Carta para alguien que no lee nunca

sofia

Ilustración: Sofía Gil (@sofia_sologico)

Ella era la ciega del pueblo, todos la compadecían por ciega pero yo la compadecía por loca. Parecía que esa discapacidad visual era más importante para todos que obviar el hecho que la pobre nadaba en delirios inconfesables. Todos se preocupaban – o al menos eso hacían creer – por ayudarle a cruzar la calle, a esquivar los niños que pasaban riendo en sus patinetas y hasta había algunos que se ofrecían a darle de a cucharadas el caldo que el buen vecino carnicero le ofrecía sin falta cada mañana.

Estaba yo siempre en el barrio observándola de  lejos, como si quisiera pensar que todo lo que veía en ella pasaba en una película, creo que para no involucrarme, para no contagiarme de esa lástima infundada que todos sentían por alguien que no solo no podía ver lo que pasaba a su alrededor, sino que la realidad alterada que la perseguía le-nos complicaba aún más las cosas.

De las cosas que más recuerdo de ella era la forma tan hermosa que entonaba las canciones de Olimpo Cárdenas; una cadencia y una tristeza especial acompañaban sus notas que hasta hacía pensar que solo estaba loca y que Dios le había compensado la ceguera con tremendo vozarrón. Yo sabía que eran las canciones de ese tal Olimpo porque mi abuelita, -quien también disfrutaba observarla con recelo desde el balcón de la casa- me decía: – Temeridad es la canción que esa ciega le canta a un amor viejo, esa misma me la cantaba tu abuelo días antes de largarse para el demonio – .

Había semanas donde no la veía y pensaba que estaría muerta, con moscas dentro de la boca y los ojos con una capa azulada que haría gritar a la primera persona que descubriera su cuerpo en descomposición. Luego me daba cuenta que la ciega había sido yo porque la veía salir de su rincón mugriento a pedir ayuda, a cantar y a beber caldo como una pequeña rata, solitaria, triste, sucia.

Otro día me dieron ganas de acercarme, de hablar con ella, de saber qué era lo que pasaba en la cabeza de alguien ciego y loco, pero luego me arrepentía porque en el fondo – no tan en el fondo, ¿eh?- la compasión no se me daba naturalmente.
Entonces seguí pensando y me entraron unas ganas incontrolables de escribirle una carta en braille contándole de las múltiples veces que pasé por su lado montada en mi bicicleta y no le ayudé a levantar el pedazo de pan que se le caía de entre los dientes, de las veces que la miré con asco y de las tardes en que tuve que usar mis audífonos viejos para no tener que escucharla quejarse cantando por algo que no iba a volver jamás. Quería que dejara de hacer que mi abuela se sintiera triste y que todos los del barrio pensaran que debían tenerle lástima por su condición de ciega; que era su condición de loca – eso y nada más- lo que nos estaba matando a todos. Me dejé llevar por una ira tan profunda que volví a pensar en moscas y en cuerpos descompuestos con ojos podridos con capas azules.

Decidí salir a caminar.

…. y entonces, ahí estaba yo a los 10 años, con los pantalones rotos, con un lápiz de punta nueva, en medio de un andén sucio escribiendo una carta para alguien que no lee nunca, con los ojos nublados y encharcados. Como alguien que está a punto de quedarse ciego o al borde de un delirio inconfesable. Como alguien que intenta hacer braille con un lápiz de punta nueva sobre un papel que nadie encuentra nunca.

 

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Los vicios

smokeDejé de fumar y dejé de escribir casi al mismo tiempo; dejé lo primero porque no me ayudaba en lo segundo y dejé lo segundo porque me incitaba a lo primero. Desde entonces soy un ser miserable y melancólico. Me siento como un bueno para nada; todo lo que quiero conquistar con letras se va de mi mente como humo en mis pulmones.

Ya nada tiene sentido, solo el olvido es lo que queda y la esperanza que la muerte me alcance ahogado bajo el efecto de algún otro vicio.

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Un campito en el infierno

Te mereces un campito en el infierno, en el infierno mío donde calienta sin temor, donde los pecados son algo más que mandamientos.

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Sufro mucho al saber que no te has muerto

Los miércoles salíamos a bailar salsa como un par de zombis. Nos gustaba ir a un antro cerca de la Caracas porque estaba lleno de hippies y extranjeras tan guapas como drogadictas. Allí conocí a Nella y allí seguí viéndola durante 20 miércoles seguidos, ni uno más ni uno menos.

