzar la calle, a esquivar los niños que pasaban riendo en sus patinetas y hasta había algunos que se ofrecían a darle de a cucharadas el caldo que el buen vecino carnicero le ofrecía sin falta cada mañana.

Estaba yo siempre en el barrio observándola de  lejos, como si quisiera pensar que todo lo que veía en ella pasaba en una película, creo que para no involucrarme, para no contagiarme de esa lástima infundada que todos sentían por alguien que no solo no podía ver lo que pasaba a su alrededor, sino que la realidad alterada que la perseguía le-nos complicaba aún más las cosas.

De las cosas que más recuerdo de ella era la forma tan hermosa que entonaba las canciones de Olimpo Cárdenas; una cadencia y una tristeza especial acompañaban sus notas que hasta hacía pensar que solo estaba loca y que Dios le había compensado la ceguera con tremendo vozarrón. Yo sabía que eran las canciones de ese tal Olimpo porque mi abuelita, -quien también disfrutaba observarla con recelo desde el balcón de la casa- me decía: – Temeridad es la canción que esa ciega le canta a un amor viejo, esa misma me la cantaba tu abuelo días antes de largarse para el demonio – .

Había semanas donde no la veía y pensaba que estaría muerta, con moscas dentro de la boca y los ojos con una capa azulada que haría gritar a la primera persona que descubriera su cuerpo en descomposición. Luego me daba cuenta que la ciega había sido yo porque la veía salir de su rincón mugriento a pedir ayuda, a cantar y a beber caldo como una pequeña rata, solitaria, triste, sucia.

Otro día me dieron ganas de acercarme, de hablar con ella, de saber qué era lo que pasaba en la cabeza de alguien ciego y loco, pero luego me arrepentía porque en el fondo – no tan en el fondo, ¿eh?- la compasión no se me daba naturalmente.
Entonces seguí pensando y me entraron unas ganas incontrolables de escribirle una carta en braille contándole de las múltiples veces que pasé por su lado montada en mi bicicleta y no le ayudé a levantar el pedazo de pan que se le caía de entre los dientes, de las veces que la miré con asco y de las tardes en que tuve que usar mis audífonos viejos para no tener que escucharla quejarse cantando por algo que no iba a volver jamás. Quería que dejara de hacer que mi abuela se sintiera triste y que todos los del barrio pensaran que debían tenerle lástima por su condición de ciega; que era su condición de loca – eso y nada más- lo que nos estaba matando a todos. Me dejé llevar por una ira tan profunda que volví a pensar en moscas y en cuerpos descompuestos con ojos podridos con capas azules.

Decidí salir a caminar.

…. y entonces, ahí estaba yo a los 10 años, con los pantalones rotos, con un lápiz de punta nueva, en medio de un andén sucio escribiendo una carta para alguien que no lee nunca, con los ojos nublados y encharcados. Como alguien que está a punto de quedarse ciego o al borde de un delirio inconfesable. Como alguien que intenta hacer braille con un lápiz de punta nueva sobre un papel que nadie encuentra nunca.

 

Los vicios

smokeDejé de fumar y dejé de escribir casi al mismo tiempo; dejé lo primero porque no me ayudaba en lo segundo y dejé lo segundo porque me incitaba a lo primero. Desde entonces soy un ser miserable y melancólico. Me siento como un bueno para nada; todo lo que quiero conquistar con letras se va de mi mente como humo en mis pulmones.

Ya nada tiene sentido, solo el olvido es lo que queda y la esperanza que la muerte me alcance ahogado bajo el efecto de algún otro vicio.

Sufro mucho al saber que no te has muerto

Los miércoles salíamos a bailar salsa como un par de zombis. Nos gustaba ir a un antro cerca de la Caracas porque estaba lleno de hippies y extranjeras tan guapas como drogadictas. Allí conocí a Nella y allí seguí viéndola durante 20 miércoles seguidos, ni uno más ni uno menos.

Nella era una sueca que sabía chuparlo bien pero bailaba más una mesita de noche y a mi no me importaba porque sabía chuparlo bien. Le enseñé a decir hijueputa con acento rolo, y gracias a eso los taxistas ya no le sacaban plata de más en las carreras.

Nella partió hacia Ucrania casualmente un miércoles, yo preparé un cassette con los mejores hits de la Fania y el Gran Combo para entregárselo en su despedida. Quién sabe dónde iría a escuchar aquel cassette esa peliroja pero me pareció divertido el regalo tan old school. Cuando se lo entregué sonrió y me agradeció con un ¡uy marica, qué chimba! que le sonó más bogotano que a mi.

Un día, luego de meses de no tener noticias suyas recibí una postal desde Kiev con una moneda y una foto de Nella. Esa misma tarde publiqué una nota anónima en el periódico que era de todo corazón para ella, aunque supiera de antemano que jamás la vería…

"Sufro mucho al saber que no te has muerto."
Diego.