Nella era una sueca que sabía chuparlo bien pero bailaba más una mesita de noche y a mi no me importaba porque sabía chuparlo bien. Le enseñé a decir hijueputa con acento rolo, y gracias a eso los taxistas ya no le sacaban plata de más en las carreras.

Nella partió hacia Ucrania casualmente un miércoles, yo preparé un cassette con los mejores hits de la Fania y el Gran Combo para entregárselo en su despedida. Quién sabe dónde iría a escuchar aquel cassette esa peliroja pero me pareció divertido el regalo tan old school. Cuando se lo entregué sonrió y me agradeció con un ¡uy marica, qué chimba! que le sonó más bogotano que a mi.

Un día, luego de meses de no tener noticias suyas recibí una postal desde Kiev con una moneda y una foto de Nella. Esa misma tarde publiqué una nota anónima en el periódico que era de todo corazón para ella, aunque supiera de antemano que jamás la vería…

"Sufro mucho al saber que no te has muerto."
Diego.

sufromucho

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Y todo pasó en un terrario

Un terrario y un amor

Pasó que cuando te conocí pasaste desapercibido como cuando estás comiendo unos sparkies y te sale uno rojo y dices bueno está rico, pero luego te topas con uno amarillo y todo el universo de sabores en tu boca se transforma por completo, bueno, así fue como llegaste ese día, como sin querer, como sin mirar, con la cabeza baja, con un coqueteo entre miradas que entonces no supe canalizar pero que ahora me revuelca los recuerdos sabes, como cuando estás un día caminando por la calle y el olor a asfalto mojado te devuelve a los días que jugabas hasta altas horas de la noche en la cuadra de tu barrio, con los chicos de mamás que gritaban por las ventanas ¡para adentro niños! y tu quedabas ahí con la humedad entre las narices, sabiendo que por el resto de tu vida ese olor te iba a traer de nuevo a ese lugar, bueno, así me revolcaste con tu presencia y así nos revolcamos ahora, como si no existiera un mañana, tratando de imaginarnos invencibles y súper poderosos, sabes, como cuando estás a punto de tirar un huevo al aceite caliente y hay varias probabilidades que salga mal, que se estalle, que una gota de aceite caliente te caiga en el ojo o en la piel y se armara una ampolla de esas que pican y arden, pero que te recuerdan lo vivo que estás  en la cocina, en este cuarto y en esta pocilga, donde al final el huevo queda perfecto y sientes que en la espalda ondea tu capa de superhéroe y miras a todos con orgullo, como nos miramos ahora, como si no existiera nadie más alrededor, como cuando estornudas sabes, y quedas con esa cara de imbécil, fija e intacta durante varios segundos, así nos mirábamos entonces y así nos miramos hoy.

Sentía yo que te había olvidado como al sabor de los sparkies amarillos cuando tus arrobas llegaron a mis notificaciones y sentía que se me alegraba algo por dentro, como cuando vas en el ascensor y el vecino te mira de reojo y te sientes guapísima, tan guapa que te sonríes por dentro, sin abrir la boca, sin mostrar los dientes, es que así me sentía yo con tus menciones. Pensaba yo en el día en que te iba a volver a ver, ese día en el que también en un ascensor decía entre dientes: Va, si lo veo y me gusta le robo un beso, si no me da ni cosquillas pues me lo paso, y luego yo ahí caminando para verte, una cuadra más lejos de donde habíamos quedado cuando apareciste a lo lejos, con tu camisa a cuadros, sabes, como esas camisas que usa Ryan Gosling en Blue Valentine y que te quieres morir por arrancársela de un solo mordisco, bueno así te veías mientras caminabas a mi encuentro. Nos subimos al auto rojo, no como el de la canción de Vilma Palma, sino como el de My Favorite Game de Cardigans, no un convertible, pero si con esa actitud de soy sexy pero no me lo creo, y entonces arrancamos sin rumbo fijo, hablando de breves encuentros del pasado que eran ya recuerdos, ya historias, ya eran casi cuentos, como ese cuento que leíste frente a los primíparos que hablaba de una tarde de fotos y daltónicos, que ahora no recuerdo bien porque el ruido del obturador que hacían tus ojos esa mañana me distrajo, como cuando te pasa un pensamiento a vuelo de pájaro y te quedas en el aire, aleteando, así distraída (…) Seguíamos en el auto, luego paramos y nos metimos en un bar, me viste tomar cerveza, ese día supiste cómo me gusta la cerveza y ese día yo supe cuánto más me gustabas tu. Continuaba yo con mi historia de un pisotón que recibí en un bus que me había dejado un moretón en uno de mis pies de princesa en el transporte público de mi ciudad, ¿ya lo había dicho antes? de Bogotá, donde hace frío, ese frío que te pone los pezones duros y las orejas tiesas pero ambos estábamos esa noche en Medellín donde calienta delicioso, como ese calor que te invade las piernas cuando despiertas arrecho, ¿sabes?(…) decía yo que tenía un moretón en mi pie izquierdo y lo subí a la silla para que lo vieras, poco esperaba yo más allá de sentir tus manos fuertes acariciando mi pie, fue extraño sabes, como cuando un desconocido te sonríe y no sabes si contestar con los dientes o con una mirada esquiva, así fue esa caricia algo coqueta, algo ingenua, algo arrecha como las mañanas que compartimos juntos donde lo primero en el desayuno son los besos y las caricias profundas, sabes, tan profundas como esos bocados de pescado crudo que tragas hasta el fondo con salsa soya y wasabi, humm si, como wasabi en la boca, con ese picante y ese calor que te sube y te baja de sopetón como un ascensor, si, a eso te pareces y a eso se parece esta historia, escrita con retazos de ciudades, climas, letras, sabores y sudor, si, de ese sudor que huele a asfalto, a juventud, a sexo amanecido, a tus piernas enredadas en las mías, a este amor de terciopelo, a esos besos de wasabi que nos dimos antes de bajar del auto con la promesa de volvernos a ver sabes, como cuando uno dice: espero que la próxima vez que nos encontremos nos quedemos dormidos y despertemos juntos para ver el amanecer en la misma ciudad, respirando el mismo aire húmedo, ese aire lento que te llena los pulmones y te acelera el corazón, sabes, como cuando estas frente a la persona con la que quieres despertar todos los días, así.

***

Para Andrés.

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Lanzamiento de Matera Nº13

Cuando comencé a escribir y a publicar cuentos siempre quise aparecer en Matera, una revista indie llena de historias, fotos e ilustraciones de otro mundo.
Por fin me tocó y esta vez La Coreana, el cuento que se me ocurrió mirando por la ventana de mi apartamento, aparece en la edición número 13.

Invitadísimos a este lanzamiento donde además Kalmanovitz estará con sus Malas Amistades.
Allá los veo.

Revista Matera

Ps. Llévense esa y muchas Materas por solo 12lk.

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Más pegao’ que garrapata en los Llanos

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Estaba joven, esbelto, acuerpao’ como diría mi abuelo, quizás un poco pálido porque en la capital uno no puede ganar color, pero aguantaba y me sentía todo un galán, por eso quizás los viajes al Llano a la finca de la tía Concepción me gustaban tanto, porque estaban llenos de atardeceres calurosos, cerveza fría, primas en tanga y yo todo pegachento untado en bronceador, ardiendo por dentro y por fuera.

Era Semana Santa y hacía ya un par de años que no veía a Ceci, mi prima la más guapa. Ceci tenía unas tetas divinas y un bronceado que no sabía de dónde sacaba pues vivía en Tunja, un moridero más frío que Bogotá. Ella era gordita, jamoncita como diría mi abuelo, troza como le decían las primas flacuchas. Pero era divina y a mi me encantaban esos huequitos que se le hacían en los cachetes cuando se reía. Yo le tenía unas ganas tremendas a Ceci, le decía “sexy” de cariño y ella me contestaba con un apagado de ojos bien particular. Ceci me decía “garrapata” porque andaba metido de cabeza donde no me llamaban.

Llegó ligero y caliente, muy caliente aquel Viernes Santo y yo estaba en la cocina buscando algo frío para tomar cuando entró Ceci – toda sexy ella- en su vestido de baño húmedo agarrándose el pelo a dos manos.
— Páseme una Pepsi primo, dijo sin mirarme y yo sin dejar de mirarla respondí:— Hey sexy, dame un besito, déjame acariciarte aquí al escondido, sin que nadie nos vea.

Nunca imaginé lo que vino después, yo con una mano en la entre pierna húmeda de Ceci y ella montada, con las piernas de par en par sobre la heladera que escurría agua y sudor. Nos besamos y ella me dejó tocarla sin control, se veía que lo disfrutaba. Recuerdo que esos huequitos de los cachetes se le veían tan mojados como rojizos a medida que las caricias subían de tono. Pasó poco tiempo hasta que comenzó a gemir y a mi me entró un miedo de pensar que alguien nos podía ver, (La tía Concepción, el abuelo Toño, alguna de las primas flacuchas o alguno de los perros infestados con garrapatas de la finca) entonces la agarré fuerte y la volteé de un solo tacazo, se la hundí sin pensarlo dos veces mientras con una mano le tapaba la boca y con la otra le acariciaba las tetas.