sufromucho

Y todo pasó en un terrario

Un terrario y un amor

Pasó que cuando te conocí pasaste desapercibido como cuando estás comiendo unos sparkies y te sale uno rojo y dices bueno está rico, pero luego te topas con uno amarillo y todo el universo de sabores en tu boca se transforma por completo, bueno, así fue como llegaste ese día, como sin querer, como sin mirar, con la cabeza baja, con un coqueteo entre miradas que entonces no supe canalizar pero que ahora me revuelca los recuerdos sabes, como cuando estás un día caminando por la calle y el olor a asfalto mojado te devuelve a los días que jugabas hasta altas horas de la noche en la cuadra de tu barrio, con los chicos de mamás que gritaban por las ventanas ¡para adentro niños! y tu quedabas ahí con la humedad entre las narices, sabiendo que por el resto de tu vida ese olor te iba a traer de nuevo a ese lugar, bueno, así me revolcaste con tu presencia y así nos revolcamos ahora, como si no existiera un mañana, tratando de imaginarnos invencibles y súper poderosos, sabes, como cuando estás a punto de tirar un huevo al aceite caliente y hay varias probabilidades que salga mal, que se estalle, que una gota de aceite caliente te caiga en el ojo o en la piel y se armara una ampolla de esas que pican y arden, pero que te recuerdan lo vivo que estás  en la cocina, en este cuarto y en esta pocilga, donde al final el huevo queda perfecto y sientes que en la espalda ondea tu capa de superhéroe y miras a todos con orgullo, como nos miramos ahora, como si no existiera nadie más alrededor, como cuando estornudas sabes, y quedas con esa cara de imbécil, fija e intacta durante varios segundos, así nos mirábamos entonces y así nos miramos hoy.

Sentía yo que te había olvidado como al sabor de los sparkies amarillos cuando tus arrobas llegaron a mis notificaciones y sentía que se me alegraba algo por dentro, como cuando vas en el ascensor y el vecino te mira de reojo y te sientes guapísima, tan guapa que te sonríes por dentro, sin abrir la boca, sin mostrar los dientes, es que así me sentía yo con tus menciones. Pensaba yo en el día en que te iba a volver a ver, ese día en el que también en un ascensor decía entre dientes: Va, si lo veo y me gusta le robo un beso, si no me da ni cosquillas pues me lo paso, y luego yo ahí caminando para verte, una cuadra más lejos de donde habíamos quedado cuando apareciste a lo lejos, con tu camisa a cuadros, sabes, como esas camisas que usa Ryan Gosling en Blue Valentine y que te quieres morir por arrancársela de un solo mordisco, bueno así te veías mientras caminabas a mi encuentro. Nos subimos al auto rojo, no como el de la canción de Vilma Palma, sino como el de My Favorite Game de Cardigans, no un convertible, pero si con esa actitud de soy sexy pero no me lo creo, y entonces arrancamos sin rumbo fijo, hablando de breves encuentros del pasado que eran ya recuerdos, ya historias, ya eran casi cuentos, como ese cuento que leíste frente a los primíparos que hablaba de una tarde de fotos y daltónicos, que ahora no recuerdo bien porque el ruido del obturador que hacían tus ojos esa mañana me distrajo, como cuando te pasa un pensamiento a vuelo de pájaro y te quedas en el aire, aleteando, así distraída (…) Seguíamos en el auto, luego paramos y nos metimos en un bar, me viste tomar cerveza, ese día supiste cómo me gusta la cerveza y ese día yo supe cuánto más me gustabas tu. Continuaba yo con mi historia de un pisotón que recibí en un bus que me había dejado un moretón en uno de mis pies de princesa en el transporte público de mi ciudad, ¿ya lo había dicho antes? de Bogotá, donde hace frío, ese frío que te pone los pezones duros y las orejas tiesas pero ambos estábamos esa noche en Medellín donde calienta delicioso, como ese calor que te invade las piernas cuando despiertas arrecho, ¿sabes?(…) decía yo que tenía un moretón en mi pie izquierdo y lo subí a la silla para que lo vieras, poco esperaba yo más allá de sentir tus manos fuertes acariciando mi pie, fue extraño sabes, como cuando un desconocido te sonríe y no sabes si contestar con los dientes o con una mirada esquiva, así fue esa caricia algo coqueta, algo ingenua, algo arrecha como las mañanas que compartimos juntos donde lo primero en el desayuno son los besos y las caricias profundas, sabes, tan profundas como esos bocados de pescado crudo que tragas hasta el fondo con salsa soya y wasabi, humm si, como wasabi en la boca, con ese picante y ese calor que te sube y te baja de sopetón como un ascensor, si, a eso te pareces y a eso se parece esta historia, escrita con retazos de ciudades, climas, letras, sabores y sudor, si, de ese sudor que huele a asfalto, a juventud, a sexo amanecido, a tus piernas enredadas en las mías, a este amor de terciopelo, a esos besos de wasabi que nos dimos antes de bajar del auto con la promesa de volvernos a ver sabes, como cuando uno dice: espero que la próxima vez que nos encontremos nos quedemos dormidos y despertemos juntos para ver el amanecer en la misma ciudad, respirando el mismo aire húmedo, ese aire lento que te llena los pulmones y te acelera el corazón, sabes, como cuando estas frente a la persona con la que quieres despertar todos los días, así.

***

Para Andrés.

Lanzamiento de Matera Nº13

Cuando comencé a escribir y a publicar cuentos siempre quise aparecer en Matera, una revista indie llena de historias, fotos e ilustraciones de otro mundo.
Por fin me tocó y esta vez La Coreana, el cuento que se me ocurrió mirando por la ventana de mi apartamento, aparece en la edición número 13.

Invitadísimos a este lanzamiento donde además Kalmanovitz estará con sus Malas Amistades.
Allá los veo.

Revista Matera

Ps. Llévense esa y muchas Materas por solo 12lk.