Fue delicioso, me sudan las manos ahora que lo escribo. Lo que no fue tan bonito fue lo que vino después, ya que la maldición del Viernes Santo, de la que tanto hablaba el abuelo Toño, nos cayó encima. Una vez nos vinimos no pudimos despegarnos, una extraña tensión casi magnética nos mantenía juntos, anclados, enganchados, apretados. Nos metimos detrás de una pequeña cortina que ocultaba unas cajas viejas e intentamos liberar la inflamación derramando la Pepsi fría sobre nosotros. Chorros helados negros y aguados bajaban por su espalda mojándole las nalgas y haciendo que a mi se me pusiera aún más duro. No sé cuanto tiempo pasó pero lo mejor de la historia es que nadie nos pilló. Ella decía que parecíamos los perros pegados de la cuadra de su barrio, que eso nos pasaba por arrechos, por andar tirando un Viernes Santo; yo le decía que esa boquita era la que nos había castigado porque yo estaba pegado a ella como una garrapata, engarzao’ como diría mi abuelo, con la cabeza adentro y sin ganas de abandonar ese centro caliente, sexy y hermoso como uno de los tantos atardeceres que vimos juntos en los Llanos.

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Charlas diminutas

¿Por qué usamos tantos diminutivos? 
MissDelirios

Putita


I Robertica y el tintico:

— ¿Le provoca un tintico?

— No señora, más tardecito.

— Pero esta bien rico, lo hizo Albertico.

— Gracias Señora Robertica, pero déjeme aquí juiciosito que yo no hago ruidito, me quedo quietico como para que usted no deje de hacer su oficito y me deje hacer el mío sin tanta jodederita.

— Pero no tiene que ser tan groserito, malparidito, solo le estaba ofreciendo un tintico.

— Entiéndame viejita, que no me gusta que me hable en diminutivos, porque ahí comienzo a pensar en que es su formita de mandarme a comer mierdita de la manera más chiquititica para que yo no me sienta tan hijueputica.

— ¡Yo le hablo como me da la gana! Chiquitico, grandesito, durito o bien pasitico. Deje de quejarse mijitico y vuelva a su oficito, que aquí yo me encargo de envenenarle este tintico.

 

**

II Las maticas de Sonia

— Me gustan tus maticas Sonia
— A mi me gusta que todo lo digas en diminutivo, las coquitas, los besitos, el cuquito, la mesita, el carrito.
— Es que cuando digo todo con un ito o ita suena todo tan pequeñitico y suena como más bonito.
— Entonces ¿cuál sería mi nombre en diminutivo? porque “Sonita” no tiene nada de lindo.
— Mmm… Bonsái. Como aquel que tienes en esa materita.

 

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III Tribus microscópicas

Le dice el pigmeo a su esposa:
—  Mira negrita lo que cacé para ti, un marranito bien gordito.
Y ella con una sonrisa en la cara responde:
— ¡Ay mi amorcito! pero qué es eso tan bonitico.
Entre tanto el cerdo apaleado se retuerce de dolor y no deja de pensar:
— Habría sido más bonitico si este enanito me hubiera desangrado primero para no morirme así … tan de a poquitico.

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IV Putita (conversación de Whatsapp)
10:30 PM Ana,estas?
10:32 PM Anaaaa
10:45 PM Anita, contéstame linda...
11:01 PM No seas tan jodida Anita, contéstame!
11:40 PM ¡Qué rata Anita!
01:09 AM ¿Qué quiere panita?
02:19 AM ¡Puta!
02:19 AM CORRECCIÓN: P U T I T A , porque con vos fue solo la puntita.
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Pirámides

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— ¿Está todavía en tus recuerdos el día que bailamos y nos drogamos con los Cyber People en ese antro en New York?

— Era el 86. Cómo olvidarlo si fue cuando Dalo se drogó hasta la coronilla y nos dejó a todos con ganas de dejar los vicios con su jodida muerte.

— Dalo hijo de puta.

— Vamos por un café querido Doctor Faustus, esta ciudad comienza a apestar y necesito meter algo en mis narices.

— ¿Para evadir el hedor?

— Para evadir la vida.

La punta de la llave —que no abría ninguna puerta— sostenía como magia a una diminuta pirámide de polvo blanco, que pronto se perdió entre la fosa negra y peluda de la nariz aguileña del Doctor.

— ¡GOD SAVE THE QUEEN!

— Doctor. Doctor Faustus, algo de compostura ¿eh?

— ¿Con crema?

— Expresso

— Da igual

— Siempre es igual

— ¿Azúcar?

— ¡Cocaína!

La tazas vacías se unieron en un cálido brindis. Las calles comenzaron a colorearse con los primeros rayos de sol. Las pirámides de Egipto seguían estando lejos y cargadas de arena. Las llaves seguían perdiendo el juego con las puertas viejas y Faustus ya no era más un Doctor y Leopold tampoco era un hombre ni un nombre real.
Pronto vino la nieve siempre húmeda y blanca para cubrir sus cuerpos – casi derretidos – en el andén. Al otro lado de la calle, un público menos cuerdo los observaba:

— Hijo, ¿no te parece que ese par de vagabundos se ven como un par de pirámides de sal?

— No madre, a mi me parece que se ven como un par de puertas arrumadas, rotas y mojadas de tiempo.

— ¡Bah! ¿De dónde sacas eso? deja ya de inhalar esa basura, mira nada más como tienes las narices.

— Es nieve mamá.

— Son pirámides, pendejo.

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¡Pará!

matáte

Alguna vez salí con un argentino adicto a las drogas, al alcohol, a las groserías y a las tildes mal puestas.
Acá su última carta de amor:

¿Una carta a mano y por correo certificado? ¿qué loco verdad?
Pues es para que te hagás una idea de lo friki que puedo ser cuando me lo propongo ¿sabes? No porque me las esté tirando de intelectual o romántico, no, es solo porque me tenés hasta el forro con esos tweets de mierda, que cada nada siento que son para mi y luego me enfermo, vigilo tus fotos, los pasos que vas dejando en la nube de mierdecita que es internet y tus putas redes sociales, guarra. Estoy escribiendo esto a puño y letra para que veas el odio que se expande como tinta en el papel, ese mismo que a veces se corre cuando lo toco con los dedos pero que al final permanece allí intacto, tatuado, inmóvil.

Disculpá por otra parte las tildes mal puestas. Sé que odias los errores de ortografía y todas esas pavadas que te hacen sentir inteligente, pero quiero que ésta vez las comas y hasta los putazos mal garabateados te ayuden a escuchar mi voz en tu cabeza mientras lo lees; sabes, como uno de esos personajes de los cortos jonki que mirabas extasiada o como si estuvieras aquí en frente y estuviera yo escupiéndote ira en cada palabra.

Sabés que soy un argetino – bogotanizado, hasta fuiste vos quien salió con el apodito aquel que me gustaba tanto. Sabés que acá no tengo nada, que todo lo que me rodea son meros retazos de lo que alguna vez quisimos cuidar con tanto esmero. Sabés que caí bajo, que toqué fondo pero salí a flote, como la mierda en el agua, pero a flote al fin. Ya nada de lo que compartimos sabe tan dulce pero ya nada de lo que quiero crear en adelante se siente tan amargo y eso me trae un poco de calma ¿sabes? y aunque esta ciudad me siga pareciendo fría, sucia y hostil – casi como vos- no pienso volver a -los- no -tan -Buenos Aires. (es un dato más por si querés publicarlo en tu estado de Facebook, pelotuda).

Por eso Silva, ¡andáte con tus amigas, que son todas unas putas! andáte con Maria Alejandra y decíle que te enseñe a hacer un buen pete que eso es lo mejor – quizás lo único bueno – que puede hacer con su asquienta vida. Andáte con Juancho, ese forro facho de mierda que siempre te miraba las tetas y al que no podías dejar de contestarle un jodido mensaje en Whatsapp.
Salí, reí con otros, hacéte la de los mil amigos que ese papelón te queda fenómeno, pero a mi no me jodas más. Andate con tu mierda, andate con tu caos, cerrá los ojos y deja de buscarme, moríte. Olvídate de mi que yo ya estoy en ese plan.

Ahora, si te sentís muy Bovary ahí te dejo en la portería dos sobres perfectamente sellados, aspirátelos si querés.
Es que si no podés con esto Silvana mátate, ¡mátate de una buena vez, coño!

Con amor y profunda ira,
Roberto.

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